sábado, 28 de marzo de 2015
Lecturas
Así dice el Señor:
«Yo voy a recoger a los israelitas por las naciones adonde marcharon, voy a congregarlos de todas partes y los voy a repatriar.
Los haré un solo pueblo en su país, en los montes de Israel, y un solo rey reinará sobre todos ellos.
No volverán a ser dos naciones ni a desmembrarse en dos monarquías.
No volverán a contaminarse con sus ídolos y fetiches y con todos sus crímenes.
Los libraré de sus pecados y prevaricaciones, los purificaré: ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios.
Mi siervo David será su rey, el único pastor de todos ellos.
Caminarán según mis mandatos y cumplirán mis preceptos, poniéndolos por obra.
Habitarán en la tierra que le di a mi siervo Jacob, en la que habitaron vuestros padres; allí vivirán para siempre, ellos y sus hijos y sus nietos; y mi siervo David será su príncipe para siempre.
Haré con ellos una afianza de paz, afianza eterna pactaré con ellos.
Los estableceré, los multiplicaré y pondré entre ellos mi santuario para siempre; tendré mi morada junto a ellos, yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.
Y sabrán las naciones que yo soy el Señor que consagra a Israel, cuando esté entre ellos mi santuario para siempre.»
En aquél tiempo, muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en el.
Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.
Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron:
- «¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación.»
Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo:
- «Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera.»
Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos.
Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente con los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos.
Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban:
- «¿Qué os parece? ¿No vendrá a la fiesta?»
Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo.
Palabra del Señor.
San Proterio de Alejandría
Mesopotamia era dualista, nestoriana; Egipto era unitario, monofisita. El Nilo era un elemento de unidad, una cadena, un lazo; al otro lado, el Eufrates y el Tigris dividían la inmensa llanura. Aun hoy el Nilo es monofisita; el Eufrates y el Tigris son nestorianos. El error asiático había sido destruido en Éfeso por un egipcio; el error egipcio había sido aniquilado en Calcedonia por los doctores asiáticos. Pero una vez más Alejandría protestaba contra Constantinopla. Mientras Dióscoro, el vencido de Calcedonia, caminaba al desierto, el fermento unitario, amasado en las aguas del río sagrado, hervía en los egipcios rebeldes. Hervía, sobre todo, entre las legiones de monjes que vivían cerca de Menfis y de Tebas, en los desiertos de la Libia y en las cercanías del mar Rojo, que, como decía Eteria, no es rojo ni es mar.
En estas circunstancias sube Proterio a ocupar la sede patriarcal de Alejandría. Es un hombre ecuánime, ama la paz, se esfuerza por tranquilizar aquella iglesia, agitada por tantos vendavales de ambiciones y codicias desde hacía medio siglo; San León aprueba su fe, y en Bizancio admiran su virtud. Pero él no es unitario: predica, defiende e impone la doctrina de las dos naturalezas, con disgusto de los enemigos de Calcedonia, con rabiosa protesta de los solitarios. Los discípulos de San Antonio se habían convertido en un peligro para la Iglesia y para el Imperio. Seguían ayunando semanas enteras y rezando noches enteras, pero eran fanáticos, soberbios, agitadores, y muchos de ellos ignorantes. De cuando en cuando aparecían en Alejandría con sus barbas revueltas, con sus rostros demacrados, con sus túnicas rotas, con sus gruesos bastones, provocando alborotos y haciendo temblar a los gobernadores.
Ahora, en las lauras y en los monasterios, sucedía un fenómeno extraño. Todas las noches, cuando los monjes estaban en sus oraciones, un día en las afueras de Alejandría, otro en el fondo de Scete, aparecía una figura vestida de negro, con el capuchón hundido sobre la frente, que, sirviéndose de una cana vacía, o lanzando agudos gritos, que parecían maullidos de gato, decía a los solitarios, llamando a cada uno por su nombre: «Despojad a ese maldito, arrojad a Proterio de su sede, elegid a Timoteo el asceta. Soy un ángel de Dios que vengo a traeros el mandato divino.» Una maravilla más, unida a las muchas que contaban las vidas de los antiguos anacoretas. Los monjes dieron gracias a Dios de que se dignaba manifestarles su santa voluntad, y se presentaron tumultuosamente en la celda del asceta Timoteo, intimándole las órdenes del Cielo. Resistióse él, como convenía a un hombre que hacía profesión de humildad; pero acabó por ceder en bien de la paz. Observaron entonces que el ángel del Señor que hacía aquellas excursiones nocturnas por los desiertos, se parecía como un huevo a otro al asceta Timoteo. Nada tiene de particular, pensaban algunos, que el espíritu celeste, debiendo tratar con los hombres, hubiera tomado la forma de aquel santo varón; pero otros, menos crédulos, soltaron la carcajada al constatar el caso, y empezaron a dar al asceta el sobrenombre de Ailuro, que quiere decir «Timoteo el Gato». En realidad, decían, no es el ángel quien ha tomado la forma del asceta, sino el asceta quien ha tomado la forma del ángel.
El hecho es que Timoteo, resignándose a la voluntad divina, dejó su celda y se dirigió camino de Alejandría, escoltado por el ejército de sus raptores. En los arrabales agregó a su escolta una tropa de sediciosos, gente maleante, armadores del puerto, remeros y cargadores, los parabolanos que tan fielmente habían servido a Dióscoro en el latrocinio de Éfeso, y entre los aullidos de estos hombres, unos cargados de vino y otros que no habían bebido vino en toda su vida, penetró triunfalmente en la ciudad, se hizo consagrar por dos obispos excomulgados, y, poniéndose luego al frente de sus tropas, salió en busca del patriarca anatematizado por la voz nocturna que bajando del Cielo había atravesado las soledades egipcias. Proterio estaba en la basílica rezando e instruyendo a sus catecúmenos. La entrada de aquellos forajidos, que venían blandiendo espadas y bastones, le asustó al principio. Buscó un refugio en el baptisterio, pero hasta allí le siguieron los asaltantes. Viendo inútil todo intento de fuga, cayó de rodillas, ofreciendo su vida por la integridad de la fe. Su cuerpo fue arrastrado por las calles, ultrajado, abrasado. El Gato arañaba, y siguió arañando y mordiendo, hasta que un concilio le declaró hereje, ambicioso, homicida y alborotador, y un piquete de pretorianos le llevó esposado al Quersoneso.
En estas circunstancias sube Proterio a ocupar la sede patriarcal de Alejandría. Es un hombre ecuánime, ama la paz, se esfuerza por tranquilizar aquella iglesia, agitada por tantos vendavales de ambiciones y codicias desde hacía medio siglo; San León aprueba su fe, y en Bizancio admiran su virtud. Pero él no es unitario: predica, defiende e impone la doctrina de las dos naturalezas, con disgusto de los enemigos de Calcedonia, con rabiosa protesta de los solitarios. Los discípulos de San Antonio se habían convertido en un peligro para la Iglesia y para el Imperio. Seguían ayunando semanas enteras y rezando noches enteras, pero eran fanáticos, soberbios, agitadores, y muchos de ellos ignorantes. De cuando en cuando aparecían en Alejandría con sus barbas revueltas, con sus rostros demacrados, con sus túnicas rotas, con sus gruesos bastones, provocando alborotos y haciendo temblar a los gobernadores.
Ahora, en las lauras y en los monasterios, sucedía un fenómeno extraño. Todas las noches, cuando los monjes estaban en sus oraciones, un día en las afueras de Alejandría, otro en el fondo de Scete, aparecía una figura vestida de negro, con el capuchón hundido sobre la frente, que, sirviéndose de una cana vacía, o lanzando agudos gritos, que parecían maullidos de gato, decía a los solitarios, llamando a cada uno por su nombre: «Despojad a ese maldito, arrojad a Proterio de su sede, elegid a Timoteo el asceta. Soy un ángel de Dios que vengo a traeros el mandato divino.» Una maravilla más, unida a las muchas que contaban las vidas de los antiguos anacoretas. Los monjes dieron gracias a Dios de que se dignaba manifestarles su santa voluntad, y se presentaron tumultuosamente en la celda del asceta Timoteo, intimándole las órdenes del Cielo. Resistióse él, como convenía a un hombre que hacía profesión de humildad; pero acabó por ceder en bien de la paz. Observaron entonces que el ángel del Señor que hacía aquellas excursiones nocturnas por los desiertos, se parecía como un huevo a otro al asceta Timoteo. Nada tiene de particular, pensaban algunos, que el espíritu celeste, debiendo tratar con los hombres, hubiera tomado la forma de aquel santo varón; pero otros, menos crédulos, soltaron la carcajada al constatar el caso, y empezaron a dar al asceta el sobrenombre de Ailuro, que quiere decir «Timoteo el Gato». En realidad, decían, no es el ángel quien ha tomado la forma del asceta, sino el asceta quien ha tomado la forma del ángel.
El hecho es que Timoteo, resignándose a la voluntad divina, dejó su celda y se dirigió camino de Alejandría, escoltado por el ejército de sus raptores. En los arrabales agregó a su escolta una tropa de sediciosos, gente maleante, armadores del puerto, remeros y cargadores, los parabolanos que tan fielmente habían servido a Dióscoro en el latrocinio de Éfeso, y entre los aullidos de estos hombres, unos cargados de vino y otros que no habían bebido vino en toda su vida, penetró triunfalmente en la ciudad, se hizo consagrar por dos obispos excomulgados, y, poniéndose luego al frente de sus tropas, salió en busca del patriarca anatematizado por la voz nocturna que bajando del Cielo había atravesado las soledades egipcias. Proterio estaba en la basílica rezando e instruyendo a sus catecúmenos. La entrada de aquellos forajidos, que venían blandiendo espadas y bastones, le asustó al principio. Buscó un refugio en el baptisterio, pero hasta allí le siguieron los asaltantes. Viendo inútil todo intento de fuga, cayó de rodillas, ofreciendo su vida por la integridad de la fe. Su cuerpo fue arrastrado por las calles, ultrajado, abrasado. El Gato arañaba, y siguió arañando y mordiendo, hasta que un concilio le declaró hereje, ambicioso, homicida y alborotador, y un piquete de pretorianos le llevó esposado al Quersoneso.
viernes, 27 de marzo de 2015
Lecturas
Oía el cuchicheo de la gente: «Pavor en torno; delatadlo, vamos a delatarlo.» Mis amigos acechaban mi traspié: «A ver si se deja seducir, y lo abatiremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él.»
Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará.
Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa.
Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos.
En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús.
Él les replicó:
- «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?»
Los judíos le contestaron:
- «No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios.»
Jesús les replicó:
- «¿No está escrito en vuestra ley: “Yo, os digo: Sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y no puede fallar la Escritura), a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros que blasfema porque dice que es hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.»
Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían:
- «Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de éste era verdad.»
Y muchos creyeron en él allí.
Palabra del Señor.
San Juan – Eremita
Nació en Licópolis, hoy Asiut, en los comienzos del siglo IV y pasó la mayor parte de su vida en la Tebaida, dedicado a la oración y a la penitencia. Parece ser que nació en el seno de una familia pobre y que tuvo en la juventud la profesión de carpintero.
Muy joven marcha a buscar la soledad del desierto; se pone bajo el amparo de santo monje que le orienta en las difíciles sendas de la imitación de Jesucristo, siguiéndole en la soledad. El maestro pone a prueba su disposición mandándole, de modo insólito, que riegue una rama de árbol seca y podrida que ha plantado en la tierra. El joven aprendiz de anacoreta no se complica la vida con disquisiciones por muy razonadas que parezcan; va y viene dos veces al día a por el agua escasa que tiene a distancia y moja y riega su pobre leño. No sabemos cuál fue el resultado de su prueba, pero a él -entonces inexperto- le sirvió para mortificarse y enraizar la obediencia.
Come hierbas y raíces; bebe agua abundante; es de poco dormir, hace mucha oración y extremada penitencia. Las pocas gentes que conoce lo ven lleno de buen humor, servicial, parco en las palabras, acertado en las sentencias que salen de su boca siempre dispuesta a enseñar a Cristo; lo describen barbudo con figura alargada y seca. No daba para otra apariencia aquella vida de ayuno con sol y aire abundante.
Con el paso del tiempo, se aproxima a él gente más apartada. Al correrse las voces sobre la santidad de Juan, el solitario anacoreta, vienen desde lejos a rezar y aprender cosas de Dios. Algunos consultan problemas personales, mientras que otros buscan arreglos de asuntos enconados y con poca solución entre clanes y familias. Algún militar se acerca a exponer sus temores ante los bárbaros que se acercan. Profetiza victorias que se cumplen. Hasta en mismo emperador Teodosio manda embajada de consultas sobre acciones políticas y militares que está a punto de comenzar y requieren prudencia. Nunca permite que una mujer mire ni se acerque a su celda.
En la pobreza del desierto, aunque no dispone de espacio digno donde recibir visitas ilustres, van a verle también monjes como Evagrio del Ponto y su discípulo Paladio del monasterio que está en el desierto de Nitria; en esa ocasión, profetiza a Paladio su futura elección de obispo y las cruces que va a llevar anejas. ¡Y uno de sus visitantes es también Alipio, gobernador de Tebaida!
Juan vivió hasta el año 394, habiendo pasado 75 en el desierto.
Que se sepa, Juan no escribió cosa alguna. Pero quienes le conocieron quedaron tan impresionados de su vida y tan vivamente conmovidos por sus palabras que sí aumentaron su fama. Dicen de él que le oyeron hablar de algún solitario que conoció un fantasma de mujer que le llevó al abandono del desierto -la imaginación descontrolada siempre fue mala consejera-; comentan que hablaba de otros que se dejaron seducir por la sensualidad, se enterraron en la impureza, y arruinaron la vida de entrega en el desierto; y también narran que hablaba de otros a los que el buen Dios les concedió la vuelta por el arrepentimiento. Quizá los testigos y biógrafos querían contar con esto que su larga vida en años fue también larga en experiencia.
La escena del fresco que está en el camposanto de Pisa, pintada por el sienés Pietro Lorenzetti, mostrando a una mujer de extraña hermosura que clava su glacial mirada en el monje barbudo que aprieta su mano, bien pudiera ser un eco artístico de las tentaciones que, como cualquier mortal, hubieron de superar los ermitaños; así, abajados del pedestal de gloria que envuelve sus repetidas historias de santidad, nos los aproxima a la cotidiana vulgaridad de los pecadores mostrándonos el camino tan frecuentado del arrepentimiento.
Muy joven marcha a buscar la soledad del desierto; se pone bajo el amparo de santo monje que le orienta en las difíciles sendas de la imitación de Jesucristo, siguiéndole en la soledad. El maestro pone a prueba su disposición mandándole, de modo insólito, que riegue una rama de árbol seca y podrida que ha plantado en la tierra. El joven aprendiz de anacoreta no se complica la vida con disquisiciones por muy razonadas que parezcan; va y viene dos veces al día a por el agua escasa que tiene a distancia y moja y riega su pobre leño. No sabemos cuál fue el resultado de su prueba, pero a él -entonces inexperto- le sirvió para mortificarse y enraizar la obediencia.
Come hierbas y raíces; bebe agua abundante; es de poco dormir, hace mucha oración y extremada penitencia. Las pocas gentes que conoce lo ven lleno de buen humor, servicial, parco en las palabras, acertado en las sentencias que salen de su boca siempre dispuesta a enseñar a Cristo; lo describen barbudo con figura alargada y seca. No daba para otra apariencia aquella vida de ayuno con sol y aire abundante.
Con el paso del tiempo, se aproxima a él gente más apartada. Al correrse las voces sobre la santidad de Juan, el solitario anacoreta, vienen desde lejos a rezar y aprender cosas de Dios. Algunos consultan problemas personales, mientras que otros buscan arreglos de asuntos enconados y con poca solución entre clanes y familias. Algún militar se acerca a exponer sus temores ante los bárbaros que se acercan. Profetiza victorias que se cumplen. Hasta en mismo emperador Teodosio manda embajada de consultas sobre acciones políticas y militares que está a punto de comenzar y requieren prudencia. Nunca permite que una mujer mire ni se acerque a su celda.
En la pobreza del desierto, aunque no dispone de espacio digno donde recibir visitas ilustres, van a verle también monjes como Evagrio del Ponto y su discípulo Paladio del monasterio que está en el desierto de Nitria; en esa ocasión, profetiza a Paladio su futura elección de obispo y las cruces que va a llevar anejas. ¡Y uno de sus visitantes es también Alipio, gobernador de Tebaida!
Juan vivió hasta el año 394, habiendo pasado 75 en el desierto.
Que se sepa, Juan no escribió cosa alguna. Pero quienes le conocieron quedaron tan impresionados de su vida y tan vivamente conmovidos por sus palabras que sí aumentaron su fama. Dicen de él que le oyeron hablar de algún solitario que conoció un fantasma de mujer que le llevó al abandono del desierto -la imaginación descontrolada siempre fue mala consejera-; comentan que hablaba de otros que se dejaron seducir por la sensualidad, se enterraron en la impureza, y arruinaron la vida de entrega en el desierto; y también narran que hablaba de otros a los que el buen Dios les concedió la vuelta por el arrepentimiento. Quizá los testigos y biógrafos querían contar con esto que su larga vida en años fue también larga en experiencia.
La escena del fresco que está en el camposanto de Pisa, pintada por el sienés Pietro Lorenzetti, mostrando a una mujer de extraña hermosura que clava su glacial mirada en el monje barbudo que aprieta su mano, bien pudiera ser un eco artístico de las tentaciones que, como cualquier mortal, hubieron de superar los ermitaños; así, abajados del pedestal de gloria que envuelve sus repetidas historias de santidad, nos los aproxima a la cotidiana vulgaridad de los pecadores mostrándonos el camino tan frecuentado del arrepentimiento.
jueves, 26 de marzo de 2015
Lecturas
En aquellos días, Abrán cayó de bruces, y Dios le dijo:
- «Mira, éste es mi pacto contigo: Serás padre de muchedumbre de pueblos.
Ya no te llamarás Abran, sino que te llamarás Abrahán, porque te hago padre de muchedumbre de pueblos.
Te haré crecer sin medida, sacando pueblos de ti, y reyes nacerán de ti.
Mantendré mi pacto contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como pacto perpetuo.
Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros.
Os daré a ti y a tu descendencia futura la tierra en que peregrinas, la tierra de Canaán, como posesión perpetua, y seré su Dios.»
Dios añadió a Abrahán:
- «Tú guarda mi pacto, que hago contigo y tus descendientes por generaciones.»
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
-«Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre.»
Los judíos le dijeron:
-«Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrabán murió, los profetas también, ¿y tú dices: “Quien guarde mi palabra no conocerá lo que es morir para siempre”. ¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?»
Jesús contestó:
-«Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: “Es nuestro Dios”. Aunque no lo conocéis. Yo si lo conozco, y si dijera: “No lo conozco” sería, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría.»
Los judíos le dijeron:
- «No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?»
Jesús les dijo:
«Os aseguro que antes que naciera Abrahán, existo yo.»
Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.
Palabra del Señor.
San Braulio de Zaragoza –Obispo
Hay en Zaragoza un santuario donde no se puede entrar sin sentir la más profunda emoción. Es la cripta de Santa Engracia, alcázar de mártires y archivo de recuerdos heroicos. Allí existía, a principios del siglo VII, una de las escuelas más ilustres de la España visigoda. El maestro era el abad Juan, luego obispo de Zaragoza (619-631), «hombre sabiamente sencillo y simplemente sabio, tan insigne en todas las disciplinas, que la misma Grecia debía inclinarse ante su saber». Así dice Eugenio de Toledo, uno de sus discípulos. Otra lumbrera de aquellas aulas fue el propio hermano del maestro, Braulio, noble y hermosa figura, una de las más sugestivas de la España visigoda.
Bajo la dirección de Juan, «el monje pío de corazón, plácido de rostro, bondadoso de alma y rico de doctrina», según rezaba su epitafio, Braulio aprendió las artes liberales, la Sagrada Escritura y la ciencia eclesiástica. Al lado de los Santos Padres, en aquella escuela se estudiaban también los autores clásicos. Braulio mostrará en sus escritos cierto desdén por la literatura antigua, llamándola vana palabrería, frivolidad halagadora de la inquietud humana, humo impalpable y viento de ostentación. Como escritor, su ideal es conseguir «la gravedad modesta y pomposa de la verdad».. . «He alcanzado—dice—el conocimiento de las profanas disciplinas, pero quiero hacerme comprender de los hombres de mi tiempo, y huyo de introducir la confusión en los campamentos de Israel con la lengua de Jericó.»
No obstante, hablando con los sabios, se complace en sacar a relucir sus vastos conocimientos de la bella literatura. A un amigo con quien sostuvo un torneo literario, que estuvo a punto de agriar la amistad, le escribía: «Si quisiera, podría replicar en tu mismo estilo, porque también yo aprendí las letras, como dice Horacio, y tuve que sustraer con frecuencia la palma al azote de la férula. También de mí se podría decir lo del poeta; «Huye lejos, que lleva hierba en el cuerno»; o el verso virgiliano: «No creáis que mi diestra es frágil para esgrimir las armas; también brota sangre de las heridas de mis dardos.» Pero soy un siervo del amor y no quiero perder el tuyo. No quiero poner en mis palabras burlas desagradables, íegún el consejo de Nasón, ni hacer alarde de una facundia canina, como diría Appio.»
Pero había entonces en España otra escuela más famosa que la de Santa Engracia: era la de Sevilla, donde enseñaba San Isidoro, el hombre más sabio que había entonces en la cristiandad. Braulio se presentó allí como un discípulo, pero bien pronto llegó a ser el amigo íntimo del maestro, el heredero de su espíritu. Una amistad profunda unió desde entonces a aquellos dos grandes hombres, tan grandes por su corazón como por su inteligencia. Aún la sentimos palpitar en el íntimo y delicioso abandono de sus cartas. «Ya que no puedo gozar de ti con los ojos—decía el sevillano al de Zaragoza—, quiero al menos tener la dicha de hablar contigo; y sea mi consuelo posible saber que está bueno aquel á quien desearía ver. Mejor sería lo uno y lo otro; pero me resignaré a verte únicamente con la imaginación.» Otra vez le decía: «Cuando recibas algún escrito de tu amigo, abrázale como si fuese el amigo mismo, pues éste es el único consuelo entre los ausentes. Te envío un anillo, prenda de mi afecto, y un manto que sirva como para proteger nuestra amistad. Tú no te olvides de rezar por mí. Que el Señor te inspire algún medio para que yo pueda verte y vuelva a alesrar otra vez a quien llenaste de tristeza con tu partida. Adiós, amadísimo señor mío y carísimo hijo.»
Braulio, para quien su maestro «era la columna de la Iglesia, el mejor de los hombres, y una luz esplendorosa que nunca se había de acabar», se aprovechaba de aquella confianza para alentar a Isidoro en sus empresas literarias. «¿Cómo así—le escribía—tardas tanto en distribuir esos talentos, que no son tuyos, sino de Dios y de todos sus servidores? Extiende ya la mano, compadécete de las muchedumbres, para que la necesidad no les haga perecer de hambre.» Gracias a estas importunaciones, nació la obra de las Etimologías, la que más leyó la Edad Media. Poco antes de morir, Isidoro se la envió a su amigo para que la ordenase, la corrigiese y le diese su forma definitiva.
Los dos amigos se vieron por última vez en el cuarto concilio de Toledo (633). Braulio era ya obispo de Zaragoza. Había sucedido a su hermano en el gobierno de la diócesis y en la dirección de la escuela. Tres años más tarde volvía a Toledo para celebrar una nueva asamblea. Isidoro ya no estaba allí; había muerto unos meses antes, pero Braulio es el representante de su enseñanza y de su espíritu. Así lo reconoce todo el episcopado. Sobreviene entonces un accidente desagradable. El Papa Honorio, descontento por la suavidad con que se lleva en España la lucha antisemita, escriba una carta llena de durezas e impaciencias. Los obispos españoles reciben en ella el calificativo de perros mudos que no saben ladrar. La humillación era grande, profunda la pena. Además, no había motivo para amonestación tan severa. Ninguna Iglesia de la cristiandad obraba entonces tan sabiamente, con tanto respeto a la disciplina cañonea, como la Iglesia española. Era preciso sincerarse, y los obispos, reunidos en la ciudad regia (638), encomendaron esta difícil tarea al obispo de Zaragoza. Nada tan noble, tan digno, tan respetuoso y tan valiente como la exposición que Braulio envió a Roma con este motivo. Sin olvidar un instante, según su expresión, «aquella caridad que es el don principal que de Dios nos viene», sin faltar a la «veneración que se debe a la sede apostólica y a la santidad y honor del pontífice»; reconociendo expresamente «que la piedra de Pedro ha sido fundada con la estabilidad misma de nuestro Señor Jesucristo», defiende con energía el honor de aquel episcopado, en que brillaban hermosas figuras aureoladas de ciencia y de virtud. «No—exclama—, jamás se podrá decir de nosotros que hayamos sido envueltos por tan grande tibieza, o que, rebeldes a la instigación de la celeste gracia y a la luz de su régimen adorable, hayamos olvidado nuestro deber.» Expone el programa de suavidad y persuasión que les ha parecido seguir en la cuestión de los judíos, mucho más conforme al espíritu evangélico que la coacción y la violencia, «pues ningún daño puede haber en acrecentar con la dilación la victoria, y no hay fuerza para doblegar los espíritus como el fuego del amor y los maternales cariños de la religión cristiana».
Es la santa libertad de una vida inmaculada lo que nos refleja este documento famoso, y al mismo tiempo la majestad serena de una vejez gloriosa y universalmente respetada. De toda España los ojos se volvían hacia el eximio continuador de la tradición isidoriana. Llovían consultas y peticiones, se acumulaban los cuidados y los compromisos, y el buen obispo, molestado por achaques prematuros, casi ciego de tanto leer manuscritos de letra enrevesada, sufría valientemente las consecuencias de su autoridad indiscutible. Gobernaba su diócesis con sabiduría, seguía dirigiendo la escuela zaragozana, corregía los manuscritos de la biblioteca real, intervenía en la vida religiosa y política de su tiempo, influía en la corte para hacer triunfar el principio de la sucesión hereditaria a la corona, escribía su Vida de San Miltán, componía bellos himnos que no tardaron en incorporarse a la liturgia mozárabe, y mantenía una correspondencia, según él mismo dice, abrumadora, que aunque sólo fragmentariamente conservada, es una de las más interesantes que hoy tenemos de aquel siglo.
De todas partes acuden a su saber y a su prudencia. Le escriben los reyes, los obispos, los condes y los abades. Se solicita su intervención en materias de interés nacional, se le piden libros o reliquias y se le encomiendan trabajos literarios. Discute y resuelve toda suerte de cuestiones canónicas. litúrgicas, escriturísticas y gramaticales; charla íntimamente con sus amigos, les cuenta las penas que le embargan, y llora sobre los despojos que la muerte va dejando en su camino. «Confiésete, señora mía—escribe a la abadesa Pomponia—, que cuantas veces quise escribirte sobre el tránsito de nuestra hermana, de santa memoria, otras tantas me he visto impedido por la amargura que entorpecía mi alma, y embotaba mis sentidos, y paralizaba mi lengua, y llevaba el luto hasta lo más profundo de mi espíritu. ¡ Oh, qué mísera es esta nuestra vida, esta vida que debiéramos llorar con amargura, no abrazar con alegría, odiar, no apetecer! Los bienes pasan ligeros, los males se encadenan unos a otros, y nosotros nos deslizamos también en ese incesante fluir de las cosas. Y, sin embargo, estamos locos, las apariencias embriagan nuestro espíritu y nos juzgamos inconmovibles. El tiempo huye insensiblemente, la muerte se acerca sigilosa, y nuestra ciega esperanza no ve más que las alegrías de la vida. ¡Felices aquellos cuya alegría es Dios, y cuyo gozo reposa en la futura bienaventuranza!»
Estas expresiones estaban inspiradas por un dolor sincero, pero no procedían de un pesimismo enervante y desmoralizador. En sus últimos días, Braulio seguía trabajando con el ardor de su juventud, «y ennobleciendo—según expresión de un contemporáneo suyo—a la ciudad de Zaragoza, cada vez más floreciente por su altísima predicación, más abundante en el estudio de la divina ley, y mejor castillada con los baluartes de una santa predicación». Una de las últimas cartas que recibió fue aquella en que Fructuoso le escribió desde las rías gallegas: «Yo alabo sin cesar al Señor, Rey y Creador nuestro, porque al acercarse el fin de los tiempos, nos ha dado un pontífice como vos, que por vuestra vida y nuestra enseñanza camináis en pos de los Apóstoles, con los cuales habéis de recibir la gloria inefable de la patria, ya que imitáis, viviendo en este mundo, su conducta inmaculada.»
Bajo la dirección de Juan, «el monje pío de corazón, plácido de rostro, bondadoso de alma y rico de doctrina», según rezaba su epitafio, Braulio aprendió las artes liberales, la Sagrada Escritura y la ciencia eclesiástica. Al lado de los Santos Padres, en aquella escuela se estudiaban también los autores clásicos. Braulio mostrará en sus escritos cierto desdén por la literatura antigua, llamándola vana palabrería, frivolidad halagadora de la inquietud humana, humo impalpable y viento de ostentación. Como escritor, su ideal es conseguir «la gravedad modesta y pomposa de la verdad».. . «He alcanzado—dice—el conocimiento de las profanas disciplinas, pero quiero hacerme comprender de los hombres de mi tiempo, y huyo de introducir la confusión en los campamentos de Israel con la lengua de Jericó.»
No obstante, hablando con los sabios, se complace en sacar a relucir sus vastos conocimientos de la bella literatura. A un amigo con quien sostuvo un torneo literario, que estuvo a punto de agriar la amistad, le escribía: «Si quisiera, podría replicar en tu mismo estilo, porque también yo aprendí las letras, como dice Horacio, y tuve que sustraer con frecuencia la palma al azote de la férula. También de mí se podría decir lo del poeta; «Huye lejos, que lleva hierba en el cuerno»; o el verso virgiliano: «No creáis que mi diestra es frágil para esgrimir las armas; también brota sangre de las heridas de mis dardos.» Pero soy un siervo del amor y no quiero perder el tuyo. No quiero poner en mis palabras burlas desagradables, íegún el consejo de Nasón, ni hacer alarde de una facundia canina, como diría Appio.»
Pero había entonces en España otra escuela más famosa que la de Santa Engracia: era la de Sevilla, donde enseñaba San Isidoro, el hombre más sabio que había entonces en la cristiandad. Braulio se presentó allí como un discípulo, pero bien pronto llegó a ser el amigo íntimo del maestro, el heredero de su espíritu. Una amistad profunda unió desde entonces a aquellos dos grandes hombres, tan grandes por su corazón como por su inteligencia. Aún la sentimos palpitar en el íntimo y delicioso abandono de sus cartas. «Ya que no puedo gozar de ti con los ojos—decía el sevillano al de Zaragoza—, quiero al menos tener la dicha de hablar contigo; y sea mi consuelo posible saber que está bueno aquel á quien desearía ver. Mejor sería lo uno y lo otro; pero me resignaré a verte únicamente con la imaginación.» Otra vez le decía: «Cuando recibas algún escrito de tu amigo, abrázale como si fuese el amigo mismo, pues éste es el único consuelo entre los ausentes. Te envío un anillo, prenda de mi afecto, y un manto que sirva como para proteger nuestra amistad. Tú no te olvides de rezar por mí. Que el Señor te inspire algún medio para que yo pueda verte y vuelva a alesrar otra vez a quien llenaste de tristeza con tu partida. Adiós, amadísimo señor mío y carísimo hijo.»
Braulio, para quien su maestro «era la columna de la Iglesia, el mejor de los hombres, y una luz esplendorosa que nunca se había de acabar», se aprovechaba de aquella confianza para alentar a Isidoro en sus empresas literarias. «¿Cómo así—le escribía—tardas tanto en distribuir esos talentos, que no son tuyos, sino de Dios y de todos sus servidores? Extiende ya la mano, compadécete de las muchedumbres, para que la necesidad no les haga perecer de hambre.» Gracias a estas importunaciones, nació la obra de las Etimologías, la que más leyó la Edad Media. Poco antes de morir, Isidoro se la envió a su amigo para que la ordenase, la corrigiese y le diese su forma definitiva.
Los dos amigos se vieron por última vez en el cuarto concilio de Toledo (633). Braulio era ya obispo de Zaragoza. Había sucedido a su hermano en el gobierno de la diócesis y en la dirección de la escuela. Tres años más tarde volvía a Toledo para celebrar una nueva asamblea. Isidoro ya no estaba allí; había muerto unos meses antes, pero Braulio es el representante de su enseñanza y de su espíritu. Así lo reconoce todo el episcopado. Sobreviene entonces un accidente desagradable. El Papa Honorio, descontento por la suavidad con que se lleva en España la lucha antisemita, escriba una carta llena de durezas e impaciencias. Los obispos españoles reciben en ella el calificativo de perros mudos que no saben ladrar. La humillación era grande, profunda la pena. Además, no había motivo para amonestación tan severa. Ninguna Iglesia de la cristiandad obraba entonces tan sabiamente, con tanto respeto a la disciplina cañonea, como la Iglesia española. Era preciso sincerarse, y los obispos, reunidos en la ciudad regia (638), encomendaron esta difícil tarea al obispo de Zaragoza. Nada tan noble, tan digno, tan respetuoso y tan valiente como la exposición que Braulio envió a Roma con este motivo. Sin olvidar un instante, según su expresión, «aquella caridad que es el don principal que de Dios nos viene», sin faltar a la «veneración que se debe a la sede apostólica y a la santidad y honor del pontífice»; reconociendo expresamente «que la piedra de Pedro ha sido fundada con la estabilidad misma de nuestro Señor Jesucristo», defiende con energía el honor de aquel episcopado, en que brillaban hermosas figuras aureoladas de ciencia y de virtud. «No—exclama—, jamás se podrá decir de nosotros que hayamos sido envueltos por tan grande tibieza, o que, rebeldes a la instigación de la celeste gracia y a la luz de su régimen adorable, hayamos olvidado nuestro deber.» Expone el programa de suavidad y persuasión que les ha parecido seguir en la cuestión de los judíos, mucho más conforme al espíritu evangélico que la coacción y la violencia, «pues ningún daño puede haber en acrecentar con la dilación la victoria, y no hay fuerza para doblegar los espíritus como el fuego del amor y los maternales cariños de la religión cristiana».
Es la santa libertad de una vida inmaculada lo que nos refleja este documento famoso, y al mismo tiempo la majestad serena de una vejez gloriosa y universalmente respetada. De toda España los ojos se volvían hacia el eximio continuador de la tradición isidoriana. Llovían consultas y peticiones, se acumulaban los cuidados y los compromisos, y el buen obispo, molestado por achaques prematuros, casi ciego de tanto leer manuscritos de letra enrevesada, sufría valientemente las consecuencias de su autoridad indiscutible. Gobernaba su diócesis con sabiduría, seguía dirigiendo la escuela zaragozana, corregía los manuscritos de la biblioteca real, intervenía en la vida religiosa y política de su tiempo, influía en la corte para hacer triunfar el principio de la sucesión hereditaria a la corona, escribía su Vida de San Miltán, componía bellos himnos que no tardaron en incorporarse a la liturgia mozárabe, y mantenía una correspondencia, según él mismo dice, abrumadora, que aunque sólo fragmentariamente conservada, es una de las más interesantes que hoy tenemos de aquel siglo.
De todas partes acuden a su saber y a su prudencia. Le escriben los reyes, los obispos, los condes y los abades. Se solicita su intervención en materias de interés nacional, se le piden libros o reliquias y se le encomiendan trabajos literarios. Discute y resuelve toda suerte de cuestiones canónicas. litúrgicas, escriturísticas y gramaticales; charla íntimamente con sus amigos, les cuenta las penas que le embargan, y llora sobre los despojos que la muerte va dejando en su camino. «Confiésete, señora mía—escribe a la abadesa Pomponia—, que cuantas veces quise escribirte sobre el tránsito de nuestra hermana, de santa memoria, otras tantas me he visto impedido por la amargura que entorpecía mi alma, y embotaba mis sentidos, y paralizaba mi lengua, y llevaba el luto hasta lo más profundo de mi espíritu. ¡ Oh, qué mísera es esta nuestra vida, esta vida que debiéramos llorar con amargura, no abrazar con alegría, odiar, no apetecer! Los bienes pasan ligeros, los males se encadenan unos a otros, y nosotros nos deslizamos también en ese incesante fluir de las cosas. Y, sin embargo, estamos locos, las apariencias embriagan nuestro espíritu y nos juzgamos inconmovibles. El tiempo huye insensiblemente, la muerte se acerca sigilosa, y nuestra ciega esperanza no ve más que las alegrías de la vida. ¡Felices aquellos cuya alegría es Dios, y cuyo gozo reposa en la futura bienaventuranza!»
Estas expresiones estaban inspiradas por un dolor sincero, pero no procedían de un pesimismo enervante y desmoralizador. En sus últimos días, Braulio seguía trabajando con el ardor de su juventud, «y ennobleciendo—según expresión de un contemporáneo suyo—a la ciudad de Zaragoza, cada vez más floreciente por su altísima predicación, más abundante en el estudio de la divina ley, y mejor castillada con los baluartes de una santa predicación». Una de las últimas cartas que recibió fue aquella en que Fructuoso le escribió desde las rías gallegas: «Yo alabo sin cesar al Señor, Rey y Creador nuestro, porque al acercarse el fin de los tiempos, nos ha dado un pontífice como vos, que por vuestra vida y nuestra enseñanza camináis en pos de los Apóstoles, con los cuales habéis de recibir la gloria inefable de la patria, ya que imitáis, viviendo en este mundo, su conducta inmaculada.»
miércoles, 25 de marzo de 2015
Lecturas
En aquel tiempo, el Señor habló a Acaz:
-«Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo. »
Respondió Acaz:
-«No la pido, no quiero tentar al Señor.»
Entonces dijo Dios:
-«Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios?
Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”.»
Hermanos:
Es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados.
Por eso, cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad.” »
Primero dice: «No quieres ni aceptas sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni víctimas expiatorias», que se ofrecen según la Ley. Después añade: «Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.»
Niega lo primero, para afirmar lo segundo.
Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.
A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo:
-«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. »
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo:
-«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de
David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Y María dijo al ángel:
-«¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó:
-«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.
Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»
María contestó:
-«Aquí está la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra. »
Y la dejó el ángel.
Palabra del Señor.
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