sábado, 25 de abril de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


Queridos hermanos:
Tened sentimientos de humildad unos con otros, porque Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes. Inclinaos, pues, bajo la mano poderosa de Dios, para que, a su tiempo, os ensalce. Descargad en él todo vuestro agobio, que él se interesa por vosotros.
Sed sobrios, estad alerta, que vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar.
Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos en el mundo entero pasan por los mismos sufrimientos.
Tras un breve padecer, el mismo Dios de toda gracia, que os ha llamado en Cristo a su eterna gloria, os restablecerá, os afianzará, os robustecerá. Suyo es el poder por los siglos. Amén.
Os he escrito esta breve carta por mano de Silvano, al que tengo por hermano fiel, para exhortaros y atestiguaros que ésta es la verdadera gracia de Dios. Manteneos en ella.
Os saluda la comunidad de Babilonia, y también Marcos, mi hijo. Saludaos entre vosotros con el beso del amor fraterno.
Paz a todos vosotros, los cristianos.

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo:
-«ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado.
A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»
Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.
Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

Palabra del Señor.

SAN PEDRO DE SAN JOSÉ DE BETANCURT

El hermano Pedro nació en la isla de Tenerife y murió en la Antigua Guatemala, donde está enterrado en la iglesia de San Francisco el Grande. Tras una juventud dada a la piedad y al trabajo, embarcó para América con el ideal de evangelizar a los nativos y socorrer a los necesitados. Con sus 16 años dedicados en Guatemala al cuidado de los enfermos, los pobres, los analfabetos, etc., y las obras que para ellos promovió, ha permanecido en la memoria de todos como el Santo hermano Pedro o, sencillamente, el Hermano Pedro. Juan Pablo II lo beatificó en 1980 y lo canonizó el 30 de julio de 2002, siendo el primer santo guatemalteco y tinerfeño.

El hermano Pedro de San José Betancur nace en Vilaflor de Tenerife (Islas Canarias, España) el 21 de marzo de 1626 y muere en Guatemala el 25 de abril de 1667. La distancia en el tiempo no opaca la luz que emana de su figura y que ha iluminado tanto a Tenerife como a toda la América Central desde aquellos remotos días de la Colonia.

El hermano Pedro de San José Betancur supo leer el Evangelio con los ojos de los humildes y vivió intensamente los Misterios de Belén y de la Cruz, los cuales orientaron todo su pensamiento y acción de caridad. Hijo de pastores y agricultores, tuvo la gracia de ser educado por sus padres profundamente cristianos; a los 23 años abandonó su nativa Tenerife y, después de 2 años, llegó a Guatemala, tierra que la Providencia había asignado para su apostolado misionero.

Apenas desembarcado en el Nuevo Mundo, una grave enfermedad lo puso en contacto directo con los más pobres y desheredados. Recuperada inesperadamente la salud, quiso consagrar su vida a Dios realizando los estudios eclesiásticos pero, al no poder hacerlo, profesó como terciario en el Convento de San Francisco, en la actual Antigua Guatemala, con un bien determinado programa de revivir la experiencia de Jesús de Nazaret en la humildad, la pobreza, la penitencia y el servicio a los pobres.

En un primer momento realizó su programa como custodio y sacristán de la Ermita del Santo Calvario, cercana al convento franciscano, que se convierte en el centro irradiador de su caridad. Visitó hospitales, cárceles, las casas de los pobres; los emigrantes sin trabajo, los adolescentes descarriados, sin instrucción y ya entregados a los vicios, para quienes logró realizar una primera fundación para acoger a los pequeños vagabundos blancos, mestizos y negros. Atendió la instrucción religiosa y civil con criterios todavía hoy calificados como modernos.

Construyó un oratorio, una escuela, una enfermería, una posada para sacerdotes que se encontraban de paso por la ciudad y para estudiantes universitarios, necesitados de alojamiento seguro y económico. Recordando la pobreza de la primera posada de Jesús en la tierra, llamó a su obra «Belén».

Otros terciarios franciscanos lo imitaron, compartiendo con el hermano Pedro penitencia, oración y actividad caritativa: la vida comunitaria tomó forma cuando el hermano Pedro escribió un reglamento, que fue adoptado también por las mujeres que atendían a la educación de los niños; estaba surgiendo aquello que más tarde debería tener su desarrollo natural: la Orden de los Bethlemitas y de las Bethlemitas, aun cuando éstas sólo obtuvieron el reconocimiento de la Santa Sede más tarde.

El hermano Pedro se adelantó a los tiempos con métodos pedagógicos nuevos y estableció servicios sociales no imaginables en su época, como el hospital para convalecientes. Sus escritos espirituales son de una agudeza y profundidad inigualables.

Muere apenas a los 41 años el que en vida era llamado «Madre de Guatemala». A más de tres siglos de distancia, la memoria del «hombre que fue caridad» es sentida grandemente, viva y concreta, en su nativa Tenerife, en Guatemala y en todos los lugares donde se conoce su obra. El hermano Pedro fue beatificado solemnemente por Juan Pablo II el 22 de junio de 1980 y canonizado el 30 de julio de 2002, en un acontecimiento de incalculable valor pastoral y eclesial para Guatemala y para toda América.

viernes, 24 de abril de 2015

Milagros Eucaristicos 24-04-15

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, Saulo seguía echando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor. Fue a ver al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse presos a Jerusalén a todos los que seguían el nuevo camino, hombres y mujeres.
En el viaje, cerca ya de Damasco, de repente, una luz celeste lo envolvió con su resplandor. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía:
- «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?»
Preguntó él:
- «¿Quién eres, Señor?»
Respondió la voz:
- «Soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate, entra en la ciudad, y allí te dirán lo que tienes que hacer.»
Sus compañeros de viaje se quedaron mudos de estupor, porque oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía. Lo llevaron de la mano hasta Damasco. Allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber.
Había en Damasco un discípulo, que se llamaba Ananías. El Señor lo llamó en una visión:
- «Ananías.»
Respondió él:
- «Aquí estoy, Señor.»
El Señor le dijo:
- «Ve a la calle Mayor, a casa de Judas, y pregunta por un tal Saulo de Tarso. Está orando, y ha visto a un cierto Ananías que entra y le impone las manos para que recobre la vista.»
Ananías contestó:
- «Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus santos en Jerusalén. Además, trae autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre.»
El Señor le dijo:
- «Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para dar a conocer mi nombre a pueblos y reyes, y a los israelitas. Yo le enseñaré lo que tiene que sufrir por mi nombre.»
Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo:
- «Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y te llenes de Espíritu Santo.»
Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó, y lo bautizaron.
Comió, y le volvieron las fuerzas.
Se quedó unos días con los discípulos de Damasco, y luego se puso a predicar en las sinagogas, afirmando que Jesús es el Hijo de Dios.

En aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí:
- «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Entonces Jesús les dijo:
- «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»
Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.

Palabra del Señor.

SAN FIDEL DE SIGMARINGEN

San Fidel fue un capuchino alemán, nacido en Sigmaringa, pequeña ciudad de Suabia, a orillas del Danubio. Vivió entre 1577 y 1622, parte en Alemania, parte en Suiza. Para ambas naciones eran aquéllos unos tiempos movidos, inseguros y tormentosos. La Reforma protestante, que apareció en la primera mitad del siglo XVI, había echado raíces firmes y dividido inevitablemente a sus hombres y a sus pueblos. Había por doquier ambiente de lucha, de recelos, de incomodidad religiosa y política. Entre los dos sectores cristianos, el católico y el protestante, se dieron violencias lamentables, que dejaron en los ánimos prejuicios y antipatías seculares, en que, como siempre, llevaron las de perder los católicos. Sabemos bien que ninguno de los jefes de la mal llamada Reforma fue modelo de mansedumbre. Tal vez por sus propios remordimientos, y ciertamente por el orgullo que les dominó, sus ánimos se exacerbaron de manera que hasta inverosímiles nos parecen las referencias exactas que tenemos de sus desplantes, frases groseras y accesos de furor. Por su parte, las tropas católicas reprimieron a veces violentamente los avances del protestantismo con desmanes improcedentes. Todo esto trajo luchas y odios que estaban muy vivos cuando vino al mundo nuestro San Fidel de Sigmaringa.

 Estas luchas tuvieron una ventaja: perfilar más y más las ideas de los católicos, su responsabilidad y su conducta. Hubo desde el principio hogares que cerraron a cal y canto sus puertas a los vientos de la herejía y supieron mantener con dignidad y fortaleza los principios salvadores de la religión católica. Uno de estos hogares fue el de Juan Rey y Genoveva Rosemberger, los padres del Santo, que fundaron el suyo sólidamente en la verdad y el amor de Dios, y lo hicieron digno hasta de las evidentes resonancias españolas que tenía el apellido paterno.

 San Fidel, que en el bautismo recibió el nombre de Marcos, tiene en su haber el mérito incomparable del martirio. Ya es bastante para haber llegado a la gloria de los altares, porque el acto heroico de amor de Dios que supone el martirio hace santos en un momento a los que lo sufren. Pero San Fidel tiene, como la mayor parte de los mártires, además del mérito del martirio, el de una vida en todo conforme con tan alta vocación. Porque, al fin, el martirio es una gracia que Dios concede a quienes elige para morir por Él.

 San Fidel fue algo así como una obra maestra de Dios para aquellos tiempos y aquellas regiones. Tuvo el carácter del alemán clásico, íntegro en sus costumbres, serio, constante, inflexible, ingenuo. Los biógrafos nos lo presentan maduro desde los años de su juventud, alegre, muy inteligente y sin perder nunca los estribos. Sobre todo, fue siempre hombre de gran corazón lo que, andando el tiempo, fue, sin duda, factor importante para que los ideales y estilo de vida de la Orden franciscana le vinieran como anillo al dedo.

 Como era de familia noble, hizo sus estudios en la Academia Archiducal de Friburgo de Brisgovia, y los cursó tan brillantemente, que se decía que ni en la Academia ni en la ciudad había quien le igualase en talento. Salió de allí hecho un maestro en el manejo del latín, francés e italiano, y muy joven todavía consiguió el doctorado en ambos derechos.

 Terminados sus estudios, el barón de Stotzingen quiso que acompañara a un hijo suyo y a otros jóvenes en un viaje instructivo por Europa, porque pensaba que la presencia de Marcos Rey era la mejor seguridad para los padres de los muchachos. Nuestro joven aceptó el encargo, que fue, creemos, providencial, porque ese aireo por fuera al final de sus estudios le puso al corriente del estado de algunas naciones en sus forcejeos con el protestantismo y de las artes que éste se daba para ganar prosélitos. Sus compañeros de viaje nos han dicho del futuro mártir cosas tan interesantes como éstas: Que no deja un solo día sus prácticas piadosas, que disputaba con energía y pasmosa seguridad con los protestantes, que nunca le vieron airado y que ya entonces tenía por lema de su vida el estudio, la oración y la penitencia.

 A la vuelta del viaje abrió inmediatamente su despacho de abogado en Ensisheim (Alsacia). Mal asunto, porque la carrera de abogado es tradicionalmente peligrosa para los que hilan delgado y tienen escrupulosa conciencia. Entre los capuchinos es muy conocida una cuarteta humorística dedicada a San Fidel y que dice así:  

Santo es hoy quien fue abogado. ¡Obra del poder divino! Le costó ser capuchino y morir martirizado.

  Efectivamente. Comenzó la profesión con el optimismo fácil de la juventud y con la mejor buena voluntad del mundo. Pero en uno de los primeros pleitos que hubo de defender el abogado contrincante le propuso en secreto "un arreglo" ventajoso para los dos. Aquello bastó para que abandonara irrevocablemente la toga por razones que hoy llamaríamos de incompatibilidad temperamental. Alma tan clara y sincera no había nacido para componendas de ninguna clase.

 Hubo a renglón seguido una pequeña crisis en su espíritu, antes de tomar el camino de su verdadera vocación, porque ya entonces le salieron al paso voces facilitonas y doctorales que calificaron de cobardía el deseo de ir a “enterrar" en un convento los talentos superiores que poseía. Pero, al fin, Marcos Rey se decidió a meterse capuchino. Los capuchinos estaban entonces en alza. No llevaban todavía un siglo de existencia y eran ya famosos en casi toda Europa. Después de las primeras vicisitudes y no pequeñas contrariedades de la nueva rama del frondoso árbol franciscano, la austeridad inverosímil, la sencillez encantadora, el celo impetuoso y dulcísimo de los que Lacordaire llamó más tarde Ios Demóstenes del pueblo", acabaron por convencer a todos y propagarse como llama por el bosque. Cuando San Fidel se decidió a ingresar en esta Orden, estaba muy extendida por Alemania y Suiza y contaba con figuras excepcionales, como la de San Lorenzo de Brindis, entonces en el cenit de su carrera de predicador y diplomático, no menos que de hombre de Dios venerado por cuantos le conocían en toda Europa. El mismo San Fidel tenía un hermano capuchino, el padre Apolinar de Sigmaringa, músico, poeta y orador celebérrimo.

 Cuando tomó el hábito en Friburgo tenía treinta y cinco años y era ya sacerdote. Ambos acontecimientos, la ordenación sacerdotal que recibió por consejo del obispo de Constanza, y la toma de hábito, se realizaron en el otoño de 1612. Hizo su noviciado y su profesión, y pasó en seguida al seminario de Constanza para cursar la sagrada teología. Los propios profesores eclesiásticos que tuvo en aquellos primeros años de religioso aseguran que su austeridad, humildad y devoción eran extraordinarias, y que veían en él una superioridad interior, que resaltaba entre todos los de su convento.

 Apenas terminados los estudios de teología, se dedicó de lleno a la predicación, de la que esperaban grandes frutos cuantos le conocían. Recorrió gran parte de Suiza y Austria, y el sur de Alemania. En todas partes encontró la cizaña protestante haciendo estragos en el trigal evangélico. De su predicación nos dicen los biógrafos que era francamente elocuente, de buen sentido, concienzuda. San Fidel hablaba ordinariamente con suavidad y mansedumbre, bien preparado, con notable unción, haciéndose tan atractivo por estas cualidades, que hasta los herejes le oían con agrado. Tal vez fue este atractivo lo que no le perdonaron después los herejes al señalarle como víctima entre todos sus compañeros de misión. Pero no todo era suavidad en el padre Fidel. Frecuentemente le arrebataba el espíritu de Dios y entonces saltaba la valla de la humana prudencia, que le aconsejaba inútilmente la moderación. Más de una vez llegaron a sus oídos frases como ésta: "Padre, si quiere comer aquí buenas sopas modere su celo y deje rodar los acontecimientos". Es ésta exactamente la impresión que nos dan los sermones que se conservan del Santo. Aparece en ellos siempre el catequista oportuno, eficaz, documentado y piadoso. Pero también el orador inflamado, el lírico contagioso, el hombre de Dios que paladea en el púlpito las suavidades del dogma católico, el fustigador del vicio con frases afiladas como puñales, impresionantes hoy, cuando tan curados estamos de espantos.

 Alternó la predicación con el cargo de guardián de los conventos de Friburgo, Rheinfelden y Feldkirch. Presidiendo la comunidad de este último fue destinado a la misión de la Alta Rezia, en donde encontró el martirio.

 Era el año 1622. El archiduque de Austria Leopoldo, que había emprendido una cruzada contra la herejía, llevó sus armas victoriosas hasta el país de los grisones, en Suiza, y pidió al Papa que enviase allí misioneros. Suiza fue, como sabemos, una de las naciones que más directamente padecieron las consecuencias del protestantismo. La actividad reformadora comenzó en Zurich con Zwinglio, en 1519. Y lo malo fue que la actividad zwingliana se desarrolló tanto en el terreno político como en el religioso. Trabajaron también ardorosamente en Suiza Calvino y Ecolampadio. Al principio la Reforma tuvo poco éxito, pero ya en 1528 los católicos fueron excluidos del Consejo de la ciudad de San Gall. En algunos sitios, como Berna, la herejía fue introducida violentamente. Así, poco a poco, el país quedó totalmente dividido, de forma que en 1590 unas ciudades eran netamente católicas, como Lucerna, Zug y Friburgo, y otras, como Zurich, Berna y Ginebra, totalmente protestantes. También hubo regiones en las que ambas confesiones, la católica y la protestante, andaban mezcladas, y una de éstas fue la de los grisnnes. Las comarcas que abrazaron el protestantismo se unieron entre sí y con algunos extranjeros, mientras que los cantones católicos se agruparon en propia defensa y se aliaron con Austria. De esta manera se originaron las dos famosas guerras de Capel (1529-1531), que terminaron con la victoria de los católicos y la muerte trágica de Zwinglio.

 Desde el concilio de Trento (1545-1563), que fue el gran muro que la Iglesia opuso al protestantismo, hubo en Suiza celosos promotores de la fe y de la verdadera reforma, entre los que destaca San Carlos Borromeo. Después trabajaron los jesuitas y su gran apóstol San Pedro Canisio. A ellos se debe la fundación de colegios en Lucerna, Friburg, Brig, Siders y otras ciudades. Al mismo tiempo que los jesuitas llegaron los capuchinos, que erigieron su primer convento en Altdorf, en 1579, y al que siguieron otros treinta en todas las comarcas de la Confederación.

 El llamamiento del archiduque Leopoldo tuvo eco en Roma, pues estaba recién fundada la Congregación de Propaganda Fide. El origen de esta Congregación, netamente misionera, se halla ya en una ordenación de Gregorio XIII, por la que encargó a cierto número de cardenales de la dirección de las Misiones de Oriente y decretó la impresión de catecismos en lenguas comunes. Pero no estaba sólidamente fundada. Ahora, en tiempos de Gregorio XV, había en Roma un gran predicador capuchino, el padre Jerónimo de Narni, con fama de santidad y a quien San Roberto Belarmino comparó con el propio San Pablo. Fue este capuchino el que concibió el pensamiento de extender la influencia de dicha Congregación y el que, por su cargo de predicador apostólico, influyó cerca del Papa, el cual, por la constitución apostólica Inscrutabili, de 22 de enero de 1622, fundó la Congregación de Propaganda Fide, que se ocupa desde entonces de todas las Misiones del mundo, reuniendo fondos para atenderlas económicamente, destinando los misioneros, nombrando prefectos, y conociendo y tratando todos los asuntos pertenecientes a la propagación de la fe en todas partes. Para los capuchinos es motivo de satisfacción saber que no sólo tuvieron buena parte en la fundación de la misma, sino que le dieron el primer mártir, como vamos a ver.

 Una de las primeras preocupaciones de esta Sagrada Congregación fue enviar misioneros a las regiones europeas más amenazadas por el protestantismo, por lo que la petición del archiduque se aceptó inmediatamente, enviando allá diez capuchinos y al frente de ellos al padre Fidel de Sigmaringa. La región de los grisones era conocida del padre Fidel, pues en alguna de sus correrías apostólicas habíala misionado y sabía por propia experiencia las grandes dificultades y los peligros que encerraba, por haber sido una de las regiones donde más lucha hubo entre católicos y protestantes. A la sazón, como sabemos, estaba dominada por los austríacos y expuesta a algún exceso de las tropas. Aceptó la invitación del Papa con la naturalidad con que los buenos apóstoles aceptan las peores consecuencias de su misión, pero sabiendo bien adonde iba. Por eso quiso despedirse de los suyos en una solemne función religiosa en la iglesia del convento de Feldkirch, y en el sermón que predicó dijo claramente que se marchaba a predicar a los herejes y que no volvería vivo. "Sé que voy a morir asesinado", dijo entre otras cosas, y partió. Era el 14 de abril, y fue martirizado diez días después, lo cual confirma que sus temores no eran infundados y que no habló a humo de pajas.

 Al llegar a la misión encontróla profundamente turbada. Por todas partes había facciones, insidias, reuniones secretas. Con tacto exquisito trató de insinuarse en las almas y devolver la serenidad a todos, para comenzar su obra de apostolado, pero se temía por momentos un tumulto fatal. En vista de ello, y no esperando cosa buena, lo primero que hizo fue prepararse para lo que Dios quisiera y vivir con la mayor pureza de conciencia posible. Escribiendo uno de esos días al abad de San Gall, gran amigo suyo y su primer biógrafo, firmó la carta así: "Fr. Fidel, que pronto será pasto de gusanos".

 Para el día 24 de abril fue invitado por unos herejes de Seewis, que, al parecer, querían oír la palabra de Dios de labios del famoso misionero. Era domingo. Muy temprano celebró la santa misa, después de confesarse, y partió desde Grusch a Seewis, acompañado del archiduque, del capitán Fels y una escolta de soldados. Se encontraron la iglesia completamente llena, pues los herejes, que tenían sus planes bien trazados, habían tomado todas las posiciones. El misionero subió al púlpito con ciertas esperanzas de hacer algún fruto, pero, apenas subido, palideció repentinamente. Había en el púlpito un papel que decía: "Hoy predicarás, pero será la última vez". Reaccionó valientemente y comenzó el sermón. En el transcurso del mismo, en tres o cuatro ocasiones, le pareció advertir amagos de tumulto, pero fue al final cuando los enemigos irrumpieron en el templo, después de matar a los soldados de la puerta, armados de espadas, bombardas, mazas y palos. Sonó en seguida un tiro y la bala fue a dar en la pared, muy cerca del predicador. Este descendió del púlpito y se postró ante el altar de la Virgen, encomendándole su suerte. Algunos amigos le impelieron a salir rápidamente por la puerta de la sacristía, pero apenas había andado unos trescientos pasos, ya fuera de la población, le alcanzaron los herejes, que le rodearon como lobos y le instaron a que se entregara. "No me entrego", respondió enérgicamente. "Pues te mataremos", le replicaron. Podéis hacerlo, pues estoy en las manos de Dios y las de su Santa Madre", dijo el mártir. Y añadió; "Pero mirad bien lo que vais a hacer, no sea que tengáis que arrepentiros algún día". Un golpe tremendo de espada en la cabeza lo derribó, quedando, de rodillas. "Jesús, María, valedme", exclamó. Y no pudo decir más, porque, arrojándose en tumulto todos sobre él, le atravesaron el costado con espadas y le destrozaron el cráneo a golpes de mazas y palos. Quedó envuelto en un charco de sangre en medio del campo e insepulto cerca de veinticuatro horas. Eran las once de la mañana del 24 de abril de 1622.

 Su sepulcro está en la catedral de Coira y su cráneo se conserva en el convento de Feldkirch, su antigua guardianía. Dios quiso glorificar su memoria desde un principio, pues sus reliquias fueron un semillero de milagros. Lo cual movió a los papas a su definitiva exaltación en la tierra. Benedicto XIII le beatificó el 21 de marzo de 1729, y Benedicto XIV le canonizó, juntamente con San José de Leonisa, otro gran apóstol capuchino, el 26 de junio de 1746.

jueves, 23 de abril de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, el ángel del Señor le dijo a Felipe:
- «Ponte en camino hacia el Sur, por la carretera de Jerusalén a Gaza, que cruza el desierto.»
Se puso en camino y, de pronto, vio venir a un etíope; era un eunuco, ministro de Candaces, reina de Etiopía e intendente del tesoro, que había ido en peregrinación a Jerusalén. Iba de vuelta, sentado en su carroza, leyendo el profeta Isaías.
El Espíritu dijo a Felipe:
-«Acércate y pégate a la carroza.»
Felipe se acercó corriendo, le oyó leer el profeta Isaías, y le preguntó:
- «¿Entiendes lo que estás leyendo?»
Contestó:
- «¿Y cómo voy a entenderlo, si nadie me guía?»
Invitó a Felipe a subir y a sentarse con él. El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era éste?
«Como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin justicia se lo llevaron, ¿quién meditó en su destino? Lo arrancaron de los vivos.»
El eunuco le preguntó a Felipe:
- «Por favor, ¿de quién dice esto el profeta?; ¿de él mismo o de otro?»
Felipe se puso a hablarle. Y, tomando pie de este pasaje, le nuncio el Evangelio de Jesús. En el viaje llegaron a un sitio donde había agua, y dijo el eunuco:
- «Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?»
Mandó parar la carroza, bajaron los dos al agua, y Felipe lo bautizó. Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco no volvió a verlo, y siguió su viaje lleno de alegría.
Felipe fue a parar a Azoto y fue evangelizando los poblados hasta que llegó a Cesárea.

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
- «Nadie puede venir a mi, si no lo atrae el Padre que me ha enviado.
Y yo lo resucitaré el último día.
Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios.”
Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí.
No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre.
Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna.
Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.
Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

Palabra del Señor.

SAN JORGE – MARTIR

Los santos jóvenes —los de nuestro siglo— difícilmente podrían venir al mundo de incógnito. Sus fotografías, el rostro de los santos, corren de mano en mano y nunca faltan más o menos retocadas en la cubierta de sus vidas. Cosa que no pasa con los santos veteranos. San Jorge, por ejemplo, podría pasearse tranquilamente a pie o a caballo, y hasta pasar a nuestro lado con cara de labriego holandés, viajante florentino o distinguido militar, sin que lográramos identificarle.

En los archivos de los historiadores —esos pobres hombres que se pasan la vida masticando polvo de biblioteca— la ficha de San Jorge casi está en blanco. Los más sabihondos sólo han puesto, y a lápiz, estas palabras: "Mártir en Oriente a principios del siglo IV". No es de extrañar. Nosotros apuntamos en un papel el día y la hora de visita al dentista, la dirección del notario, pero ningún novio, para no olvidarse, apunta en su agenda el día de su boda, ni ninguna madre escribe en una libreta el día del cumpleaños de su hijo. Las fiestas grandes se recuerdan fácilmente. Y los grandes santos —a San Jorge le llaman en Oriente "el Gran Mártir"— no han tenido necesidad de huellas dactilares ni de partida de nacimiento, legalizada y todo, para sobrevivir al tiempo. Estad seguros: la vida de San Jorge no la hallará nunca nadie en los mamotretos sin color, calor ni vida de los beneméritos historiadores.

Todos los caminos van a Roma, decimos frecuentemente. Y es verdad. Pero tened cuidado y mirad qué camino escogéis para seguir la vida de San Jorge. ¿A que viene enterarse que en Lydda hubo un templo dedicado al Santo, que una inscripción del siglo VI nos habla de sus reliquias, que su fama era inmensa en Oriente, que los reyes merovingios, al establecer su árbol genealógico, se creyeron descendientes de un hijo de San Jorge, que en Regensburg tenía una capilla dedicada desde la época de la ocupación romana, que Ricardo Corazón de León le nombró patrono de los cruzados y que éstos extendieron su culto por Occidente?

Encontré hace años una pista de la vida de San Jorge. Desde entonces el 23 de abril vuelvo a reseguirla cada año. Y cada año, al atardecer, vuelvo a casa contento.

Día 23 de abril. Barcelona. Son las cinco de la tarde. Estamos en la Plaza Nueva. Aquí, junto a la catedral, empieza nuestro itinerario. Es corto. Pavimento enlosado y afortunadamente sin vehículos. Muchas personas siguen el mismo camino. Voces atipladas de niños dialogan alegres con sus madres. Setenta pasos bordeando la catedral y una calle estrecha, pacífica, serena. Una fila larguísima avanza pausadamente, sonrientemente. Aquí, en esta calle —la calle del Obispo—, camino de la Diputación, donde se venera la reliquia del Santo, es fácil recordar, vivir la Historia. La cuentan las madres a los niños. Y las madres nunca engañan.

"San Jorge nació lejos, muy lejos, cerca de la tierra de Nuestro Señor. Su padre era un labrador muy rico, con muchos criados y muchas tierras. Su madre era muy buena. El pequeño Jorge siempre hacía lo que le mandaban y traía siempre buenas notas. Cuando mayorcito, el pobre se quedó sin padre y sin madre. Tenía veinte años. Y le hicieron capitán. Sabía mucho de guerra y siempre le condecoraban. Era el capitán más joven y más guapo. El emperador le quería mucho. Pero el emperador era malo. Y un día mandó matar a todos los cristianos del mundo. El no sabía que San Jorge lo era, aunque todos notaban en él algo especial. Jorge, el capitán Jorge, no pudo aguantar aquello. Se puso las mejores ropas, entregó sus bienes a los pobres y fue y le dijo al emperador unas cuantas cosas delante de todos los ministros del Imperio. El pobre emperador —se llamaba Diocleciano— no supo qué contestar. Pero montó en cólera y gritó: "Ahora sabrás lo que es bueno". Le metió en la cárcel y empezaron a azotarle como a Nuestro Señor. San Jorge se acordó de Jesús y ni abrió la boca. Se cansaron los verdugos de azotarle. Y él nada, seguía sin gritar y sin llorar. Todos los de la cárcel decían: “Es un valiente. Vale la pena ser cristiano". Corrieron a decírselo al emperador. Entonces..."

(La calle está jalonada de trecho en trecho por mozos de escuadra. Altos; pantalón, chaleco, chaquetilla corta azul turqui con trencilla blanca y vivos grana, alpargatas blancas con cintas azules, chistera con un ala levantada y sujeta por una escarapela con un escudo, tienen un aire marcial distinguido y una sonrisa familiar que no aleja. No usan armas; hoy encajarían mal en esta calle con rosas de San Jorge, que el prelado ha bendecido por la mañana, en todas las solapas. Los mozos de escuadra (un capitán, un teniente, cuarenta mozos), al hablar de San Jorge, de su San Jorge, muestran satisfactoriamente que su Patrón fue un valiente.)

"Entonces vino un nuevo tormento: le enterraron en un hoyo que estaba lleno de cal viva. Sus últimas palabras fueron: "Dios mío, escucha mi oración; haz que te ame siempre y envía un ángel que me libre ahora, como un día lo hiciste con los tres jóvenes que un rey malo metió en un horno de fuego. Le enterraron mientras hacía la señal de la cruz. Nuestro Señor siempre escucha cuando se le reza. A los tres días el emperador se enteró de que el capitán Jorge vivía y seguía amando a su Dios.

Y más tormentos: le pusieron unas sandalias ardiendo al rojo vivo, le dieron veneno... El siempre rezaba y el Señor siempre le escuchaba.

Otro día le metieron en un templo de los dioses falsos. Entrar San Jorge y venirse al suelo las imágenes de los dioses fue una misma cosa. El Señor estaba con él. Finalmente, le cortaron la cabeza. Tenía ganas de estar con Jesús."

(Poco a poco hemos ido subiendo. En el patio, quince naranjos que le dan nombre contrastan con los animales feroces de las gárgolas. Un surtidor brota encima de una imagen de San Jorge a caballo. La melodía del órgano, cada vez más próxima, prepara el ánimo para la adoración de la reliquia del Santo. Dos seminaristas la dan a besar. Los fieles al venerarla —una reliquia que donó a la Diputación el embajador de Felipe II en Alemania—, oyen las palabras: "San Jorge, rogad por nosotros”. En el altar una imagen de San Jorge, armadura articulada, oro, plata, cara policromada, recuerda lo de siempre: la vida del hombre sobre la tierra es milicia, es lucha.)

La leyenda es la historia de los iletrados. Símbolo siempre y lección constante. La de San Jorge es el mensaje luminoso y siempre actual mensaje que los cruzados sacaron de la imagen del Santo, tan venerada en Oriente. El Santo a caballo mata un dragón y salva a una doncella. Desde entonces cuentan que había un dragón que desolaba una ciudad. Vivía junto a un lago. Su aliento era mortal. Para mantenerle alejado de la ciudad le llevaban todos los días primeros reses y luego personas. Un día le tocó a la hija del rey. Mal día para el rey. Mejor, buen día para todos. Porque, sin saber cómo, de pronto se presentó un guerrero y en el nombre del Señor Jesús mató el dragón. La ciudad respiró y desde entonces empezó para ellos una nueva vida. La doctrina de Jesús que les enseñó San Jorge les hizo libres.

¿Leyenda? ¿Parábola? Mensaje de ayer, mensaje de siempre.

(En este momento —son las seis— el carillón de la Diputación lanza su melodía. En el patio treinta y seis puestos de flores —los que por la mañana han concurrido al concurso de la flor de San Jorge— siguen ofreciendo rosas. Es imposible pasar de largo. Una rosa de San Jorge recuerda a los que deben dar testimonio —todos— la vida de un mártir, de un testigo de Cristo. Un mártir que es patrono.)

¿Por que, si no, las madres cuentan a sus hijos la vida de San Jorge?

miércoles, 22 de abril de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


Aquel día, se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén; todos, menos los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaria.
Unos hombres piadosos enterraron a Esteban e hicieron gran duelo por él.
Saulo se ensañaba con la Iglesia; penetraba en las casas y arrastraba a la cárcel a hombres y mujeres.
Al ir de un lugar para otro, los prófugos iban difundiendo el Evangelio. Felipe bajó a la ciudad de Samaria y predicaba allí a Cristo. El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
- «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis.
Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.
Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día.
Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.»

Palabra del Señor.

BEATO FRANCISCO DE FABRIANO

«Primer fundador de bibliotecas de la orden franciscana. Impulsor de la creación de un convento, bienhechor de los menesterosos. Sentía especial devoción por la Pasión de Cristo que le afligía profundamente arrancando sus lágrimas»

Nació en Fabriano, Ancona, Italia, en febrero de 1251. Era hijo de Compagno Venimbeni, médico, y de Margarita di Federico. Ésta debió haber prometido mediante voto que si tenía un hijo acudiría a Asís en peregrinación. Y cuando éste tuvo edad de viajar lo llevó consigo. En este recorrido sucedió un hecho significativo para el futuro del pequeño. Tuvieron un encuentro con Angelo Tancredi, uno de los discípulos de san Francisco, quien mirando a los ojos del niño, vaticinó: «Tú serás uno de los nuestros». Fue un hecho que el mismo beato narró en su Cronica Fabrianensis redactada en 1319.

Impresionada Margarita por estas palabras, se ocupó de recordar con frecuencia a su hijo que tendría que consagrarse y vincularse a la Orden franciscana, idea con la que creció. Profesionalmente, el joven Francisco no quiso seguir los pasos de su padre, y en lugar de cursar medicina eligió la carrera de filosofía. Entre todos los pensadores de la época sintió predilección por san Buenaventura al que admiraba. En 1267, a los 16 años, ingresó en la Orden de los Hermanos Menores. Mientras hacía el noviciado se le concedió acudir a la Porciúncula, donde se hallaba uno de los primeros seguidores de san Francisco: fray León, que vivió hasta 1271. Él, fray Angelo Tancredi y fray Rufino fueron artífices de la Leyenda de los tres compañeros, una de las fuentes capitales para conocer lo que aconteció en torno a la vida del Poverello. Los textos van precedidos de una carta dirigida al ministro general de la Orden, Crescentius de Aesio, fechada en Greccio el 11 de agosto de 1246, que acompaña a las anotaciones tomadas por estos tres discípulos y testigos de los pasos de Francisco. Es decir, que ellos no fueron los autores de la obra, pero dieron las claves para conocer la vida de san Francisco.

Una vez que san Buenaventura redactó la Leyenda mayor, reconocida por el capítulo general de París en 1266 (antes había sido aprobada por el capítulo general celebrado en Pisa en 1263), los restantes relatos quedaron fuera de la circulación. Pero indudablemente conocer de primera mano el devenir del fundador, nada menos que a través de fray León, fascinó al beato de Fabriano. Incluso tuvo la fortuna de haber leído los escritos de este fiel seguidor del Seráfico padre, y así lo consignó en la Cronica. «He aquí que yo, fray Francisco de Fabriano, hermano menor inútil e indigno, hago constar en este escrito que he leído y he visto autentificado con el sello del señor obispo de Asís el documento de indulgencia de la Porciúncula… y esto me lo testimonió fray León, uno de los compañeros de san Francisco, hombre de vida probada, al que conocí el año que vine [al convento] y fray León narró haber escuchado de la labios de san Francisco cómo la obtuvo [la indulgencia] de nuestro señor y papa Honorio III».

En 1268 Fabriano culminaba su noviciado en el convento de porta Cervara, y justo ese año falleció el padre Raniero, que había sido rector de Santa María di Civita y con el que san Francisco se confesó en algunas ocasiones. También a él le vaticinó, pero en este caso lo hizo el mismo Poverello, que un día sería franciscano, como así sucedió. Francisco de Fabriano impulsó la construcción de un nuevo convento en su localidad natal. Al poder adquirir el terreno por una cantidad razonable, juzgó que era un milagro de su fundador que en uno de sus viajes a la localidad había predicho a María, esposa de Alberico, que un día los frailes se establecerían en el lugar. De este convento el beato Francisco fue nombrado superior en 1316, y posteriormente desde 1318 a 1321. En ese periodo, a propósito de la celebración del segundo capítulo provincial, solicitó la generosa ayuda de los ciudadanos para atender a todos los hermanos que participaban en él y que provenían de todas las Marcas, obteniendo su inmediata respuesta. Como buen franciscano no tenía nada propio. El dinero que le legó su padre lo invirtió en construir una valiosa biblioteca en la que custodió importantes manuscritos. De ahí que se le considerase el «primer fundador de bibliotecas» de la Orden franciscana.

De su generosidad sabían bien los menesterosos, a los que ayudaba preparándoles la comida y distribuyéndola en la puerta del convento. Vestía una áspera túnica y se infligía duras mortificaciones, apenas descansaba, y lo poco que dormía lo hacía encima de un duro jergón. Pasaba las horas prácticamente en oración, meditando en los misterios de la Pasión de Cristo, por los que sentía especial devoción y que le arrancaban amargas lágrimas. Una gran parte de su tiempo transcurría en el confesionario y en la predicación, pero también atendía a los enfermos y les ayudaba a prepararse para un bien morir.

Fue particularmente devoto de las almas del purgatorio, por las que oraba y ofrecía sus penitencias. Al respecto se cuenta que, en una ocasión, mientras oficiaba la misa por ellas, como solía hacer con frecuencia, auque la iglesia estaba casi vacía se escucharon muchas voces que alegremente respondían «Amén» a las oraciones de la antigua liturgia de la misa de difuntos; se cree que provenían de ellas. En todo caso, cuando celebraba la misa siempre se podía apreciar el recogimiento y fervor que acompañaba al beato. Llevaba cuarenta y cinco años en la vida religiosa admirablemente sellados por su virtud cuando le fue vaticinado el día de su deceso, que se produjo el 22 de abril de 1322. Pío VI aprobó su culto el 1 de abril de 1775.

martes, 21 de abril de 2015

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, Esteban decía al pueblo, a los ancianos y a los escribas;
-«¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Siempre resistís al Espíritu Santo, lo mismo que vuestros padres. ¿Hubo un profeta que vuestros padres no persiguieran? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del justo, y ahora vosotros lo habéis traicionado y asesinado; recibisteis la Ley por mediación de ángeles, y no la habéis observado.»
Oyendo estas palabras, se recomían por dentro y rechinaban los dientes de rabia. Esteban, lleno de Espíritu
Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo:
-«Veo el cielo abierto y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios.»
Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos, dejando sus capas a los pies de un joven llamado Saulo, se pusieron también a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación:
- «Señor Jesús, recibe mi espíritu.»
Luego, cayendo de rodillas, lanzó un grito:
- «Señor, no les tengas en cuenta este pecado.»
Y, con estas palabras, expiró. Saulo aprobaba la ejecución.

En aquel tiempo, dijo la gente a Jesús:
- «¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Les dio a comer pan del cielo.”»
Jesús les replicó:
- «Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.»
Entonces le dijeron:
- «Señor, danos siempre de este pan.»
Jesús les contestó:
- «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.»

Palabra del Señor.