domingo, 26 de junio de 2016

Domingo, 26-06-2016 13ª Semana TIEMPO ORDINARIO

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, el Señor dijo a Elías en el monte Horeb:
- «Unge profeta sucesor tuyo a Elíseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá».
Partió Elías de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, quien se hallaba arando. Frente a él tenía doce yuntas; él estaba con la duodécima. Pasó Elías a su lado y le echó su manto encima.
Entonces Eliseo abandonó los bueyes y echó a correr tras Elías, diciendo:
- «Déjame ir a despedir a mi padre y a mi madre y te seguiré».
Elías le respondió:
- «Anda y vuélvete, pues; ¿qué te he hecho?».
Eliseo dio la vuelta, tomó la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio. Con el yugo de los bueyes asó la carne y la entregó al pueblo para que comiera. Luego se levantó, siguió a Elías y se puso a su servicio.

Hermanos:
Para la libertad nos ha liberado Cristo.
Manteneos, pues, firmes, y no dejéis que vuelvan a someteros a yugos de la esclavitud.
Vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; ahora bien, no utilicéis la libertad como estímulo para la carne; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor.
Porque toda la Ley se cumple en una sala frase, que es: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Pero, cuidado, pues mordiéndoos y devorándoos unos a otros acabaréis por destruiros mutuamente.
Frente a ello, yo os digo: caminad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne; efectivamente, hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais.
Pero si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley.

Cuando se completaron los días en que iba de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros delante de él.
Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén.
Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron:
- «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?».
Él se volvió y les regañó. Y se encaminaron hacia otra aldea.
Mientras iban de camino, le dijo uno:
- «Te seguiré adondequiera que vayas».
Jesús le respondió:
- «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».
A otro le dijo:
- «Sígueme».
Él respondió:
- «Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre».
Le contestó:
- «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».
Otro le dijo:
- «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa».
Jesús le contestó:
- «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».

Palabra del Señor.

Más abajo encontrareis la HOMILÍA correspondiente a estas lecturas.

Homilía



La libertad, tema que plantea la lectura de este domingo, del apóstol San Pablo a los Gálatas, es uno de los bienes más preciados de todos los pueblos, pero, al mismo tiempo, un serio peligro si no sabemos valorarla en su justa medida.

Y la medida está en que, si quiero que me respeten, debo respetar primero la cultura, las ideas, las creencias y los valores de los demás.

“No es una libertad para que se aproveche la carne; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor” (Gálatas 5,13).

Esto parece una paradoja, pero el amor nos hace libres.

Es fácil experimentarlo en la vida.

El padre, la madre, todo el que ama nunca se siente esclavizado por prestar un servicio, porque el amor rompe las ataduras y prejuicios que nos condicionan.

Cada pueblo tiene un punto de referencia en su propia historia.

Para Israel fue el Éxodo el camino de salida de la esclavitud a la libertad.

También la historia de cada uno es un éxodo personal, donde las diversas experiencias que vivió el pueblo de Israel se transparentan en los quehaceres de los días y en las tradiciones que hemos recibido como herencia cultural, afectiva, económica, relacional... de nuestros padres y familiares.

Pero debemos construir un futuro en libertad y no ser una imagen copiada de ellos.


El egoísmo y la envidia.

San Pablo dice que si nos mordemos y devoramos unos a otros, terminaremos destruidos mutuamente, y nos alerta de dejarnos llevar por las tentaciones de la carne.

De modo que, aunque no lo parezca, estas cosas que se pueden hacer como una muestra de libertad, son, a los ojos de Dios, una esclavitud que nos ata al pecado y al maligno.

Por eso agrega que nos dejemos guiar por el Espíritu, que es quien nos muestra el camino de la libertad de los hijos.

Los extremismos ideológicos, que desembocan en intolerancia y descalificación hacia quienes no piensen, sienten y actúan como ellos.

Están muy presentes en la sociedad de hoy, erigiéndose, a menudo, como paladines de la violencia callejera y de las algaradas contra la policía y las instituciones ciudadanas, ante la complacencia de grupos afines y el silencio cómplice de los políticos que se benefician de este juego sucio.

Hay algo que huele a podrido y nos escandaliza.

La paliza propinada a dos chicas en Barcelona por mostrar la bandera española por cinco encapuchados partidarios de la independencia de Cataluña, es una muestra más de la deriva social, a la que nos abocan los discursos incendiarios de grupos radicales.

Muchos países sufren en sus calles agresiones similares todos los días con la anuencia de gobiernos corruptos y totalitarios, que no admiten las discrepancias y atacan la libertad de las personas, porque no soportan manifestaciones en su contra.

No es nada nuevo ni sorprendente. Santiago y Juan le proponen a Jesús que “baje fuego del cielo” y acabe con los samaritanos que no han querido recibirle.

Aún hoy muchos cristianos tienen esta misma reacción.

Menos mal que Dios no es así.

Invita y propone, pero no impone ni condena.

Otra forma de esclavitud, que nos recuerda también el evangelio, es la excesiva seguridad en uno mismo.

Un hombre se ofrece a Jesús para "seguirle adondequiera que vaya".

Jesús le responde con una realidad.

No necesita proyectos y medios para llevarlos a cabo e invita a sus seguidores a que tomen el ejemplo del “Hijo del hombre, que no tiene donde reclinar la cabeza”.

Creemos que los éxitos en la evangelización van unidos a los derroches económicos y a la utilización de los adelantos tecnológicos de la comunicación social.

Nadie pone en duda su importancia, pero no ofrecen garantías si los responsables no meros transmisores de la fe y no auténticos testigos de la misma.

El apego a los bienes materiales.


Jesús pide para seguirle liberarnos primero de los lastres que nos esclavizan e iniciar una vida nueva con buenas predisposiciones: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios” (Lucas 9,62).

No ofrece ventajas inmediatas ni seguridades humanas, pero sí un ideal que merece la pena.

El marco de su invitación es el camino, donde aguarda en cada encrucijada para abrir la marcha y marcar sus huellas en pos de la aventura de la fe.

La llamada de Dios a varios profetas, narrada en la Biblia, implica renuncias, contratiempos, problemas y sacrificio, pero es de una fuerza que arrastra y guía hacia el fututo.

La liturgia de este domingo nos presenta como ejemplo a Eliseo, que recibe la vocación profética con el simple gesto de la imposición del manto de Elías sobre sus hombres.

Desde ese momento abandona el campo, sacrifica sus bueyes en ofrenda a Dios y se pone a sus órdenes.

No hay aventura sin riesgos.

Lo saben los alpinistas, los deportistas de élite, los exploradores, los soñadores de nuevas conquistas.

Todos tienen como punto de mira una meta, que una vez lograda, abre el camino a otra, en una perpetua sucesión de retos.

Quien tiene un ideal encuentra siempre razones para alimentar la fe, fortalecer la esperanza y cultivar el amor.


Santos Pablo y Juan

Los peregrinos medievales que llegaban a Roma a venerar los sepulcros de los mártires empezaban preguntando por la basílica de los Santos Juan y Pablo en el monte Celio. Era de rigor comenzar por ella el recorrido de los santuarios romanos. Era la única iglesia erigida sobre tumba de mártires dentro del recinto de la ciudad. Los demás mártires habían sido enterrados en las afueras, por aquella ley de las Doce Tablas que prohibía la sepultura en el interior de la ciudad. "Dios, que había rodeado a Roma con una gloriosa corona de tumbas de mártires —cantaba un prefacio antiguo—, quiso esconder en las entrañas mismas de la ciudad los miembros victoriosos de los Santos Juan y Pablo." El itinerario-guía, que orientaba a los peregrinos a través de los santos lugares, advertía, además, que la basílica que guardaba tan preciadas reliquias era “la propia casa de los mártires, convertida en iglesia después de su martirio".

 A pocos metros del Coliseo arrancaba un suave repecho, el Clivus Scauri, que les llevaba rápidamente al espacioso atrio que abría sus pórticos delante de la basílica.

 Debía de ser muy fuerte la emoción de los peregrinos al poner los pies en la "casa de los mártires".

 En torno a la figura de aquellos mártires, y con retazos de procedencia diversa, el tiempo había tejido, ya para el año 500, una leyenda sugestiva. Resulta difícil, hoy, señalar el núcleo de verdad que acaso contenga la leyenda y separar el filón de la escoria que le cubre. No faltan en ella, ciertamente, incongruencias y contradicciones históricas. Por eso la mayor parte de los críticos se inclinan hoy a negar todo crédito a las actas que nos refieren el martirio de Juan y Pablo. Pero está la voz de los monumentos, que nos cuentan a su manera, con su lenguaje de piedra y de pinturas, la historia de unos mártires que no pueden ser sino los mismos que la leyenda desfiguró.

 Según las Actas, Juan y Pablo fueron oficiales del ejército, acaso legionarios de la famosa legión Jovia. Pasaron luego a la corte, como gentiles hombres de cámara al servicio del emperador Constantino y, más tarde, de su hijo Constancio. La hija de Constantino les dejó en herencia cuantiosas riquezas. Cuando Juliano ocupó el trono imperial e hizo pública su apostasía, los dos oficiales palatinos, fervientes cristianos, abandonaron la corte en señal de protesta y se retiraron a su casa del Celio, en Roma.

 Conocemos hoy perfectamente las características de la casa a que alude la tradición. Excavaciones realizadas bajo el pavimento de la basílica celimontiana nos han revelado la disposición interior de aquella casa romana y gran parte de su decoración. Se trataba de un inmueble de vastas proporciones, que ocupaba una superficie de 2.250 metros cuadrados y treinta metros de fachada. En el monte Celio, famoso en aquel entonces por la suntuosidad de sus edificios, la grandiosa "casa de los mártires" encajaba perfectamente.

 Encontramos en ella la misma distribución y el mismo gusto por la decoración que distinguían a las casas patricias romanas. La parte noble del edificio, destinada a habitaciones de los señores y de sus huéspedes, con sus amplias salas lujosamente decoradas con estatuas, revestimiento de mármoles, mosaicos y grandes pinturas murales, contrasta con la estrechez de los dormitorios de los esclavos. Muy espaciosas las salas de baño. En las bodegas se han desenterrado gran número de ánforas, cántaros y otras, vasijas donde se guardaban las provisiones de la casa. Dos de las ánforas llevan grabado el monograma de Cristo. Trece aposentos conservan todavía, mejor o peor, la decoración antigua. No serán obras de arte, pero denotan un gusto bastante depurado. Los temas mitológicos se combinan con paisajes y motivos ornamentales. Allí puede contemplarse el cuadro más grande que se conserva de la Roma antigua, pintado al fresco, sin que el color haya perdido todavía su viveza. Representa a Proserpina que vuelve del averno, acompañada de Ceres y de Baco. Una mano cristiana, en el siglo IV, extendió sobre la escena una capa de estuco. En otra sala, pintados al encáustico, diez efebos de tamaño natural, poco menos que desnudos y tocados con guirnaldas, sostienen con gracia un festón de hojas, mientras pavos reales, cisnes y otras aves se mueven entre sus pies y gran número de pájaros revolotean sobre su cabeza. Completa la decoración de la sala una inmensa cepa, que cubre la parte superior y toda la bóveda, y en cuyas volutas se encaraman geniecillos desnudos que van recogiendo racimos.

 No faltan en la casa de Celio pinturas de inspiración cristiana, que demuestran que sus moradores, en el siglo IV, eran cristianos. En una de las salas, en medio de figuras de apóstoles y escenas alegóricas de vida pastoril, se levanta espléndida la Orante, vestida de dalmática amarilla, con un velo verde sobre la cabeza y los brazos extendidos en actitud de oración.

 Una escalera de piedra ponía en comunicación la planta baja con los pisos superiores. La casa alcanzaba una altura de quince metros. Desde sus amplios ventanales podía gozarse de uno de los espectáculos más maravillosos de Roma. A pocos metros extendía sus grandes arcos de travertino el templo erigido en honor del emperador Claudio. Más allá, el Coliseo, los templos y edificios públicos del Palatino, del Foro y del Capitolio y las termas de Trajano y de Tito desplegaban al sol sus mármoles fulgurantes, Y, por encima de edificios y murallas, la mirada se perdía en las líneas onduladas de las colinas del Lacio y en los anchurosos horizontes del mar.

 En aquella casa esperaban pasar Juan y Pablo los últimos años de su vida. Pero bien pronto empezaron a llegar noticias alarmantes de la actitud hostil del nuevo emperador. Su odio se ensañaba particularmente con los que habían servido más de cerca a su predecesor. Era, además, conocida su codicia del dinero. Trataba de apoderarse, por todos los medios, de las riquezas de los cristianos. En carta a Scévola escribía él mismo con ironía que la admirable ley de los cristianos quiere que sean éstos exonerados de las cosas de aquí abajo, a fin de “estar mas ágiles para subir al cielo" y que por eso se dedicaba él a facilitarles el viaje despojándoles de sus bienes. Cuidaba mucho el Apóstata de que los cristianos fueran condenados siempre como enemigos públicos, sin que en la sentencia se reflejaran los motivos verdaderos.

 No tardó en llegar a oídos del emperador la noticia de que Juan y Pablo socorrían todos los días en su casa del Celio a una turba de cristianos pobres, a cuenta de las riquezas que habían heredado de la hija de Constantino. Hízoles llamar a la corte repetidas veces con promesas lisonjeras. Mas ellos se negaron a servir a un emperador renegado que perseguía a los cristianos. Juliano pasó entonces de las promesas a las amenazas. Les conminó con la muerte como a enemigos públicos si en el plazo de diez días no renunciaban a su fe cristiana y volvían a los oficios de la corte.

 Juan y Pablo se dispusieron a morir por Cristo. Como primera medida distribuyeron todas sus riquezas entre los pobres y se entregaron a obras de religión y piedad. Pasados los diez días de plazo, a la hora de cenar, se presentó en la casa del Celio Terenciano, capitán de cohorte, con un puñado de soldados. Dicen las Actas que encontró a nuestros héroes en oración. En nombre del emperador les instó por última vez a adorar una pequeña estatua de Júpiter que traía consigo. Era la estatua que los legionarios de la legión Jovia veneraban en sus cuarteles. Juan y Pablo se negaron resueltamente.

 Al filo de la medianoche Terenciano los hizo decapitar en un rincón oscuro de la misma casa. Y, para evitar que fueran luego venerados como mártires, mandó abrir una zanja a toda prisa en el fondo de uno de los corredores, debajo de la escalera principal. Allí ocultaron los cadáveres. Ocurría esto en la noche del 26 al 27 de junio del año 362.

 A la mañana siguiente Terenciano hizo correr en Roma la voz de que Juan y Pablo habían salido de la ciudad, desterrados por orden del emperador.

 Exactamente un año más tarde, el mismo día y a la misma hora en que caían al suelo las cabezas de nuestros mártires, moría asesinado en Maronsa, cerca de Bagdad, Juliano el Apóstata. En Roma un grupo de posesos, entre ellos el hijo único de Terenciano, comenzó a revelar a voz en cuello la muerte de Juan y Pablo. Terenciano se vio obligado a indicar el lugar del enterramiento y los detalles del glorioso martirio.

 Las Actas terminan con la historia de la transformación de la "casa de los mártires” en iglesia, por obra de los senadores Bizante y Pammaquio. Bizante es un personaje poco conocido en la historia de Roma. Sería él, probablemente, quien abrió al culto parte de la casa del monte Celio, después de convertir la planta baja en un pequeño santuario. Levantó un tabique frente al lugar de la sepultura, para protegerla de la devoción indiscreta de los visitantes. Pero dejó abiertas unas pequeñas ventanas o fenestrellae, para que los devotos pudieran contemplar la tumba y tocarla con retazos y otros objetos, que luego conservarían como preciadas reliquias. Decoró las paredes de aquel sagrado recinto con pinturas alusivas a los mártires. En el puesto de honor mandó pintar la figura de uno de ellos, en actitud de paz, a la entrada del paraíso, y a sus pies, venerándole, dos fieles postrados en tierra. Entre otras composiciones, dos escenas de martirio llaman poderosamente la atención. Una de ellas nos muestra a tres personajes, dos varones y una mujer, en el momento de ser conducidos a la presencia del juez, bajo la vigilancia de dos guardianes. La otra nos hace asistir a la ejecución de los mártires. Están los tres personajes de rodillas, los ojos vendados y las manos atadas a la espalda, esperando con la cabeza inclinada el golpe de la espada. El verdugo está detrás de ellos y, junto a él, otro personaje que parece estar presidiendo la escena. Es ésta una de las más antiguas y más dramáticas escenas de martirio que se conservan.

 El pequeño santuario fue muy visitado por los devotos. Algunos dejaron en las paredes sus nombres y sus ruegos grabados con punta de hierro. La afluencia de visitantes fue creciendo y bien pronto aquel santuario resultó insuficiente. Decidióse erigir en aquel mismo lugar un santuario digno de la celebridad de que gozaban ya los santos mártires Juan y Pablo.

 Costeó las obras el senador Pammaquio, personaje muy conocido en la Roma de fines del siglo IV. Pertenecía a la noble familia de los Furios. Fue amigo de San Jerónimo. Estudiaron juntos en Roma y se profesaron toda la vida mutuo afecto. San Paulino de Nola y San Agustín alabaron en sendas cartas la fe y piedad de Pammaquio. Solía éste acudir al Senado en hábito de monje. Se hizo célebre, sobre todo, por sus obras de caridad. Distribuyó íntegramente entre los pobres la herencia que le dejara su mujer Paulina. Fundó en Ostia el famoso xenodochium, abierto a los peregrinos que llegaban a Roma por mar.

 La basílica que levantó en el Celio hizo también honor a su munificencia. Fueron abatidos los tabiques interiores de los dos pisos superiores. Se rellenó de escombros toda la planta baja, a excepción del locus martyrii. Y sobre veinticuatro columnas de granito negro apoyaron la espaciosa nave, bañada en la cálida luz que tamizaban setenta ventanas convenientemente distribuidas. Los itinerarios medievales la señalaban como "basílica grande y muy hermosa". El pavimento y parte de los muros estaban revestidos de mármol blanco. A derecha e izquierda, a lo largo de toda la nave central, se sucedían escenas del Antiguo y Nuevo Testamento, que cantaban el triunfo del culto del Dios verdadero sobre el culto pagano. Aquellos cuadros reflejaban las preocupaciones de una época que acababa de asistir al fracaso de la última tentativa de restaurar el paganismo. Pero eran, al mismo tiempo, un elogio a los héroes de la fe, que con su martirio aseguraron la victoria del cristianismo.

 La basílica de los Santos Juan y Pablo representa en Roma, que tantos monumentos singulares atesora, un ejemplar único de continuidad. Podemos seguir allí las transformaciones sucesivas de un palacio pagano del siglo II que, al abrazar sus dueños el cristianismo, se convierte en morada cristiana. La sangre de los mártires hizo de ella centro de peregrinación. Fue primero un humilde santuario, que la afluencia siempre creciente de devotos obligó a transformar en una basílica toda reluciente de mármoles y mosaicos. Cada generación ha ido dejando después en aquellos muros el testimonio de su piedad.

 Sin preocuparse excesivamente del signo de interrogación que la crítica ha puesto, con razón, a los detalles que nos suministran las Actas, el pueblo cristiano seguirá venerando en el monte Celio, a los mártires, cuyos nombres recuerda la Iglesia Romana todos los días en el canon de la misa, entre los testigos más gloriosos de nuestra fe.

sábado, 25 de junio de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Ha destruido el Señor, sin piedad, todas las moradas de Jacob; ha destrozado, lleno de cólera, las fortalezas de la hija de Judá; echó por tierra y profanó el reino y a sus príncipes.
Se sientan silenciosos en el suelo los ancianos de la hija de Sion; cubren de polvo su cabeza y se ciñen con saco; humillan hasta el suelo la cabeza. Las doncellas de Jerusalén.
Se consumen en lágrimas mis ojos, se conmueven mis entrañas; muy profundo es mi dolor por la ruina de la hija de mí pueblo; los niños y lactantes desfallecen por las plazas de la ciudad.
Preguntan a sus madres: «¿Dónde hay pan y vino?», mientras agonizan, como los heridos, por las plazas de la ciudad, exhalando su último aliento en el regazo de sus madres.
¿ A quién te compararé, a quién te igualaré, hija de Jerusalén? ¿Con quién te equipararé para consolarte, doncella, hija de Sión?; pues es grande como el mar tu desgracia: ¿quién te podrá curar?
Tus profetas te ofrecían visiones falsas y vanas; y no denunciaron tu culpa para que cambiara tu suerte, sino que te anunciaron oráculos falsos y seductores.
Sus corazones claman al Señor.
Muralla de la hija de Sión ¡derrama como un torrente tus lágrimas día y noche; no te des tregua, no descansen tus ojos!
Levántate, grita en la noche, al relevo de la guardia; derrama como agua tu corazón en presencia del Señor; levanta tus manos hacia él por la vida de tus niños, que desfallecen de hambre por las esquinas de las calles.

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole:
- «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho».
Jesús le contestó:
- «Voy yo a curarlo. »
Pero el centurión le replicó:
- «Señor, no soy quién para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le dijo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace».
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían:
- «En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes».
Y dijo Jesús al centurión:
- «Vete, que que te suceda según has creído».
Y en aquel momento se puso bueno el criado.
Al llegar Jesús a casa de Pedro, vio a su suegra en cama con fiebre; la tocó su mano y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirle.
Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades».

Palabra del Señor.

San Máximo de Turín

El escritor Genadio de Marsella, que murió en los albores del siglo VI, escribió el libro De viris illustribus, en el que incluyó el nombre de Máximo de Turín entre los hombres ilustres de la Iglesia, y él es quien nos habla de su existencia y de sus escritos. Es más: él es la fuente principal para obtener los pocos datos que de Máximo sabemos: que fue el primer obispo de Turín y que falleció durante el reinado de Honorio y Teodosio II, es decir, entre 408 y 423. Por esto no se le puede confundir con otro Máximo también obispo de Turín, que murió después del año 465. Pero no se sabe ni dónde ni cuándo nació, ni tampoco cuándo fue consagrado obispo. De todas formas parece que en 398 ya era obispo de Turín.

Tanto su identidad como la autenticidad de sus escritos ha sido resuelta sólo en los últimos años, gracias a los estudios e investigaciones de varios patrólogos, como Savio, Pellegrino y Mutzenbecher. Ellos han logrado concretar con exactitud que los sermones que se conservan de Máximo de Turín son 89, algunos de los cuales han pasado a formar parte de las lecturas patrísticas del Libro de las horas. Sin embargo, han sido muchos más los que se le atribuían. La crítica histórica y literaria trata de dar a cada uno lo suyo y quitar a uno lo que, en realidad y según los diversos análisis, pertenece a otro.

Los siglos IV y V son, tanto en Oriente como en Occidente, la edad de oro de las catequesis bautismales y sobre los misterios cristianos. Cualquiera de los santos padres de esta época ha aportado algo a esta literatura. Incluso Máximo de Turín. Y es que la predicación era parte integrante de la liturgia y una de las tareas fundamentales del obispo, quien predicaba todos los domingos y fiestas y todos los días de Cuaresma. Entonces la Cuaresma servía de preparación para el bautismo de los catecúmenos, de reconciliación para los penitentes arrepentidos, y de ejercicios espirituales para todos los fieles. Así entendían la Cuaresma, por ejemplo, San Ambrosio (-7 de diciembre), San Agustín (-28 de agosto) y San Máximo de Turín, quien, a veces, y no sin cierta exageración, ha sido comparado con el obispo de Hipona. En realidad, el sermón bíblico o la homilía litúrgica constituía el género literario privilegiado de la literatura cristiana de la época patrística.

Por otra parte, los obispos entonces no escribían con anterioridad sus sermones; más bien digamos que improvisaban. Luego sus amigos, sus admiradores o los taquígrafos recogían sus palabras con el consentimiento del predicador (y a veces, sin que éste se enterara) y se encargaban de difundirlas por escrito. Estos escritos pasaron más tarde a ser copiados en códice en los escritorios de los monasterios, y así han llegado hasta nosotros, no sin antes, los estudiosos, haber afinado lo más posible para discernir lo que es y lo que no es de cada autor. Cuando los sermones u homilías han sido revisadas por el propio orador, es lógico que reflejen mejor la fidelidad a su pensamiento. Por eso, era muy frecuente que los obispos predicadores dedicasen buena parte de su tiempo a revisar lo recogido por los taquígrafos para dejar bien precisado su pensamiento.

Los sermones de San Máximo de Turín, partiendo de pasajes de la Escritura que se han leído en la liturgia, exponen los misterios de las festividades litúrgicas. Son los más interesantes a este respecto, los que tratan de la Navidad, así como los que versan sobre los acontecimientos del día y los que marcan una orientación pastoral. Por ejemplo, en el Libro de las horas (T. I, pp. 525-526), concretamente el 11 de enero, se puede leer parte del sermón 100 que trata de los misterios del bautismo del Señor, en el que dice deliciosamente: «Cristo se hace bautizar no para santificarse con el agua, sino para santificar el agua y para purificar aquella corriente con su propia purificación y mediante el contacto de su cuerpo. Pues la consagración de Cristo es la consagración completa del agua». Y en el domingo V de Pascua, se recoge el sermón 53 (LH. II, 694-695), que habla de los efectos de la resurrección de Cristo y dice con lirismo vibrante y alentador: «La resurrección de Cristo es vida para los difuntos, perdón para los pecadores, gloria para los santos. (...) Por ello, hermanos, hemos de alegrarnos en este día santo. Que nadie se sustraiga del gozo común a causa de la conciencia de sus pecados, que nadie deje de participar en la oración del pueblo de Dios, a causa del peso de sus faltas. Que nadie, por pecador que se sienta, deje de esperar el perdón en un día tan santo. Porque, si el ladrón obtuvo el paraíso, ¿cómo no va a obtener el perdón el cristiano?'

Para Máximo de Turín, lo mismo que para los santos padres de su época, el anuncio de la palabra y la celebración de los sacramentos no son como un apoyo añadido o unos instrumentos para el desarrollo de la vida cristiana, sino que son, ante todo, la fuente de donde brotan los nuevos comportamientos del cristiano. Así, por ejemplo, dice en el sermón 111: «El que ha renacido mediante el bautismo, ha dejado de ser lo que ha sido y comienza a ser lo que no era». Y este comenzar a ser cristiano tiene unas exigencias sociales en la vida diaria que los padres no ocultan, por el contrario destacan con firmeza y denuncian su ausencia sin ambigüedades. Así San Máximo de Turín exclama en su sermón 36: „¡Cómo hemos de sufrir al ver que un patrono cristiano no muestra compasión de esclavo cristiano, sin pensar que éste, aunque esclavo por su estado social, es, sin embargo, por gracia hermano suyo! En efecto, del mismo modo está revestido de Cristo, participa de los mismos sacramentos y tiene la misma familiaridad con Dios Padre. ¿Por qué, entonces, no le tratas como hermano?»

Por lo que deja entrever en sus sermones, Máximo de Turín es un buen predicador, de estilo claro, fluido y persuasivo, que combate el paganismo que aún anida en su región, y condena algunas supersticiones como las que acompañan a la celebración del año nuevo. Pero, sobre todo, consuela a sus fieles durante las incursiones de los bárbaros y, ante todo instruye a su comunidad en la doctrina cristiana, previniéndola contra el arrianismo y contra la propaganda de los judíos. Su predicación, siempre actual, representa un vivo testimonio del ministerio pastoral litúrgico, como se ejercía al iniciarse el siglo V en el Norte de Italia, bajo la protección vigorosa de San Ambrosio de Milán (+ 397), de quien depende Máximo de Turín en gran parte, y ofrece a los historiadores de la cultura de la antigüedad tardía un cuadro bastante plástico de aquella región. Como cuando apela, por ejemplo, al patriotismo romano de su auditorio (Sermón 82), o cuando describe la situación del paganismo de su tiempo (Serm. 48; 65; 98) o cuando recoge las reacciones de la gente ante los horrores de las invasiones de los bárbaros.

Aunque los sermones de Máximo de Turín han sido objeto de varios estudios recientes, todavía necesitan ser estudiados con mayor intensidad, pues ofrecen una amplísima información sobre muchos aspectos de la vida religiosa y social de su tiempo.

viernes, 24 de junio de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos:
Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre.
Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo:
«Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.»
Mientras yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas», en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios.
Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel - tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza -: «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»

En aquellos días, dijo Pablo:
- «Dios nombró rey a David, de quien hizo esta alabanza: “Encontré a David, hijo de Jesé, hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos.” Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús.
Antes de que llegara, Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión; y, cuando estaba para acabar su vida, decía: “Yo no soy quien pensáis; viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias.”
Hermanos, descendientes de Abrahán y todos los que teméis a Dios: a vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación.»

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban.
A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo:
- «¡No! Se va a llamar Juan. »
Le replicaron:
- «Ninguno de tus parientes se llama así.»
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió:
«Juan es su nombre.» Todos se quedaron extrañados.
Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.
Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo:
- «¿Qué va a ser este niño?»
Porque la mano del Señor estaba con él.
El niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.

Palabra del Señor.

San Iván de Bohemia

No mucho se ha hablado y escrito de Iván de Bohemia, monje ermitaño de la segunda mitad siglo IX y Santo de la Iglesia Católica, cuya festividad también se conmemora hoy 24 de junio. De él hay dos historias: una de ellas dice que era hijo de Charvati, rey de los croatas; la otra, que era pariente de San Esteban, Rey de Hungría.

Se sabe que vivió durante la segunda mitad del siglo IX en Bohemia, en la Europa Central, como monje eremita, a donde se retiró tras una insatisfactoria experiencia en el monasterio sajón de Coevey, lugar en el que, tal como se relata, no logró llevar una vida en comunidad con otros monjes benedictinos.

Conocido también como el santo "mediador en la política", de él se dice que tras presentarse ciertos problemas políticos y religiosos en Bohemia, y luego de una extenuante búsqueda, fue hallado por el duque de Borijov, quien lo llevo a su palacio.

Se narra que ahí San Iván permaneció por un considerable tiempo hasta que se calmaran los tiempos difíciles. Allí, ates de regresar a su ermita y por instrucción de la Duquesa Ludmila, recibió los santos sacramentos, así como la promesa, de parte del Duque de Borijov, que tras su muerte se edificaría un templo que fuese dedicado a San Juan Bautista, cuya fiesta también se conmemora el 24 de junio.

No existen muchos datos registrados sobre su muerte, pero se sabe que luego de su deceso ocurrieron diversos milagros, muchos de ellos se conocieron a principios del siglo XIII en el mismo lugar donde estaba situada su ermita. Este lugar llegó a denominarse como la "Iglesia de San Juan bajo la Roca".

La historia de este santo de la Iglesia Católica se conoce gracias a los monjes benedictinos, quienes se encargaron de trasmitir su culto.

jueves, 23 de junio de 2016

Reflexión de hoy

Lecturas


Dieciocho años tenía Joaquín cuando inició su reinado y reinó tres meses en Jerusalén.
El nombre de su madre era Nejustá, hija de Elnatán, de Jerusalén.
Hizo el mal a los ojos del Señor exactamente lo mismo que había hecho su padre.
En aquel tiempo las gentes de Nabucodonosor, rey de Babilonia, subieron contra Jerusalén y la ciudad fue asediada. Vino Nabucodonosor, rey de Babilonia, a la ciudad, mientras sus servidores la estaban asediando.
Entonces Joaquín, rey de Judá, se rindió al rey de Babilonia, que hizo prisioneros a él, a su madre, a sus servidores, a sus jefes y eunucos.
Era el año octavo de su reinado.
Luego se llevó de allí todos los tesoros del templo del Señor y los del palacio real y deshizo todos los objetos de oro que había fabricado Salomón, rey de Israel, para santuario del Señor, según la palabra del Señor.
Deportó a todo Jerusalén, todos los jefes y notables - diez mil deportados -, a todos los herreros y cerrajeros, no dejando más que a la gente pobre del país.
Deportó a Babilonia a Joaquín, a la madre del rey y a las mujeres del rey, a sus eunucos y a los notables del país; lo hizo partir al destierro, de Jerusalén a Babilonia.
También llevó deportados a Babilonia a todos los hombres pudientes en número de siete mil; los herreros y cerrajeros, un millar; así como a todos los aptos para la guerra.
Y, en lugar de Joaquín, puso por rey a su tío Matanías, cambiando su nombre por el de Sedecías.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
Aquel día muchos dirán:
- “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”.
Entonces yo les declararé:
- “Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad”
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa ; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».
Al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas.

Palabra del Señor.

Santa Eteldreda

El gran número de Iglesias inglesas que llevan su nombre, es muestra de la fama de está Santa en su país, vivió en la época de Hiptarquía, es decir en la época en que Inglaterra comprendía siete reinos: Essex, Sussex, Wessex, Kent, Mercie, Est-Anglia y Northumbria.

Aunque Eteldreda quería permanecer virgen su Padre Anás, rey de east Anglia, a pesar de ello, la hizo contraer dos matrimonios políticamente útiles.

Por lo tanto se convirtió en la esposa de un anciano enfermo, el príncipe Tombrecto, el que murió al cabo de 3 años, Edeltrida que seguía siendo virgen; se disponía entrar en religión cuando se le exigió está vez que se desposará con el príncipe Ecfrido era aún un niño. Cuando llegó a la pubertad y quiso hacer uso de sus derechos conyugales, la futura reina de Northumbria recurrió a San Wilfrido, quién organizó su huida y la condujo a la abadía de Cuningham.

Se discute cómo tomó eso Ecfrido, futuro rey, unos dicen que hizo todo, otros dicen que no hizo nada para recuperar a la mujer, seguro de encontrar otra más conveniente.

Tras un año de noviciado en Cuningham, Edeltrida fundó en Ely una enorme abadía mixta que gobernó hasta la muerte, era muy austera se quedaba en el coro desde maitines hasta prima, mientras que las demás hermanas volvían a su celda y al lecho.