viernes, 28 de octubre de 2016

Santos Simón Cananeo y Judas Tadeo - Apóstoles


En la fisonomía del apóstol, el rasgo característico es el—celo, un fuego devorador, un ansia ardiente por dar a conocer a todo el mundo la hermosura de la verdad. Los celos son el egoísmo, que quisiera ocultar la belleza amada a los ojos de todo el mundo: el celo es la caridad, la generosidad, que sufren por los corazones que no aman lo que ellas han amado y conocido. Tal fue la gran pasión de estos discípulos del Señor. A Simón el Cananeo—algunos dicen que fue el esposo de las bodas de Caná—le llamaban sus convecinos Zelotes. Pertenecía a aquel partido que entre los judíos llevaba este nombre, al partido de los entusiastas de la tradición, de la ley y los profetas rígidamente interpretados, de la verdad íntegra. Desde que conoció a Cristo, de puritano se hizo puro; ebrio con el vino, tantos siglos escondido, que repartía el Esposo, siguióle sin desfallecimiento por todos los caminos de Palestina, guardando en su alma las palabras de salud.

Judas lleva también la lealtad en el corazón. Lleva el mismo nombre que el discípulo traidor; pero él es el Valiente: Tadeo; es de los que con su decisión consuelan el espíritu de Jesús en aquel amargo día en que tuvo que decirles a los Doce: «¿Por ventura, vosotros queréis también iros?» No, él no se va; caminó al lado del Maestro, lo mismo en las horas del triunfo que en las del dolor; algo orgulloso siempre de que de su mismo pueblo, en su misma familia, haya salido el Deseado de las naciones. Porque él, Judas, es hermano de Santiago, hijo de Cleofás, y Cleofás era hermano de San José. Por eso las gentes le llaman «hermano es decir, pariente de Jesús. Sigue, pues, al Mesías con una alegría secreta, con un gozoso silencio. Escucha dócil y observa atento, pero habla poco. No es como Simón Pedro, el impulsivo, locuaz y confiado. Cuando Jesús habla sentado en la colina, él se coloca a una distancia respetuosa; cuando se sienta en la nave, él busca la punta del banco, y para no perder el gesto del Maestro, alarga la cabeza por delante de Pedro, Juan Andrés y Santiago; pero un día Jesús se abandona tanto a sus amigos, que Judas ya no puede contener su secreto.

Acababa de celebrarse la última cena. Jesús, con voz temblorosa y triste mirar, ha hablado del mundo aferrado a la incredulidad, ese mundo que no podrá verle a Él ni participar de su vida. Judas le oye conmovido, y piensa: Son tan bellas estas cosas, hay en ellas una virtud tan divina, que si el mundo las conociese, hallaría la felicidad que busca en vano; y movido por este pensamiento, se atreve a preguntar con deliciosa sencillez: «¿Por qué, Señor, te has de manifestar con esa claridad a nosotros, y al mundo no?» Y esta palabra era la revelación de un alma enamorada de Cristo, y con ese amor latía en ella el anhelo de la salvación de las almas, el ansia de llevar la buena nueva hasta los confines de la tierra.

Conquistadores ambiciosos de pueblos, Simón y Judas recogieron con alborozo las palabras de Cristo resucitado: «Id y predicad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.» La Galilea y la Judea eran pequeñas para su actividad; penetraron en Egipto, y allí se encontraron con el desierto; volvieron al Asia, caminaron hacia el Eufrates y el Tigris, y atravesando fronteras que no osaron cruzar las armas de Roma, llegaron al reino de Persia, dejando en todas partes la semilla divina que ellas habían recogido junto al lago de Genesareth. Y se cumplieron las palabras: «Por mi nombre os llevarán delante de los Tribunales, os pagarán el amor con el odio; y aquellos a quienes partáis el pan de la vida os darán la muerte.» Simón y Judas sellaron con su sangre la verdad que predicaban.

Su programa apostólico se resume en estas palabras: «Reprended a unos después de convencerlos, salvad a otros arrancándolos del fuego, tened piedad de todos en el temor, aborreciendo siempre la túnica de la carne, que está manchada.» Así hablaba San Judas, dirigiéndose «a los que son amados de Dios Padre, y conservados y llamados en Jesucristo». La epístola que de él conservamos es un nuevo testimonio de su celo. La indignación le arrebataba al ver la astucia de los primeros herejes que quieren adulterar el Evangelio; tiembla por los escogidos, y escribe, para prevenirlos, «a todos aquellos que se edifican a sí mismos en la fe, y, rezando en el Espíritu Santo, permanecen en el amor de Dios, aguardando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna».

La herejía había nacido ya; es contemporánea del Evangelio. Apenas ha sido sembrado el campo del Padre de familia se ve crecer la cizaña al lado del grano bueno. Cristo acaba de subir al Cielo, aún no han empezado a dispersarse los Apóstoles, y ya Simón de Samaría recogía las palabras de Jesús para formar sus teorías de la triple manifestación de Dios. Al Mago siguen Ebión y Cerinto. Son los gnósticos, los hombres de la ciencia, herederos de las ideas de Platón que intentan armonizar con la revelación evangélica; enemigos más o menos embozados de la moral natural y despreciadores de la ley escrita, contraria, según ellos dicen, a la única fuerza salvadora, que es la gracia.

Judas se deja arrastrar por una santa ira al hablar «de estos hombres impíos que cambian la gracia de nuestro Dios en lujuria y niegan a Jesucristo, único Señor y Dominador.» Las palabras brotan con violencia de su pluma. No escribe en su lengua, pero no puede olvidar su mentalidad semita; el griego es para él una lengua extranjera, y, no obstante, en medio del desorden, de la torpeza y dificultad de la frase, hay en su lenguaje una grandeza sublime, fruto de la energía de su pensamiento y de la audacia de sus expresiones. Se nos figura estar contemplando unos ojos inflamados y un gesto de profeta cuando leemos la pintura de aquellos hombres «que manchan la carne, desprecian la dominación, blasfeman la majestad, rechazan cuanto ignoran, y se corrompen en toda aquello que conocen naturalmente, como animales mudos; nubes sin agua que el viento lleva; árboles que sólo florecen en otoño, estériles, dos veces muertos, sin raíces; olas furiosas e inciertas del mar que arrojan la espuma de sus infamias; astros errantes a los cuales está reservada una tempestad de tinieblas por toda la eternidad».

Tempestad de tinieblas para los que despreciaron la luz, para Simón el Mago y todos sus discípulos hasta el fin de los siglos para los hombres «psíquicos», animales, en contraposición a los «neumáticos», los que tienen el Espíritu y pueden juntar su voz a la de Judas Tadeo en su bella doxología final «proclamando la gloria, la magnificencia, el imperio y el poder antes de los siglos, y ahora, y por todos los siglos de los siglos, de Aquel que puede conservarnos sin pecado y establecernos en la presencia de la gloria inmaculados y llenos de alegría en el advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo».

jueves, 27 de octubre de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Hermanos:
Buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder. Poneos las armas de Dios, para poder aguantar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire.
Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios. Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia, por todos los santos. Pedid también por mí, para que Dios abra mi boca y me conceda palabras que anuncien sin temor el misterio contenido en el Evangelio, del que soy embajador en cadenas, y tenga valor para hablar de él como debo.

En aquel día, se acercaron unos fariseos a decir a Jesús: «Márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte».
Jesús les dijo:
-«ld y decid a ese zorro: “Mira, yo arrojo demonios y realizo curaciones hoy y mañana, y al tercer día quedará consumada. Pero es necesario que camine hoy y mañana y pasado, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén”.
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían!
¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no habéis querido. Mirad, vuestra casa va a ser abandonada.
Os digo que no me veréis hasta el día en que digáis: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”».

Palabra del Señor.

Santos Vicente, Sabina y Cristeta


Vicente, Sabina y Cristeta son hermanos. Han nacido y viven en Talavera (Toledo). Los tres disfrutan de su juventud —Cristeta, casi niña- y, como en tantos hogares después del fallecimiento de los padres, hace cabeza Vicente que es el mayor.

Manda en el Imperio la tetrarquía hecha por Diocleciano con el fin de poner término a la decadencia que se viene arrastrando a lo largo del siglo III por las innumerables causas internas y por las rebeliones y amenazas cada vez más apremiantes en las fronteras. Diocleciano, augusto, reside en Nicomedia y ocupa la cumbre de la jerarquía; su césar Galerio reside en Sirmio y se ocupa de Oriente; Maximiano es el otro augusto que se establece en Milán, con su césar Constancio, en Tréveris, gobiernan Occidente.

El presidente en España es Daciano hombre cruel, bárbaro y perverso, que odia sin límites el nombre cristiano y que va dejando un riego de mártires en Barcelona y en Zaragoza. Llega a Toledo y sus colaboradores buscan en Talavera seguidores de Cristo.

Allí es conocido como tal Vicente, que se desvive por la ayuda al prójimo y es ejemplo de alegría, nobleza y rectitud.

Llevado a la presencia del Presidente, se repite el esquema clásico, en parte verídico y en parte parenético de las actas de los mártires. Halagos por parte del poderoso juez pagano con promesas fáciles, y, por parte del cristiano, profesiones de fe en el Dios que es Trinidad, en Jesucristo el Señor y en la vida eterna prometida. Amenazas de la autoridad que se muestra dispuesta a hacer cumplir de modo implacable las leyes y exposición tan larga como firme de las disposiciones a perder todo antes de la renuncia a la fe nutriente de su vida que hace el cristiano. De ahí se pasa al martirio descrito con tonos en parte dramáticos y en parte triunfales, con el añadido de algún hecho sobrenatural con el que se manifiesta la complacencia divina ante la fidelidad libre del fiel.

Bueno, pues el caso es que a Vicente lo condenan a muerte por su pertinacia en perseverar en la fe cristiana. Lo meten en la cárcel y, en espera de que se cumpla la sentencia, es visitado por sus dos hermanas que, entre llantos y confirmándole en su decisión de ser fiel a Jesucristo, le sugieren la posibilidad de una fuga con el fin de que, sin padres que les tutelen, siga él siendo su apoyo y valedor. La escapada se realiza, pero los soldados romanos los encuentran en la cercana Ávila donde son los tres martirizados, en el año 304.

El amor a Dios no supone una dejación, olvido o deserción de los nobles compromisos humanos. Vicente, aceptando los planes divinos hasta el martirio, hizo cuanto legítimamente estuvo de su parte para sacar adelante su compromiso familiar.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque eso es justo.
«Honra a tu padre y a tu madre» es el primer mandamiento al que se añade una promesa: «Te irá bien y vivirás largo tiempo en la tierra». Padres, no exasperéis a vuestros hijos; criadlos educándolos y corrigiéndolos según el Señor.
Esclavos, obedeced a vuestros amos de la tierra con respeto y temor y temblor, con la sencillez de vuestro corazón, como a Cristo. No por las apariencias, para quedar bien ante los hombres, sino como esclavos de Cristo que hacen, de corazón, lo que Dios quiere, de buena gana, como quien sirve al Señor y no a hombres. Sabed que lo que uno haga de bueno, sea esclavo o libre se lo pagará el Señor.
Amos, comportaos también vosotros del mismo modo, dejándoos de amenazas; sabéis que ellos y vosotros tenéis un amo en el cielo y que ese no es parcial con nadie.

En aquel tiempo, Jesús pasaba por ciudades y aldeas enseñando y se encaminaba hacia Jerusalén.
Uno le preguntó:
-«Señor, ¿son pocos los que se salven?». Él les dijo:
«Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; pero él os dirá:
“No sé quiénes sois”. Entonces comenzaréis a decir:
“Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. Pero él os dirá:
“No sé de donde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad”
Así será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros os veáis arrojados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos».

Palabra del Señor.

San Tadeo Machar


Otras formas del nombre: Thaddeus Macher, Tadhg Mac Carthaigg, Tadhg McCarthy canonización: B: León XIII 1895

En Borgo Sant’Antonio, del Piamonte, muerte del beato Tadeo Machar, obispo de Cork y Cloyne, en Irlanda, el cual, víctima de las envidias de los poderosos, tuvo que salir de su país, y de viaje hacia Roma descansó en el Señor.

Muy poco sabemos sobre la juventud de Tadeo, que fue el único irlandés elevado al honor de los altares durante el período comprendido entre la canonización de Lorcan O'Toole (1228) y la beatificación de Oliver Plunket (1920). Pertenecía a la familia real de los MacCarthy. Nació en la región de Munster, conocida actualmente con el nombre de Desmond. Su padre era señor de Muskerry y su madre era hija de Fitzmaurice, señor de Kerry. El nombre de Tadeo fue muy común en la familia durante siete siglos. Se dice que él hizo sus primeros estudios bajo la dirección de los frailes menores de Kilcrea. Después, partió al extranjero. Según parece, se hallaba en Roma en 1482 (tenía entonces veintisiete años), cuando el papa Sixto IV le nombró obispo de Ross, en Irlanda. Tres años más tarde, cuando Enrique Tudor empezó a gobernar tres reinos, los geraldinos yorkistas decidieron imponer a su propio candidato en la sede de Ross. Desde que el Papa había nombrado obispo al beato Tadeo, el auxiliar de su predecesor, Hugo O'Driscoll, estaba descontento. Los enemigos de Tadeo alegaron que éste había obtenido del Pontífice la dignidad episcopal con engaños. También le acusaron de otros crímenes. El conde de Desmond se apoderó de las rentas de la sede, y el obispo tuvo que refugiarse en una abadía cisterciense, en las cercanías de Palma, que el obispo de Clogher le había dado 'in commendam'. Las maquinaciones de los Fitzgerald dieron por resultado que la Santa Sede suspendiese al beato Tadeo en 1488. Éste entonces acudió a Roma para defender personalmente su causa. Al cabo de dos años de investigaciones, el Papa Inocencio VIII confirmó la elevación de Hugo a la sede de Ross, pero nombró a Tadeo obispo de las diócesis unidas de Cork y Cloyne, que estaban entonces vacantes.

Cuando el beato llegó a su diócesis, tuvo la desagradable sorpresa de ver que se le cerraban las puertas de su propia catedral y que las rentas de la sede se hallaban en manos de los Fitzgerald, los Barry y otros. En vano intentó hacer valer sus derechos y de conseguir, por medios pacíficos, que se le reconociese. Como todo resultase inútil, decidió partir nuevamente a Roma y apelar a la Santa Sede. El Papa condenó a los usurpadores y dio al beato cartas para el conde de Kildare, que era entonces jefe del gobierno en Irlanda, para los principales miembros del clan del propio Mateo y para otros personajes de importancia. En ellas, el Pontífice los exhortaba a proteger al beato y hacer triunfar la causa de la justicia. El beato Tadeo emprendió, a pie, el viaje de vuelta. El 24 de octubre de 1497 llegó a Ivrea, al pie de los Alpes y se hospedó en la posada de los canónigos regulares de San Bernardo de Montjoux. A la mañana siguiente, le encontraron muerto en su lecho.

Los canónigos revisaron el equipaje del muerto y se enteraron de quién se trataba. Inmediatamente comunicaron la noticia al obispo de Ivrea, el cual mandó que fuese sepultado con la mayor solemnidad. Pronto corrió la noticia de la muerte de aquel obispo que viajaba a pie y de incógnito, como un humilde peregrino y todo el pueblo asistió a los funerales en la catedral. Las personas piadosas siguieron visitando el sepulcro, y así empezó a extenderse el culto popular, favorecido por numerosos milagros. Mons. Richelmy, obispo de Ivrea y Mons. Callaghan, obispo de Cork, promovieron la causa de beatificación de Tadeo, cuyo culto fue finalmente aprobado en 1895. Su fiesta se celebra en las diócesis de Ivrea, Ross, Cork y Cloyne.

No poseemos muchos datos sobre el beato Tadeo. Las lecciones del oficio del día de su fiesta pueden verse en lrish Ecclesiastical Record (1896), pp. 859-861. El decreto de confirmación del culto se halla en Analecta Ecclesiastical, vol. III (1895), p. 456; dicho decreto da pocos detalles biográficos y habla más bien de los milagros obrados por el beato en Ivrea. Cf. V. Berardi, ltaly and lreland in the Middle Ages (1950).

martes, 25 de octubre de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Hermanos:
Sed sumisos unos a otros en el temor de Cristo: las mujeres, a sus maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo.
Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia: Él se entregó a si mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo.
«Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne». Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.
En una palabra, que cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete al marido.

En aquel tiempo, decía Jesús:
«¿A qué es semejante el reino de Dios o a qué lo compararé?
Es semejante a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; creció, se hizo un árbol y los pájaros del cielo anidaron en sus ramas». Y dijo de nuevo:
«¿A qué compararé el reino de Dios?
Es semejante a la levadura que una mujer tomó y metió en tres medidas de harina, hasta que todo fermentó».

Palabra del Señor.

San Frutos


San Frutos tiene dos caminos. Ambos florecen de devotos el 25 de octubre de cada año. El primero desemboca en el trascoro de la catedral de Segovia, donde reposan los restos de su santo Patrono. Allí, en la mañana de su fiesta, se dan cita en policroma multitud los segovianos. Hombres y mujeres, mayores y chicos, se apiñan en el arranque de la nave central de la "dama de las catedrales góticas". Y con el pueblo se mezcla la clerecía. Entre los hábitos corales de los canónigos y los roquetes de los seminaristas emerge la mitra preciosa del prelado, quien, teniendo como telón de fondo el rico retablo que trazara Ventura Rodríguez para el Palacio Real de Riofrío y donara Carlos III a la catedral segoviana, hace un compás de espera en la procesión de las reliquias del Santo para que los cantores le entonen un villancico.

A vino rancio y a frescor primaveral les sabe siempre a los segovianos su himno pajarero. No sé por qué lo llaman de este modo, si por ser demasiado juguetón, ingrávido de contenido, con una letra de espuma que huye perseguida por unas notas transidas de barroquismo, o por alguna vinculación especial de San Frutos con las aves. Algo debe de haber cuando son muchos los cazadores que madrugan aquella mañana otoñal para aprovecharse de "la caza milagrosa" que tradicionalmente tiene lugar en ese día.

El otro camino conduce a lo que primeramente fue ermita del Santo; luego priorato benedictino, más tarde parroquia con reducido vecindario en torno, y hoy simple iglesia medieval, aunque cabeza de arciprestazgo.

El lugar es pintoresco en extremo. Nunca creí que los romeros de Castilla explayaran su devoción por otros caminos que los pedregosos que la tierra da. Pero yo fui a San Frutos por vía fluvial. Y esto, no por espíritu deportivo, sino por ser el camino más corto y accesiblemente menos dificultoso. Media hora de barca desde la presa del Barquillo hasta los cimientos mismos que la naturaleza preparó para la obra de la gracia. Sobre el tranquilo embalse con más de veinte metros de profundidad deslizábase lenta la barquilla, conducida por un experto remero portugués. Mientras sus brazos se balanceaban en monorrítmico ademán, sus ojos se poblaban de recuerdos. Contaba y contaba sin cansarse sus historias, como los gondoleros de Venecia desgranan al turista sus leyendas. Más de treinta años llevaba bebiendo las mismas escenas. El colorido y tipismo de la fiesta de San Frutos, cuando las laderas circundantes se visten de peregrinos que trepan por los riscos agarrándose a los matorrales para no caer al precipicio; cuando los caminos sin trazar florecen de canciones que confluyen en la ermita.

Contemplado desde la barca el paisaje es de una belleza salvaje y bravía. El río Duratón corre encañonado entre muros naturales de más de sesenta metros de altura, de extraordinario interés geológico y prehistórico. Al lado izquierdo se yergue imponente, como nido de cigüeñas y atalaya del espíritu, una iglesia románica, levantada sobre roca viva, cortada a pico sobre el abismo en un alarde de valentía y circundada en su totalidad por la corriente, excepto una pequeña lengua de tierra, y aun ésta, separada del resto en unos cuantos metros de profundidad y segada a tajo, según refiere la historia, por la mano taumatúrgica del Santo en un momento de extremado peligro.

San Frutos tuvo dos hermanos menores que él: Valentín y Engracia. Gemelos en el espíritu y en la virtud, los tres eran hijos de un matrimonio segoviano de noble alcurnia, a quien la tradición hace descender de patricios romanos. En cualquier ocasión hubieran podido trocar sus nombres, como las carmelitas se cambian sus cosas una vez al año. Los tres fueron valientes en las batallas que les tocó luchar; dieron frutos de auténtica santidad. Y la gracia de Dios les previno abundantemente. Empujados por ella, vendieron su rico patrimonio para entregarlo a los pobres. Corrían turbias las aguas del reino visigodo, allá por la segunda mitad del siglo Vll, y ellos quisieron alejarse del fango. Atrás quedó la ciudad con su soberbio acueducto, con sus iglesias y también sus vicios.

Los gritos de la molicie silbaban en sus oídos. Pero el atractivo de la soledad les empujaba hacia el retiro. No descansarían hasta poner su nido en la hendidura de la roca, como la tórtola del Cantar de los Cantares.

Guiados por San Frutos llegaron al desierto. Como a tal lo consideran las lecciones del Breviario, que lo comparan al de Libia. Tierra aquélla inhóspita y ceñuda, aledaña de la Sepúlveda gloriosa que conociera Fernán González y Almanzor. Tierra de lastras, excepcionalmente yerma y de una impresionante austeridad. Ralos enebros rompen la monotonía pardusca de su piel y alternan con mortificantes canchales. ¡Magnífica invitación a la penitencia!

Hicieron alto en el camino. Habían encontrado, por fin, lo que deseaban. En adelante se alimentarían de soledad y de silencio. Bajo la grandiosa majestad de los peñascos, en las grietas naturales del terreno, encontrarían reposo para la oración y acomodo para sus espíritus. Levantaron tres ermitas a una distancia conveniente para defender mutuamente su soledad y empezaron a vivir a lo santo. "Allí donde todo era rigor aun a la vista, sin que ningún sentido tuviese ni los deleites que son lícitos: era el ayuno continuo; la vigilia, incesante; el sueño, limitado, el lecho eran las peñas; el vestido, cilicio; el alimento, hierbas; la bebida, mezclada con lágrimas; ningún trato ni memoria del mundo" (Flórez).

Pero San Frutos buscó las cumbres. En ellas plantó su tienda "para espiar mejor la gracia que baja del cielo". Arriba su espíritu se sentía más libre para los arrebatos de la oración, en que ocupaba la mayor parte del día. Oración armonizada por el silencio y coreada a trechos por el graznido silvestre de los grajos y el murmullo sonoro del río que se deslizaba en la hondonada. Locamente enamorado, como buen místico, de la naturaleza, en ella encontraba temas abundantes para sus penitencias.

Lo que más me llama la atención en San Frutos es esa adecuación maravillosa, esa rima aconsonantada entre las calidades de su espíritu y el tono del paisaje que escogió para escenario de su santidad. La tierra aquella no es montañosa. No se empina sobre el horizonte con aires de turgente soberbia. Tiene la sencillez del páramo, la austeridad del desierto, la hosquedad flagelante de la pedriza, y se arruga en sí misma agrietándose en barrancos de profunda humildad para dar paso a la acción modeladora de las aguas. Cuadro natural que puede exponerse como una réplica exacta del retrato moral de Frutos: sencillo, humilde, austero, sobrio y penitente. Hasta su rostro, decorado con abundosa barba aaronítica, lleva los surcos de la penitencia, como le soñó Carmona en una talla bien lograda que se conserva en la iglesia del Seminario de Segovia.

El tiempo le fue madurando para el milagro y aromándole con fama de santidad. Mientras él se empapaba de silencio se rompía la paz de España con la invasión de los moros. Un día el griterío de los infieles rebota en aquellos riscos patinados de tranquilidad multisecular. Un destacamento musulmán persigue a un puñado de cristianos, que huyen despavoridos, como los pájaros y las flores, a refugiarse bajo el manto pardo del Santo. Frutos, con su bastón cargado de sobrenaturalismo, traza una línea frontera entre las dos religiones. La roca le obedece. Se raja en dos mitades, quedando el prodigio bautizado para siempre con el nombre de "la cuchillada de San Frutos"

Desposado con la naturaleza, como San Francisco con la pobreza, se le torna sumisa a sus deseos. Otra vez quiere regalar a su hermana una fuente. para que no se lastime demasiado teniendo que bajar, para apagar su sed, hasta el lecho del río, y brota el manantial cerca del eremitorio de Santa Engracia.

Y así un año tras otro, haciendo penitencia por los pecados de su patria, hasta que un día, cargado de frutos, presenta su nombre en la taquilla del paraíso. Acostumbrados sus ojos al vuelo de las aves, él de un brinco romontó el cielo. Fue en el 715 de la era cristiana. El reloj de su vida marcaba el número 73.

lunes, 24 de octubre de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Hermanos:
Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo.
Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.
De la fornicación, la impureza, indecencia o afán de dinero, ni hablar; es impropio de santos. Tampoco vulgaridades, estupideces o frases de doble sentido; todo eso está fuera de lugar. Lo vuestro es alabar a Dios.
Tened entendido que nadie que se da a la fornicación, a la impureza o al afán de dinero, que es una idolatría, tendrá herencia en el reino de Cristo y de Dios. Que nadie os engañe con argumentos falaces; estas cosas son las que atraen el castigo de Dios sobre los rebeldes. No tengáis parte con ellos. Antes sí erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor.

Un sábado, enseñaba Jesús en una sinagoga.
Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y estaba encorvada, sin poderse enderezar. De ningún modo. Al verla, Jesús la llamó y le dijo:
«Mujer, quedas libre de tu enfermedad».
Le impuso las manos, y en seguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios.
Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, se puso a decir a la gente:
«Hay seis días tenéis para trabajar; venid, pues, a que os curen en esos días, y no en sábado». Pero el Señor le respondió y dijo:
«Hipócritas: cualquiera de vosotros, ¿no desata en sábado su buey o su burro del pesebre, y lo lleva a abrevar?
Y a esta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no era necesario soltarla de tal ligadura en día de sábado?» A decir estas palabras, sus enemigos quedaron abochornados, y toda la gente se alegraba por todas las maravillas que hacía.

Palabra del Señor.

San Antonio María Claret


Entre los aldeanos de Cataluña se decía en tono de desprecio: «Sallent, Sallent, petita villa y mala gent.»

Pero Dios quiso que de Sallent, pequeña villa de la provincia de Barcelona, saliese una de las más grandes figuras de la iglesia española en el siglo XIX. Allí nació San Antonio María Claret, el día de Navidad de 1807, cuando la tierra resonaba de villancicos y melodías pastoriles. Un pueblo humilde y un hogar oscuro, donde había un telar, donde se rezaba el ángelus, donde no faltaban nunca algunos maravedises para los pobres que llamaban a la puerta, pero donde, más que los dineros, abundaban los gritos, los lloros y los golpes de los niños, pues con Antonio María se sentaban a la mesa del honrado tejedor otros diez hijos, que él miraba, a la vez, orgulloso y aterrado.

No era, ciertamente, Antonio María el que más guerra daba en el hogar. Más que jugar o pegarse con los demás muchachos, le gustaba escuchar sermones, aprender a deletrear libros piadosos y meditar en las verdades que se iban grabando en su cabecita infantil. No tenía más que cinco años y ya se inquietaba su espíritu resolviendo los graves problemas de la gracia y de la predestinación, del pecado y de la eternidad. Más de una vez le oía su madre repetir entre el rebujo de la cuna: «¡Eternidad, eternidad!... ¡Siempre, siempre!... ¡Jamás, jamás!...» Y si se despertaba durante la noche, exclamaba, perseguido por la misma idea: «Y aquello, ¿no acabará nunca? ¿Siempre habrá que padecer?» La eternidad fue como el coco de su infancia.

Algo extraordinario brillaba ya desde aquellos primeros años en la vida del hijo del tejedor. Dios le guiaba y le protegía. No era como los demás niños. Si encontraba un anciano arrastrándose penosamente por la calle, se acercaba a él, le cogía de la mano y le llevaba hasta su casa. Si brillaba una moneda en su camino, la recogía y no paraba hasta encontrar su propietario; si se veía en la plaza a un niño explicando las verdades de la fe a un corro de compañeros, ese niño era Antonio María Claret. Muchas tardes, los días de fiesta, desaparecía de casa para dirigirse en compañía de alguno de sus hermanos al vecino santuario de Nuestra Señora de Fusimaña, sin acobardarse por los bosques de pinos que había que atravesar y los riscos a través de los cuales había que ascender. Todo le parecía poco para dialogar amorosamente con la que ya entonces llamaba su madrina, su maestra, su directora, su madre, y ella, evidentemente, le enseñaba, le guiaba y le protegía. Ella le salvó el día de su accidente en la playa de la Barceloneta. Una ola le envolvió rápida y furiosa; la resaca le llevaba mar adentro; ya giraba en medio de un torbellino de aguas alborotadas. «Entonces—dice él mismo—se me ocurrió la idea de invocar a María Santísima. Hícelo del mejor modo que supe, y, sin saber cómo, me hallé al instante en la playa.»

Y, no obstante, por obra del infierno, sus labios temblaban con balbuceos de blasfemias horribles contra su libertadora. Era la hora de la tentación. Sus ojos se cerraban aturdidos, su cuerpo se agitaba en una convulsión espantosa; sollozaba y decía: «¡Señor, antes morir que pecar!» Otra vez era el demonio de la lujuria. Su mente se llenaba de imágenes hediondas; su corazón, de fuegos infernales. Luchaba, rezaba, desgarraba su cuerpo; pero la tiniebla seguía envolviendo su espíritu. Hasta que su aposento se ilumina; una imagen llena de gracia brilla en los aires y aparece una mano que alarga una guirnalda de rosas, mientras se oye esta voz: «Antonio, si vences, esta corona será tuya.»

Peor fue todavía el peligro del olvido, el olvido de su destino y de la misión que le estaba designada. A los dieciocho años, Antonio se había sumergido en el torbellino hirviente de la vida de Barcelona. Era un fabricante de tejidos, estudiaba el dibujo, agenciaba tintes, multiplicaba muestras, vigilaba su taller, prosperaba, y de día en día aumentaba su prestigio de hombre inteligente e irreprochable en el comercio, a quien la fortuna reservaba un magnífico porvenir. Todo su afán era la fabricación; todo su pensamiento, las máquinas y los telares; su preocupación, las composiciones y descomposiciones. Aquella afición a la industria le absorbía, dominaba su vida, le inutilizaba para cualquier otro ejercicio. Todas las horas eran para ella; hasta los días festivos, después de oír misa y de comulgar algunas veces, el joven fabricante se encerraba en su aposento a dibujar, a combinar y a hacer problemas. Fueron cuatro años largos de desorientación y de tristeza, que el hombre de Dios miró más tarde como años perdidos, años en que no faltaron los peligros y los desengaños, pero que también tuvieron su aspecto beneficioso, pues no fue escasa la experiencia de los hombres y de la vida que en ellos recogió el joven industrial.

Pero cuando ya empezaba a abrirse camino y la suerte le sonreía y su bolsa se llenaba de plata, surgió en el fondo de su alma, con una insistencia inquietante, esta sentencia que, siendo niño, había leído en el Evangelio: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?» Como con una espada invisible, esta frase atravesó su ser y paralizó aquella actividad apasionada y febril. Al empezar el trabajo, mientras trabajaba, cuando cerraba el taller, durante el sueño, la terrible pregunta brillaba ante sus ojos, amortiguando su entusiasmo y llenándole de inquietudes. A veces le parecía que alguien se apostaba junto a él y se la lanzaba al oído. Su espíritu no recubro la serenidad hasta que un día se levantó con la resolución de abandonar aquella maraña de ruedas, tejidos y lanzaderas, para consagrarse únicamente al negocio de su salvación. Tenía entonces veintidós años.

Aquella alma ávida e inquieta no podía entregarse a medias. Con audacia y generosidad, ensaya durante algún tiempo los diversos caminos que se abren ante ella. ¿Cuál será el suyo? Todo su afán es ahora conocer la voluntad de Dios. Primero, el estudio del latín y de la filosofía en el seminario de Vich. Pero allí cerca, en la cartuja de Montealegre, viven unos hombres en el olvido perpetuo de todas las cosas mundanas. Un breve ensayo, de resultados negativos, en el silencio de la vida claustral. ¿Cómo aquel hombre, hecho para las plazas y las multitudes, trotamundos a lo divino, iba a aquietarse con el reposo contemplativo de un claustro sin horizonte, de una vida despojada de todo dinamismo exterior? Otra vez en el seminario, en una celda fría y hosca, cuyas paredes están llenas de estampas de todos los gustos y colores, con imágenes de la Virgen y de los santos, con figuras simbólicas, dibujadas a pluma por el propio seminarista, de las cuatro verdades eternas; con breves jaculatorias, o resoluciones, o sentencias recortadas de algún libro piadoso. Allí la imaginación trabajaba buscando imposibles. Hay horas de humanos desalientos y horas de divinas impaciencias. En una de estas últimas le parece oír la misma voz que traía a Francisco Javier a través del continente asiático: «La caridad de Cristo me urge —decía—. No puedo resistir a los impulsos interiores que me llaman a salvar almas. Tengo sed de derramar mi sangre por Cristo.» Su sueño es ahora irse a países de infieles, ponerse a disposición de los que dirigen la Obra de la Propagación de la Fe. Con la ilusión en el alma, y en la mano el báculo de peregrino, pasa los Pirineos, coge un barco en Marsella y llega a Roma en una tarde iluminada por un sol de otoño claro y dulce. Nuevo desencanto. Todo son tardanzas y dificultades. Se le cierran todos los caminos y todas las puertas, hasta la puerta de la Compañía de Jesús. Está loco de contento porque ha logrado vestir la sotana de San Ignacio; pero durante el noviciado cae enfermo, y el Padre rector le dice: «Es la voluntad de Dios que usted vaya pronto, ¡pronto!, a España. No tenga miedo. ¡Animo!»

Después de tantos rodeos, se encuentra otra vez en su tierra. Ya es sacerdote. Le han dado una parroquia que se llama Viladráu. No será cartujo, ni jesuita, ni misionero del Asia: será simplemente cura; pero un cura perfecto que no es poco decir. Confiesa como si tuviese experiencia de muchos años, dice misa como un ángel, se pasa las horas muertas delante del altar, organiza y sostiene hermandades piadosas, recibe a sus feligreses con una amabilidad exquisita, y cuando hay baile en el pueblo, se presenta entre los jóvenes con un crucifijo en la mano, habla con voz patética de las penas del infierno, disuelve las parejas y despide la música. Tenía gracia especial para hablar. Los vecinos de Viladráu estaban orgullosos de su vicario. Es un misionero, es un apóstol, es un predicador admirable del Evangelio. La voz se extiende por los alrededores, y todos los domingos, por la tarde, la comarca se despuebla y los caminos de Viladráu se llenan de gentes, que lanzan al aire cantos y plegarias. La iglesia se llena, la voz estalla en anatemas, se diluye en divinos requiebros o tiembla como un gemido; el orador aparece transfigurado, la muchedumbre estalla en lágrimas y en sollozos.

Pronto, los pueblos todos de Cataluña quieren oír al predicador de Viladráu. Y él se deja llevar; va a pie de parroquia en parroquia, bajo los soles, entre las nieves, desde las márgenes del Ebro hasta las vertientes de los Pirineos. «La caridad me urge, el amor me impele, me hace andar, me hace correr de una población a otra, me obliga a gritar: «¡Hijo mío, mira que vas a caer en los infiernos! ¡Alto, no pases adelante!» Su paso levanta oleadas de entusiasmo, y, lo que es mejor, gritos de arrepentimiento: los pueblos se transforman, los grandes pecadores se arrodillan a sus pies, y su voz abre los corazones más empedernidos. Predica en las iglesias y en los caminos, en la calle y al abrigo de las posadas. Los caminantes y las samaritanas saben del poder de su palabra y de la bondad de su corazón.

—Buenos días, señor cura—le dijo en cierta ocasión un arriero—; ¿quiere confesar a mis mulas?
—No blasfemes de esa manera, desgraciado; quien ha de confesarse eres tú, que no lo has hecho hace quince años.
—¿Quién le ha dicho a usted eso?
—El que me ha dicho los pecados que tienes. Mira, te los voy a decir uno por uno....Y como herido por el rayo, aquel pobre hombre ató las bestias a un árbol, y allí mismo, junto al tronco, cayó de rodillas delante del misionero.

En otra ocasión, se desarrolló una escena más sublime todavía. Era entre un laberinto de montañas, camino de Olot. Tres hombres de feroz aspecto salen de la selva, y gritan.

—Alto, Padre capellán. ¡La bolsa o la vida!
—La vida será, porque bolsa no llevo.
—Pues morirá, para que no nos denuncie.
—No me importa morir, pero os ruego una cosa. Voy a predicar cerca de aquí el sermón de la fiesta. Todo está preparado y no puedo faltar; dejadme unas horas, que, una vez cumplido mi compromiso, vendré a buscaros.
—Tiene razón—dijo uno.
—¿Y si no vuelve?—observó otro—. ¿Si nos denuncia y nos llevan a la cárcel? Mejor será matarlo.
—No temáis—replicó el Padre Claret—; os doy mi palabra de sacerdote, y la cumpliré religiosamente.
—Vaya en paz—respondieron los malhechores, desalmados por tanta fortaleza. Y en las primeras horas de la tarde se encontraba de nuevo en el lugar de la cita. Los tres bandidos salieron a su encuentro.
—¡Qué! ¿Ya viene preparado a morir?—preguntaron.
—Sí, amigos míos—respondió él—; pero antes quiero daros gracias por haberme concedido el favor que os pedí.
—¡Es un héroe!—exclamaron los tres, conmovidos por aquella serenidad—. ¿Qué hacemos?
—¡Perdonadle! ¡Es un valiente!—murmuró uno.
—Pero, además, es un santo—replicó otro—. Yo quiero confesarme con él.
—Y yo.
—Y yo.

Y los tres cayeron de rodillas pidiendo la absolución.

El Padre Claret pertenecía a la estirpe de los grandes oradores populares, como San Antonio de Padua, San Juan Crisóstomo, San Vicente Ferrer. Su misma presencia física predisponía en favor. Era de color moreno, bajo de estatura, lleno de cuerpo, de frente alta y despejada. Los que le conocieron nos hablan de la sonrisa de su palabra, de su voz viva y penetrante, agradable y dulcísima, del hechizo de su mirada escrutadora bajo el bosque de las pobladas cejas, del buen humor de la charla y de su trato dulce y afable, que ponía en su sonrisa una magia de sobrenatural atracción. Su elocuencia era la de un auténtico misionero. Podía predicar durante varias horas diarias sin que se advirtiese en él el menor cansancio. Y después de un mes, el público le oía el último día con el mismo entusiasmo que el primero. Los temas ordinarios de sus sermones eran las verdades eternas, la gravedad del pecado, los Sacramentos, la misericordia de Dios, la impenitencia final, la conversión de la Magdalena. Había tomado por modelo al Beato Juan de ávila, y, lo mismo que él, ungía sus sermones con el óleo de la oración. Para hacerse entender, usaba con frecuencia de parábolas y semejanzas caseras. Un público de académicos le hubiera puesto numerosos reparos, pero él prefería atenerse a la máxima de San Agustín: «No me importa que me critiquen los gramáticos, con tal que me entiendan los rudos.» Uno de sus oyentes, que más tarde fue obispo de Segorbe, monseñor Aguilar, escribía un día de diciembre de 1843: «Vengo de Roda, donde acabo de oír al Padre Claret. Empezó el sermón con voz clara, entera y vibrante, que oían perfectamente tanto los que estaban dentro como los que estaban fuera del templo. Ni un murmullo o movimiento en el auditorio, ni un golpe de tos en el predicador interrumpieron por un momento aquel torrente de palabras y de doctrina. Al salir, decía la gente: ¿Cómo puede hablar tanto tiempo sin descansar?... ¿De dónde habrá sacado tanta doctrina?... ¡Qué comparaciones tan oportunas! ¡Qué ejemplos tan bien traídos! ¡Es un santo!, observaban algunos, y contaban sucesos milagrosos acaecidos en sus misiones.»

Efectivamente, Dios había querido confirmar aquella elocuencia con el sello de lo sobrenatural. Los prodigios se sucedían sin interrupción. Hoy, un oyente quedaba como petrificado en su asiento, por haber faltado al respeto al predicador; mañana, la lluvia caía sobre la concurrencia sin dejar la menor reliquia de humedad; otro día, el predicador se detenía para anunciar un castigo, o revelar el estado de un alma, o profetizar la muerte de un oyente. Aquella voz que removía las conciencias, tenía también poder para apagar las llamas, para curar las enfermedades, para descubrir el porvenir. El demonio se revolvía furioso contra ella, estorbando visiblemente los frutos de las predicaciones; despertando recelos entre los políticos, fomentando la calumnia, atizando la persecución y acudiendo a todos los medios para desacreditar al predicador. Ante tan criminal injusticia, el arzobispo de Tarragona se vio en la precisión de desmentir las calumnias con un documento público en el que hacía la apología del misionero: «Su conducta privada es irreprochable; sus costumbres, edificantes; sus obras, conformes a su lenguaje de ministro del Evangelio; su abnegación y desinterés, completos, no recibiendo jamás estipendio por los sermones que predica, ni siquiera por la celebración del santo sacrificio; su vida, penitente, mortificada, laboriosa: es un verdadero misionero apostólico. Viaja siempre a pie y sin provisión de comida ni vestidos. Lo sabe y lo publica la gente de Cataluña y de otras provincias.

Ante los ladridos del sectarismo y de la envidia, el misionero redobla su actividad. Apenas duerme. Ayuna constantemente, confiesa mañana y tarde, a veces hasta quince horas; predica diariamente, y a donde no alcanza el poder de su voz envía la influencia de su pluma. Se ha hecho periodista, folletista, escritor. Ha comprendido el valor de ese otro ministerio más amplio, más moderno, más clarividente, más intenso, más popular, del libro, del folleto, de la hoja volante y de la estampa. Y no sabemos cuándo encontraba tiempo para escribir, pero de su pluma salió una montaña de libros y opúsculos, en que glosaba y vulgarizaba la doctrina del cristianismo en todos sus aspectos: teológico, ascético, místico, apologético, pedagógico, sociológico y cultural. Son más de cien volúmenes, que se reimprimieron durante mucho tiempo, porque el público devoto los devoraba apasionadamente.

Esto era poco todavía. El campo se dilataba ante sus ojos, pidiendo trabajadores infatigables; los obispos reclamaban misioneros; las almas estaban hambrientas de doctrina. Muchas veces el predicador tiene que contestar a las solicitudes con estas palabras dolorosas: «No puedo.» Acaba de recorrer en una misión ruidosa las Islas Canarias, y otras muchas provincias desean oír su voz. Es entonces cuando piensa en rodearse de algunos compañeros, encargados de recoger su espíritu y de ampliar su apostolado. Se reúnen por vez primera en el seminario de Vich el 16 de julio de 1849. Acaban de hacer los Ejercicios espirituales. Están dispuestos a obedecer, a trabajar, a misionar: «Hoy comenzamos una grande obra», dice mosén Claret. «¿Cómo podremos hacer nosotros una grande obra, siendo tan pocos y tan pequeños?», responde uno de los seis que están allí reunidos. «No importa — agrega el jefe de todos ellos—. Así resplandecerá más el poder de Dios.» Aquel día se formó la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, que hoy extiende sus ramas bienhechoras a través de la tierra.

Ya puede salir de Cataluña. Fue por aquellos días cuando mientras rezaba el Oficio cayó sobre su breviario un trozo de papel que decía: «Ya estarás contento; te han nombrado arzobispo de Cuba. Allá harás de las tuyas; pero también yo haré de las mías.» Por firma, tres rasguños hechos con las uñas. «No hay que hacerle caso. ¡Es el padre de la mentira!», dijo mosén Antón, adivinando el origen de todo aquello. Pero esta vez el demonio decía la verdad. Fue preconizado por el Papa Pío IX en mayo de 1850, y en febrero del año siguiente estaba ya trabajando en su isla.

Era arzobispo, pero sin dejar de ser misionero. Restaura el seminario, reanuda las clases, interrumpidas durante treinta años; reorganiza el clero, y convierte su palacio episcopal en asilo, hospital, capilla y escuela. Por lo demás, el apenas aparece por sus viejas estancias. Tiene una diócesis inmensa: ciento cincuenta leguas de longitud, por cuarenta de anchura. En dos años la recorre cuatro veces: llega al último rancho, al pueblo más humilde. Unas veces a pie, otras a caballo, hace jornadas de cien kilómetros, bajo un clima tropical, sin probar bocado en veinticuatro horas. Confiesa, predica, confirma, reparte rosarios y medallas, realiza su ministerio pastoral en iglesias destartaladas, en los descampados, en miserables cobertizos. Pasa legalizando matrimonios, legitimando hijos espurios, quemando libros heréticos, renovando la vida cristiana. Las multitudes no aciertan a separarse de él; le siguen de pueblo en pueblo, le aclaman, y a veces camina rodeado de miles de jinetes. Pero la impiedad está rabiosa ante aquel fervor y aquel espíritu evangélico. Acecha, escupe, ladra y no se detiene ni ante el procedimiento del atentado. Una vez, arde la hacienda en que iba a hospedarse el arzobispo; otra vez, el asesino cae a sus plantas arrepentido, y otra vez, en la ciudad de Holguín, la conjuración masónica se felicita ya de haber triunfado. El arzobispo sale del templo con la mejilla surcada por una profunda herida. Sanó milagrosamente; pero gobernantes poco celosos se dieron cuenta de que la actividad de aquel hombre les creaba demasiadas dificultades. Un santo es siempre enojoso para los que no quieren serlo. Los primeros que protestaban eran algunos eclesiásticos, que se Helaban a cumplir el Derecho canónico. El arzobispo estaba dispuesto a imponerle sin contemplaciones: «Pocos y buenos—solía decir él—. Yo sé por experiencia que el castigo mayor que puede caer sobre un pueblo es un mal sacerdote. Es preferible dejar un pueblo sin sacerdote que enviarle uno indiano.» Y añadía esta sentencia, que nos refleja el espíritu de su vida episcopal: «Un obispo ha de estar preparado a una de estas tres cosas: a ser envenenado, procesado o condenado. Si los hombres le respetan, le condenará Dios.»

Él tuvo la repulsa de los hombres. Siete años después de su llegada a Cuba fue llamado a Madrid, que se convirtió desde entonces en centro de sus correrías apostólicas. La reina Isabel II le hizo su confesor; el Papa Pío IX le dio el título de arzobispo de Trajanópolis. Los honores se acumulaban sobre su cabeza, pero él estaba contento porque otra vez volvía a ser misionero, y nada más que misionero. Ahora es toda España la que recoge el fruto de su predicación. Es la historia de los días en que era párroco de Viladráu, aunque en mayor escala. La misma actividad, el mismo desinterés, el mismo entusiasmo en las muchedumbres, el mismo odio de los malvados, correspondidos con la generosidad de siempre. «Dejadlos—decía el Padre Claret—, son los artífices de mi alma. Si supiesen el bien que me hacen, de seguro no se acordarían de mí.»

Al fin, el destierro. Al estallar la revolución de 1860, Isabel II pasa la frontera, y su confesor la sigue. Dos años más, dos años de quietud y de silencio, que despiertan la imagen de un sereno atardecer. Y la muerte llega, callada y suave, pero no inesperada, en la abadía cisterciense de Fontfroidé, al salir el sol del 24 de octubre de 1870.