viernes, 27 de junio de 2014

Milagros Eucarísticos 27-06-2014

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, Moisés habló al pueblo, diciendo:
-«Tú eres un pueblo santo para el Señor, tu Dios: él te eligió para que fueras, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad.
Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor vuestro, por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó de Egipto con mano fuerte y os rescató de la esclavitud, del dominio del Faraón, rey de Egipto.
Así sabrás que el Señor, tu Dios, es Dios: el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y guardan sus preceptos, por mil generaciones.
Pero paga en su persona a quien lo aborrece, acabando con él.
No se hace esperar, paga a quien lo aborrece, en su persona.
Pon por obra estos preceptos y los mandatos y decretos que te mando hoy. »

Queridos hermanos:
Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.
Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él.
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación para nuestros pecados.
Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.
A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.
En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu.
Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo.
Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.
Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.
Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él.

En aquel tiempo, exclamó Jesús:
-«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.
Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso.
Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

Palabra del Señor.

San Cirilo de Aquitania

Una juventud oscura: revolver los libros de los Padrea, de Atanasio sobre todo; estudiar la elocuencia en los autores de la antigüedad clásica; recorrer los eremitorios de Scete y la Tebaida, recogiendo la experiencia espiritual de los grandes eremitas; recibir a las gentes en el patriarcado; aconsejar, contener y sufrir los arrebatos del patriarca. El patriarca era su tío Teófilo, enemigo perpetuo de la paz, juguete de la ambición, perseguidor de los santos, personaje violento, cuyas manos se manchan hoy con el oro, mañana con la sangre. En 412, el sobrino le sucede en la más alta dignidad de la Iglesia en Oriente. El odio que el tío había acumulado se derrama ahora sobre él en infames calumnias: un día, Hipatia, la ilustre discípula de Platón, ornamento de Alejandría por su ciencia y su hermosura, aparece muerta cerca del Museo. ¿Por qué no va a ser Cirilo el que ha puesto el puñal en la mano del asesino? Es sólo una insinuación venenosa de la perfidia.

Hombre de lucha, Cirilo tuvo siempre enemigos; pero podía mirarlos con la cara serena, como quien no tenía sombras en su conducta. Vida irreprochable, temperamento inclinado al rigor, temple de hierro, espíritu autoritario, esclavo de la ley de la tradición: he aquí los grandes rasgos de aquel gran carácter. Sabe reconocer la inocencia y la justicia: un día había asistido a aquel bochornoso conciliábulo de la encina, donde su tío depuso a San Juan Crisóstomo; no obstante, ahora reconoce su falta, e incluye el nombre del Crisóstomo en los dípticos de la iglesia alejandrina. Es tal vez vehemente y apasionado con exceso; puede habérsele pegado algo de los métodos expeditivos de Teófilo, y así, el principio de su gobierno es inquieto y accidentado: persecuciones de herejes, confiscaciones, expulsión de judíos, desavenencias con los lugartenientes del emperador. Cada año, como antes había hecho San Atanasio, Cirilo envía a los pueblos de Egipto una homilía pascual, donde se ven cada vez más vigorosos los rasgos de su fisonomía literaria: rigidez de espíritu, tradicionalismo doctrinal, pureza de enseñanza, erudición patrística, fuerza de estilo y agudeza dialéctica.

Es el hombre llamado a convertirse en campeón del dogma, y aquí se encuentra su gloria sólida y pura, a falta de una simpatía que no podía despertar la gravedad imperiosa de su espíritu. La Providencia ha ido formando su instrumento y preparándole para la gran obra de la Iglesia. Cirilo va a intervenir de una manera decisiva en la marcha de los anales eclesiásticos y del dogma cristiano, dando pruebas extraordinarias del poder victorioso de su razón y de la firmeza invencible de su alma.

En 429 estalla estrepitosamente el problema nestoriano. Tal vez no ha habido ningún otro, en el campo de la Teología, que tan profundamente haya sacudido las masas populares. En la corte, en los círculos aristocráticos, en los pórticos de las plazas, en los claustros de los monasterios, todos tenían los ojos fijos en los luchadores; a pesar de las sutilezas teológicas que la disputa envolvía, el pueblo, guiado por el certero instinto de la fe, seguía emocionado los varios incidentes de la contienda. Como en tiempo de las polémicas arrianas, una simple palabra era la voz de combate: Theotókos, que, traducida a nuestra lengua, significa «Madre de Dios». Un sacerdote de Constantínopla defendió un día desde el púlpito que esa expresión envolvía un absurdo teológico. El pueblo protestó indignado y sofocó la voz del orador; pero éste fue defendido por Nestorio, patriarca de la ciudad imperial. Lejos de apaciguar los espíritus, la intervención del patriarca no hizo más que extender el incendio. En los desiertos egipcios, las colmenas monásticas hervían con una inquietud amenazadora. El gran mundo y la corte, con el emperador a la cabeza, se declararon a favor de su patriarca; pero el pueblo estaba contra él. Augurábase una tempestad religiosa como la que había alborotado el Imperio durante todo el siglo IV. El primer grito de alarma salió de Alejandría, y fue San Cirilo quien lo lanzó. Imposible comprender lo que se ha llamado la tragedia del heresiarca constantinopolitano, sin tener en cuenta lo que representaban Cirilo y Nestorio, Alejandría y Antioquía, Egipto y Constantinopla. Egipto estaba irritado contra la capital del Imperio, porque acababa de arrebatar a su patriarca la primacía de honor en el Oriente; Constantinopla tenía que vengar los atropellos inferidos unos lustros antes a su patriarca San Juan Crisóstomo por Teófilo de Alejandría. Por cada lado había resquemores de injurias, y a estos motivos de división vino a unirse la rivalidad entre las escuelas de Antioquía y Alejandría.

Las divergencias en la exégesis escriturística, que caracterizaban ya en tiempo de Orígenes a los maestros de estas escuelas, habían engendrado tendencias opuestas en materia cristológica. Los alejandrinos, influidos por Platón, consideraban, ante todo, la divinidad del Verbo encarnado y la unidad íntima de su Persona; los antioqueños, más aristotélicos, analizaban muy particularmente la distinción de las dos naturalezas en el Hombre-Dios, deteniéndose con fruición en el estudio de sus experiencias humanas. Cada una de estas tendencias encerraba un peligro. A fines del siglo IV, Apolinar se había extraviado por exagerar la unidad alejandrina, y la escuela de Antioquía caía en los errores contrarios por exagerar la dualidad. Uno de sus maestros, Diodoro de Tarso, combatiendo el apolinarismo, llegó a distinguir de tal manera al Hijo de Dios del Hijo de David, que, según él, el Verbo no era Hijo de María. Tras él, Teodoro de Mopsuesfa no se cansaba de repetir que es una locura pretender que Dios ha nacido de una Virgen. De Teodoro, maestro de Nestorio, puede decirse que es el primer nestoriano. El discípulo no hizo más que llevar al pulpito lo que el maestro había enseñado en las aulas, con un poco más de precisión y un poco menos de violencia. Nestorio conserva ciertas expresiones tradicionales, y hasta parece ser que reconoció sinceramente la unidad personal de Jesucristo, pero sin penetrar su verdadero alcance, y rehusando admitir las consecuencias de esa unidad en la doctrina de la Encarnación.

Representante genuino de la escuela gloriosa de Alejandría, continuador de Orígenes, en cuyas obras había visto honrada a la Virgen María con el título de Madre de Dios, discípulo de San Atanasio, por quien sabía «que Jesucristo no es un hombre sobre quien descendiera el Verbo, sino el Verbo mismo nacido con una carne, que era suya»; San Cirilo, teólogo sutilísimo, parecía el hombre destinado a precisar la doctrina de la Encarnación frente a los extravíes del patriarca de Constantinopla. Su primera intervención tuvo por objeto tranquilizar a los monjes egipcios, que empezaban a moverse en sus lauras y eremitorios. Lo hizo en una carta serena y puramente doctrinal. El nombre del heresiarca no aparecía en ella, pero Nestorio se creyó en la necesidad de refutarla públicamente. El choque era inevitable. Cirilo se dirigió directamente a Nestorio; Nestorio le contestó irónicamente que gobernase en paz su rebaño. Parecíale que su posición era inatacable. Tenía fama de austero, era un orador elocuente, un buen exegeta, y tan exaltado en la ortodoxia, que desde su elevación a la sede patriarcal no había cesado de perseguir a todas las sectas heréticas, en especial la de los apolinaristas, a quienes odiaba de corazón, como buen discípulo de Teodoro. Su misma presencia exterior hacía impresión en las gentes. Si vamos a creer a sus contemporáneos, era un hombre cumplido en perfecciones físicas: ojos grandes, majestuoso continente, tinte sonrosado, voz fuerte y sonora. Tan seguro se creía, que le pareció fácil aplastar a su rival en un concilio. No obstante, creyó prudente empezar organizando una banda de hombres pagados, que derramaron toda suerte de calumnias contra Cirilo, cumpliendo su misión con tal habilidad, que el eco de aquella campaña puede verse aún en las historias de aquel tiempo. Herido y amargado, escribía Cirilo: « No espere ese miserable que me he de dejar juzgar por él en un concilio, por muchos que sean los acusadores que compre contra mí. Si me mandaren comparecer a su presencia recusaré su tribunal, y con el favor de Dios dilucidaré las cosas de tal manera, que va a ser él quien me dará cuenta de sus blasfemias.»

Al escribir estas palabras, Cirilo pensaba en Roma. Estaba descartado el apoyo del emperador, que le había escrito una carta amenazadora, tratándole de perturbador de la paz pública. Pero, ¿acaso no había luchado Atanasio, su antecesor, contra todas las fuerzas del Imperio, sostenido por los obispos de Roma? Nestorio se le había anticipado, contando a su modo las cosas al Papa Celestino I. Decía, en resumen, que había creído prudente censurar el término Theotócos, por el abuso que de él hacían los apolinaristas; salida hipócrita que no logró despistar la buena fe de los teólogos romanos. Sin embargo, dudaban aún los espíritus, cuando llegó el informe del patriarca alejandrino, acompañado de una copiosa colección de discursos y epístolas de Nestorio. Poco tiempo después, los legados pontificios caminaban hacia el Oriente portadores de la solución: Nestorio debía retractarse públicamente, siendo Cirilo el encargado de proceder a la ejecución de la sentencia.

Se ha dicho que San Cirilo no era hombre para usar con moderación de la victoria, y que sus excesivas exigencias sólo sirvieron para envenenar la cuestión y prolongar el conflicto. Esta censura va enderezada contra el documento famoso que se conoce en la Historia con el nombre de «Anatematismos de San Cirilo». Al ver la tempestad que rugía sobre su cabeza, Nestorio publicó una declaración conciliadora, pero en último término evasiva, aceptando la expresión Theotócos, pero sólo provisionalmente, hasta que un concilio general decidiera sobre ella. No le quedaba más remedio: el pueblo le maldecía, la corte le retiraba su apoyo, sus amigos le abandonaban, y el que más podía favorecerle, Juan, obispo de Antioquía, su antiguo condiscípulo, le aconsejaba la sumisión. Se acercaba, al parecer, el desenlace del drama, cuando aparecieron los «Anatematismos», doce artículos que el patriarca de Alejandría presentaba a la aprobación de Constantinopla, bajo pena de excomunión. El asunto se complicó, y la causa de Nestorio empezó a reanimarse. Guiábale a Cirilo la mejor intención. Conociendo lo escurridizo y sutil de la mentalidad de su adversario, había querido cerrarle todas las salidas. Como Arrio, en otro tiempo, Nestorio echaba mano de todos los procedimientos para evitar el anatema. Aceptaba el término Theotócos, pero cambiando el acento, lo cual hacía que, en vez de «Madre de Dios», significase «Hijo de Dios». Otras veces, alterando sólo una letra, leía Theodocos, que significa receptáculo de Dios. Reproducíase la contienda del omousios y omoiusios, y San Cirilo hacía bien al salir al paso a todas estas sutilezas y puerilidades. Sin embargo, se extralimitó al tratar de imponer a los antioqueños la terminología de su escuela. Hoy la expresión «unión hipostática», imaginada por San Cirilo, nos parece un gran acierto teológico; pero la palabra hipóstasis significaba para los maestros de Antioquía más bien la naturaleza que la persona, y por eso no podían admitir el segundo anatematisino, según el cual la divinidad y la humanidad se habían juntado en Cristo «hipostáticamente». Del mismo modo, cuando San Cirilo hablaba de «unión física», asentaba únicamente que la unión era real y verdadera, en contraposición a moral; pero sus adversarios, inevitablemente, habían de ver allí la afirmación de una sola naturaleza. Era el error apolinarista, que habían intentado combatir. Los ánimos se agriaron, un gran número de obispos abandonó al de Alejandría, y los secuaces de Nestorio volvieron a agruparse en torno suyo.

Como único recurso quedaba el concilio general. Le había pedido Nestorio, y Cirilo le aceptó de buena gana. El Papa nombró sus legados y el emperador le convocó para el mes de junio del año 431, en la ciudad de Éfeso. Los dos protagonistas fueron los primeros en acudir, llevando cada uno más de un centenar de obispos. Faltaba el patriarca de Antioquía, con los sirios, sus diocesanos. El 6 de junio recibió Cirilo una carta en la que Juan le pedía algunos días de espera, excusando su tardanza en lo largo del viaje y en la muerte de algunos caballos. Cirilo esperó dos semanas, enviando entre tanto a Nestorio algunos obispos para reducirle nuevamente a la verdad. El heresiarca, más obstinado que nunca, contestaba amenazador, profiriendo los despropósitos más contradictorios. Es difícil explicarse la psicología de Nestorio en estos momentos para él decisivos, y lo más sencillo es representárnosle, con Héfele, como una especie de charlatán, que casi sin darse cuenta pasa de un extremo al contrario, de la ortodoxia a la herejía. «Después de todo—declaraba—, estoy conforme en confesar que María es Madre de Dios, siempre que no se dé a estas palabras un sentido apolinarista.» Pero, obligado a declararse más a fondo, añadía: «Nunca reconoceré como Dios a un niño, que ahora tiene dos meses y luego tres.»

Viendo que sus esfuerzos eran inútiles, Cirilo se decidió a obrar severamente. Juan no acababa de llegar, pero había llegado una carta suya en la cual exhortaba a obrar en justicia, sin preocuparse de él. Sin duda, pensó Cirilo, no quiere asistir a la humillación de su amigo; pero los planes del sirio eran menos inocentes. El 22 de junio, los obispos se reunieron en la basílica de Santa María. Nestorio, invitado reiteradamente a tomar parte en las deliberaciones, respondió la primera vez que lo pensaría; la segunda, que iría cuando se reuniesen todos los obispos, y la tercera vez, la delegación del concilio fue brutalmente arrojada de su casa por la guardia imperial, que le escoltaba. Contaba el patriarca con la intervención del emperador para impedir la celebración de la asamblea; y efectivamente, al comenzar la primera sesión, presentóse el jefe de la guardia intimando a los obispos la orden de dispersarse. Los partidarios de Nestorio obedecieron; pero la inmensa mayoría continuó impertérrita en sus puestos. Discutióse escrupulosamente el problema durante un largo día de junio, y ya anochecía cuando se dio la sentencia, condenando, deponiendo y excomulgando a Nestorio. AI conocer la noticia el pueblo de Éfeso, que había aguardado desde la mañana en torno de la basílica, prorrumpió en gritos de alegría. Los obispos fueron aclamados y escoltados hasta sus moradas con turíbulos y hachas encendidas, y toda la ciudad se vistió de fiesta. Los gritos y las luminarias, los inciensos y los regocijos duraron toda la noche. El sentido del pueblo cristiano comprendía que aquello significaba el triunfo de María sobre la serpiente.

Sin embargo, la lucha no estaba terminada. Meditando venganza, Nestorio intrigaba con sus amigos de la corte. Estaba ciego de cólera. El concilio le había calificado de impío, y al comunicarle la sentencia se le había comparado con Judas. Confiaba en el patriarca de Antioquía, y vióse que no había echado mal sus cálculos, cuando, tres días más tarde, llegó Juan con sus sufragáneos. El juego estaba premeditado. Sin sacudirse el polvo del camino, Juan reunió a los suyos y a los de Nestorio, y, sin citación ni discusión, depuso a Cirilo. Afortunadamente, el día 29 llegaron los legados del Papa, que suscribieron cuanto se había hecho contra Nestorio y el nestorianismo. El emperador Teodosio II, convencido al fin de la sinrazón de su patriarca, confirmó la deposición y le relegó a los últimos confines del Imperio. Juan de Antioquía cedió también después de larga resistencia, pero no sin exigir condiciones. Cirilo renunció a su terminología y él aceptó el fondo de la doctrina, suscribiendo la condenación de Nestorio. Con su mirada de águila, el patriarca de Alejandría se dio cuenta del cisma inminente, y con su moderación y prudencia conjuró el peligro. No quiso retractar los anatematismos, pero se guardó bien de imponer sus fórmulas a los disidentes.

Así terminó aquel pleito famoso, de trascendencia fundamental en la historia del cristianismo y en el proceso del dogma. El problema era tan sutil, que muchos, no acertando a comprenderlo, se pusieron de parte del heresiarca. A veces se nos ocurre pensar si el mismo Nestorio advertía las consecuencias de su tesis. No han faltado en nuestros días quienes han intentado su rehabilitación, afirmando que expresó torpemente un sentir ortodoxo. Es una falta de buena fe o un desconocimiento del problema. Entre Juan y Cirilo, todo se reducía a una cuestión de palabras; pero en las afirmaciones de Nestorio era el dogma el que estaba interesado. Bastardeada la idea de la Encarnación, quedaba destruida la economía de la Redención. Aquí radicaba el argumento inconmovible de Cirilo; aunque el pueblo cristiano vio más bien la injuria que se hacía a su devoción mariana. ¿Dónde apoyaría su confianza en la Virgen, si se negaba la maternidad divina, fundamento de todos los privilegios y excelencias de María?

Después del triunfo, San Cirilo se consagró a exponer y completar su doctrina, a contener, con menoscabo de su popularidad, los fermentos monofisitas de su partido, y a explicar las Sagradas Escrituras al pueblo alejandrino. Su interpretación es siempre mística y espiritual, como podía esperarse de un discípulo de Orígenes. La ley mosaica ha sido abrogada en cuanto a la letra, pero no en cuanto al espíritu. Al mismo tiempo se esforzaba por desarraigar los últimos retoños del paganismo, refutando los libros de Juliano el Apóstata, que aun hallaban ambiente entre los discípulos de Porfirio y de Celso. Defensor acérrimo de la ortodoxia, es también uno de sus más ilustres expositores. Teólogo profundo, exegeta ingenioso, vigoroso polemista. Es el más dogmático y el más escolástico de todos los Padres, y también el más tradicional. Él pone fin a las controversias trinitarias; aunque su actividad se desenvuelve, sobre todo, en el campo de la cristología. No obstante, ha hablado también magníficamente sobre la Redención, la acción del Espíritu Santo en las almas, el Bautismo y la Eucaristía. Defensor del dogma en la Encarnación y de la maternidad divina de María, puede llamársele también el doctor de la gracia santificante.

jueves, 26 de junio de 2014

Reflexión de hoy

Lecturas


Cuando Jeconías subió al trono tenía dieciocho años, y reinó tres meses en Jerusalén.
Su madre se llamaba Nejustá, hija de Elnatán, natural de Jerusalén. Hizo lo que el Señor reprueba, igual que su padre.
En aquel tiempo, los oficiales de Nabucodonosor, rey de Babilonia, subieron contra Jerusalén y la cercaron.
Nabucodonosor, rey de Babilonia, llegó a Jerusalén cuando sus oficiales la tenían cercada. Jeconías de Judá se rindió al rey de Babilonia, con su madre, sus ministros, generales y funcionarios.
El rey de Babilonia los apresó el año octavo de su reinado. Se llevó los tesoros del templo y del palacio y destrozó todos los utensilios de oro que Salomón, rey de Israel, había hecho para el templo según las órdenes del Señor. Deportó a todo Jerusalén, los generales, los ricos -diez mil deportados-, los herreros y cerrajeros; sólo quedó la plebe.
Nabucodonosor deportó a Jeconías a Babilonia. Llevó deportados, de Jerusalén a Babilonia, al rey y sus mujeres, sus funcionarios y grandes del reino, todos los ricos -siete mil deportados-, los herreros y cerrajeros - mil deportados-, todos aptos para la guerra.
En su lugar nombró rey a su tío Matanías, y le cambió el nombre en Sedecías.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo.
Aquel día muchos dirán:
“Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”
Yo entonces les declararé:
‘Nunca os he conocido. Alejaos de mí, malvados.”
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca.
Cayó la lluvia salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente. »
Al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad, y no como los escribas.

Palabra del Señor.

San Pelayo

Cautivo a los diez años, empezó a mirar la vida en su realidad fuerte y grave. No reía fácilmente, dice de él su biógrafo. En otro tiempo había jugado a orillas del Miño, aturdiendo con sus gritos infantiles el pórtico de la basílica episcopal de Túy. Sobrino del obispo Hermogio, crecía junto al santuario, destinado también él a las altas dignidades eclesiásticas. Estudiaba la gramática y el salterio, cantaba en el coro las bellas melodías mozárabes, y en las grandes solemnidades presentaba el incienso delante del altar en cajas de marfil con incrustaciones de plata. Ahora todo estaba ya muy lejos: los grillos oprimían sus pies, la estrechez de la prisión acongojaba su espíritu; su destino era la esclavitud. Vivía con otros cautivos cerca de los palacios del califa. Un guardia entraba diariamente en la cárcel armado de un látigo, y, guiados por él, los presos se dirigían a su tarea: hoy trabajaban en los jardines reales, mañana en la mezquita, o en los baños, o en alguna de aquellas grandes construcciones con que el poderoso emir embellecía su capital. ¿Cómo iba a reír el pobre niño? No había esperanza para él en la tierra: los suyos habían sido con él como hombres sin entrañas. Llegó a Córdoba engañado. «Vamos a ver al tío», le dijeron seguramente; y él se dejó llevar, contento con la idea de ver mundo y de conocer aquella gran ciudad, famosa por sus opulencias y su poder. Allí estaba Hermogio, sepultado en un calabozo. Un año antes apresado en la batalla de Val de Junquera (920), había sido llevado a Córdoba y colocado bajo la vigilancia de la guardia real. En el silencio de su reclusión, pensaba en las fiestas brillantes de la corte leonesa, en las magnificencias catedralicias de Túy, en las tierras y en los siervos, y en el rescate inmediato. Y el rescate había llegado: era su sobrino.

Mientras el obispo pasaba el duero, el niño iba a ocupar su puesto en la prisión. Al principio creyó que aquello acabaría pronto. Al despedirse de él, Hermogio le había dado los más sanos consejos y las más bellas esperanzas. «Adiós, hijo mío—debió de decirle—; pronto nos veremos otra vez; voy allá para reunir el oro que exigen estos moros malditos.» Pero los días pasaban, y el niño no volvió a saber nada de su tierra. Sabía que allá en la frontera cristianos y musulmanes seguían combatiendo, y de cuando en cuando llegaban a la capital nuevos rebaños de prisioneros. Al principio lloró lágrimas abrasadoras, pero acabó por resignarse con su suerte. La fe le sostenía; rezaba los salmos que había aprendido en la escuela de Túy; descansaba de las fatigas del día buscando en su encierro el rayo de luz que se deslizaba por la estrecha ventana para descifrar la escritura de los códices visigóticos. Era un lector asiduo, y cuando no entendía la lectura, consultaba a los clérigos que estaban presos con él. Su fervor religioso le inspiraba santos atrevimientos: discutía con los musulmanes, y, dotado de una palabra fácil y de mucha gracia en el decir, llegó a confundirlos más de una vez.

Sin embargo, sus carceleros le miraban con simpatía y le trataban sin rigor. Jamás alborotó en la cárcel, ni les miró con odio, ni tuvo con ellos palabras o actitudes de rebelión. Además, veían en él una gracia que presagiaba el más halagüeño porvenir. En los tres o cuatro años que llevaba de cautiverio, Pelayo había crecido sin que el encierro le robase el color encendido de sus mejillas, ni la enfermedad afease su cuerpo. Si su conversación cautivaba, su presencia le ganaba el afecto de cuantos le trataban. La misma melancolía que su desgracia había dejado impresa en sus ojos, añadía un nuevo encanto a la belleza de su amable adolescencia. Muchas veces, en la confusión inmoral del ergástulo, tuvo necesidad de una energía heroica para guardar la pureza de su alma. «Y Dios quiera—pensaba él en sus meditaciones—que no me vea en apuros más terribles.» Aunque niño, se había dado cuenta de la corrupción que reinaba en aquella ciudad de los soberbios palacios, de los maravillosos jardines, de las tres mil mezquitas y de los novecientos baños; ciudad donde se rendía culto al amor en todas las formas, donde los poetas cantaban las gracias de los mancebos con versos apasionados, donde los eunucos y los libertos llegaban a comprar los más altos puestos del Estado con la prostitución de su conciencia. El antiguo estudiante de Túy podía ver en la cumbre de los honores a muchachos que en otro tiempo habían dormido, como él, en el suelo: eran generales, administraban las rentas del califa, tenían esclavos, tierras, casas, jardines; formaban bibliotecas, se rodeaban de literatos y clientes y miraban con desdén a la antigua aristocracia. Era la política de Abderramán III: todos los empleos los puso en manos de esclavos, cogidos en guerra, vendidos por los piratas en los puertos del Mediterráneo, o traídos por tratantes judíos de Francia y Alemania. Instrumentos dóciles y flexibles en sus manos, empezaban por abandonar su religión, y a cambio de la confianza con que se les honraba, prestábanse a los más infames servicios.

Y sucedió que un día el carcelero se acercó a Pelayo y le dijo: «Muchacho, te felicito; el rey se ha acordado de ti y quiere honrarte.» Los que le rodeaban miráronle con envidia, pero él empezó a temblar. Luego vinieron unos servidores de palacio y se lo llevaron. Antes de entrar en el alcázar, rompieron sus cadenas, le despojaron del saco de los cautivos, bañaron su cuerpo con agua perfumada, rizaron y peinaron artísticamente sus cabellos, le vistieron una túnica de seda y le ciñeron un brillante cinturón. Era la hora del mediodía cuando Pelayo atravesaba los patios que había en torno de la mansión. No vio ni las fuentes de mármol, ni los espléndidos jardines, ni los áureos arte-sonados, ni los tapices orientales que colgaban de las paredes; ni oyó las recomendaciones que le hacía su introductor acerca del ceremonial de la visita. Una sola cosa absorbía todo su ser: la nueva orientación de su vida. Habíanle dicho que el rey le llamaba tal vez para hacerle su copero; pero aquel ambiente cortesano se le presentaba lleno de lazos para su fe y su virtud, y su pequeño corazón de catorce años temblaba. Su mismo azoramiento le hacía más amable todavía. A su paso, los guardias sudaneses inclinaban sus cabezas con respeto, como si pasase un príncipe. Un cortesano salió a su encuentro, le cogió de la mano y le introdujo en un amplio salón. Los aromas llenaban la estancia; rutilaban las líquidas espumas en los vasos de. cristal; temblaban los rayos del sol al caer sobre las joyas y las bandejas. En el fondo, arrellanado entre cojines, un hombre sonreía: cabello rubio, ojos azules, color blanco y sonrosado, rostro afable y hermoso y agradable mirar. Era el príncipe, el más poderoso de los sultanes cordobeses, el emir de los creyentes, Abderramán III el Victorioso. Los historiadores han alabado la bondad de su corazón, su ánimo virtuoso y la grandeza de su alma. Pero la sensualidad le dominaba; digno gobernante de un pueblo de afeminados, no tenía bastante con su harén; necesitaba un séquito numeroso de efebos, escogidos entre sus miles de esclavos.

El niño se acercó haciendo las tres postraciones de rúbrica, y besó la mano del emir. Abderramán le miró rápidamente, admirando su talle esbelto, sus carnes de color de rosa y de jazmín, su mirada temblorosa, su abundante cabellera, rubia tal vez, con ese rubio pálido que era el preferido de todos los omeyas cordobeses. Después dijo sonriente: «Niño, grandes honores te aguardan; ya ves mi riqueza y mi poder: pues una gran parte de todo ello será para ti. Tendrás oro, plata, vestidos, alhajas, caballos; tendrás un magnífico palacio junto al real alcázar, y en él tendrás esclavos, esclavas y cuanto puedas apetecer. Pero es preciso que te hagas musulmán como yo, porque he oído que eres cristiano y que empiezas ya a discutir en defensa de tu religión.» El califa se detuvo, observando la impresión que sus palabras hacían en el muchacho. Este, con serenidad, y al mismo tiempo con energía, contestó: «Sí, ¡oh rey!, soy cristiano; lo he sido y lo seré. Todas tus riquezas no valen nada. No pienses que por cosas tan pasajeras voy a renegar de Cristo, que es mi Señor y tuyo, aunque no lo quieras.» Es posible que Abderramán no comprendiese toda la decisión que había en esta respuesta; la gracia del muchacho y el encanto de su voz le cegaban. Llevado de su instinto brutal, se adelantó hacia él y le tocó su túnica con las manos. Lleno de ira, el santo adolescente retrocedió, diciendo: «¡Atrás, perro! ¿Crees acaso que soy como esos jóvenes infames que te acompañan?» Y al mismo tiempo hizo añicos su túnica de seda. «Llevadle de aquí —dijo entonces el príncipe a sus cortesanos—; educadle mejor si podéis; de lo contrario, sabéis el castigo que merece.» Vinieron después los ruegos y las amenazas, pero nada pudo vencer el ánimo heroico del mártir. Pelayo repetía sin cesar: «Señor, libradme de las garras de mis enemigos.» Y ya no volvió a atravesar los umbrales de la cárcel; colocado en una máquina de guerra, fue lanzado desde un patio del alcázar hasta el lado opuesto del río, y como todavía diese muestras de vida, llegó un negro de la guardia y segó su cabeza. Caía la tarde cuando se presentaba en la mesa del reino celeste con la copa de su fe y de su amor.

miércoles, 25 de junio de 2014

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, el sumo sacerdote Helcias dijo al cronista Safán: -«He encontrado en el templo el libro de la Ley. »
Entregó el libro a Safán, y éste lo leyó. Luego fue a dar cuenta al rey Josías:
-«Tus siervos han juntado el dinero que había en el templo y se lo han entregado a los encargados de las obras.»
Y le comunicó la noticia:
-«El sacerdote Helcías me ha dado un libro.»
Safán lo leyó ante el rey; y, cuando el rey oyó el contenido del libro de la Ley, se rasgó las vestiduras y ordenó al sacerdote Helcías, a Ajicán, hijo de Safán, a Acbor, hijo de Miqueas, al cronista Safán y a Asalas, funcionario real:
-«Id a consultar al Señor por mí y por el pueblo y todo Judá, a propósito de este libro que han encontrado; porque el Señor estará enfurecido contra nosotros, porque nuestros padres no obedecieron los mandatos de este libro cumpliendo lo prescrito en él.»
Ellos llevaron la respuesta al rey, y el rey ordenó que se presentasen ante él todos los ancianos de Judá y de Jerusalén.
Luego subió al templo, acompañado de todos los judíos y los habitantes de erusalén, los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo, chicos y grandes.
El rey les leyó el libro de la alianza encontrado en el templo.
Después, en pie sobre el estrado, selló ante el Señor la alianza, comprometiéndose a seguirle y cumplir sus preceptos, normas y mandatos, con todo el corazón y con toda el alma, cumpliendo las cláusulas de la alianza escritas en aquel libro.
El pueblo entero suscribió la alianza.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Cuidado con los falsos profetas; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces.
Por sus frutos los conoceréis. A ver, ¿acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos?
Los árboles sanos dan frutos buenos; los árboles dañados dan frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego. Es decir, que por sus frutos los conoceréis.

Palabra del Señor.

San Prospero de Aquitania

Es bien poco lo que conocemos sobre la vida de San Próspero de Aquitania. En la historia de la Iglesia se nos presenta como un gran luchador contra los semipelagianos y como el gran defensor de San Agustín y su doctrina sobre la gracia. Así, pues, su figura nos es conocida más bien por sus escritos y por la polémica que mantiene en ellos contra estos herejes o heretizantes. Sin embargo a través de todas estas luchas en defensa de la verdad aparece suficientemente su acrisolada virtud y su férrea perseverancia.

 Según el testimonio del historiador Gennadio, Próspero era natural de Aquitania, y de hecho es siempre designado como Próspero de Aquitania. Nacido, pues, a fines del siglo IV, recibió una formación literaria y religiosa muy completa, como apareció luego en las grandes controversias en que tomó parte activísima. Ya en su primera juventud frecuentó, según parece, el monasterio de San Víctor de Marsella, donde tanta fama gozaba en este tiempo su célebre abad Juan Casiano († 435), y en este tiempo debió componer uno de los primeros escritos que llevan su nombre. Titúlase Poema de un esposo a su esposa, y, si bien algunos críticos niegan que fuera suyo, ciertamente tiene un sentido profundamente cristiano. De él han deducido los autores que Próspero estaba casado. Ciertamente no era eclesiástico y se mantuvo siempre en el estado seglar.

 El poema ofrece una excelente meditación sobre las miserias de este mundo, de donde se deduce que deben despreciarse los honores, las riquezas y todos los placeres terrenos y poner la esperanza únicamente en Dios. Tal es la primera obra que, si es realmente de Próspero de Aquitania, nos lo presentaría como un cantor sublime de la vida ascética y de retiro del mundo, a la que tantos se entregaban entonces en los desiertos del Oriente, y que tanto comenzaba a cundir en el Occidente. La estancia de Próspero en el monasterio de San Víctor, uno de los centros más típicos del monacato occidental, sería un buen indicio de la paternidad de Próspero sobre esta obra.

 Son realmente deliciosas y de gran valor ascético algunas reflexiones que se hacen en dicho poema. "¿Qué sufrimiento puedo yo rechazar —se dice en él—, teniendo la esperanza de tantos bienes como la bondad de Dios me prepara? ¿Qué cosa me podrá separar de Él? Si se me encierra en un oscuro calabozo y se me carga de cadenas, yo podré siempre, a pesar de todo, elevar mi espíritu a Dios. No puedo temer el destierro, pues el mundo entero es la morada de todos los hombres. Podrán someterme a sufrir hambre corporal. Pero yo me preocupo muy poco de ello. La palabra de Dios será mi alimento. Pero esta fuerza no me vendrá de mí mismo. Sois Vos, oh Jesús, quien ponéis en mi boca estas palabras y me concederéis la gracia para cumplirlas. De mi mismo no puedo prometerme absolutamente nada. Toda mi esperanza está puesta en Vos. Vos nos mandáis luchar y Vos nos hacéis vencer".

 Empapado, pues, en estos sentimientos e ideas dirige a su esposa estas humildes expresiones: "Procurad reprimirme si el orgullo me levanta. Sed mi consuelo en medio de mis penalidades. Démonos mutuamente el ejemplo de una vida santa, verdaderamente cristiana. Cumplid conmigo los deberes que yo estoy obligado a cumplir con vos. Velad por quien está obligado a velar por vos. Levantadme si caigo. Esforzaos por levantaros cuando yo os advierto de una falta. No nos contentemos de formar los dos un solo cuerpo; seamos también una sola alma".

 Pero lo que más caracteriza toda la obra y actividad de San Próspero de Aquitania y pone bien de manifiesto la santidad de su vida y los profundos sentimientos cristianos que le animaban son las enconadas luchas que tuvo que mantener a partir del año, 426 en defensa de la gracia y de la doctrina de San Agustín contra los semipelagianos.

 A principios del siglo V se había presentado Pelagio con la halagadora doctrina de que el hombre, con sus propias fuerzas y sin necesidad de ningún auxilio sobrenatural, podía evitar todos los pecados y obrar el bien, realizando toda clase de obras sobrenaturales. Frente a esta concepción, que ha sido designada como la soberbia pelagiana, se levantó San Agustín y, con todo el peso de su poderosa inteligencia, propuso con toda claridad y defendió con toda evidencia la doctrina de la gracia interna sobrenatural y enteramente necesaria para toda obra buena. Por todo ello San Agustín mereció justamente el dictado de Doctor de la gracia. Los concilios por él dirigidos en Cartago, entre 416 y 418, condenaron decididamente los diversos puntos contrarios a la doctrina fundamental católica sobre la gracia. Todas estas decisiones, al ser adoptadas posteriormente por los papas, adquirieron el carácter de doctrina oficial de la Iglesia. En este primer estadio de las discusiones sobre la gracia, según parece, Próspero no tuvo intervención ninguna, pero se hallaba al lado de San Agustín y se compenetró con él en la más profunda estima de la ayuda sobrenatural de Dios y de su más absoluta necesidad en toda obra sobrenatural del hombre. Precisamente esta íntima convicción es la que late en los sentimientos del poema anteriormente citado y que debió componerse por este tiempo.

 Pero no todos se dieron por satisfechos con la doctrina de San Agustín sobre la necesidad absoluta y general de la gracia interior para todos los actos sobrenaturalmente buenos y meritorios del hombre; no a todos gustaban los principios por él establecidos acerca del poder absoluto de Dios sobre todas las obras y, por consiguiente, sobre la predestinación del hombre. Así, pues, en el sur de Francia, y particularmente en el monasterio de San Víctor de Marsella, se levantaron algunos monjes, a cuya cabeza iba el bien conocido escritor y teólogo Juan Casiano, quienes admitían la doctrina general, proclamada contra los pelagianos, pero afirmaban que Dios "no ha podido dejar al hombre en la impotencia de querer y obrar el bien". Sostenían, pues, estos monjes marselleses que debía depender del hombre la primera elección, el primer impulso hacia el bien, el primer acto bueno o sobrenatural, lo que ellos designaban como initium fidei. Sólo así, decían, se puede explicar, por una parte, la verdadera libertad humana en la elección del bien o del mal, y, por otra, la voluntad verdaderamente universal de Dios de que se salven todos los hombres. Dios ofrece, según esa concepción, indistintamente a todos los hombres los auxilios necesarios y suficientes para salvarse. El que unos se salven y otros no, esto depende exclusivamente del hombre.

 Con esta doctrina, que, a semejanza de la de Pelagio, tanto halaga la soberbia humana, atrajeron los monjes marselleses a muchos incautos; mas, por poco que se examine, se ve fácilmente que es un pelagianismo disimulado o vergonzante, pues si el auxilio sobrenatural de la gracia divina es necesario para elevar sobrenaturalmente cualquiera obra, lo es también para la primera. La razón es la misma para ésta que para todas las demás. El primero, pues, que cayó plenamente en la cuenta del verdadero peligro latente en esta doctrina fue Próspero de Aquitania, quien se hallaba precisamente entonces en la Provenza. Por esto él fue quien informó detenidamente a San Agustín sobre aquella corriente, que entonces se designó como doctrina de los marselleses o de las Galias. El apelativo de semipelagianismo no se le dio hasta el siglo XVI, en que se renovaron las grandes discusiones sobre la gracia.

 Así lo hizo, en efecto, San Próspero en una célebre carta, escrita en 428, en la que expone a San Agustín las objeciones que se ponían a su doctrina y le suplica les dé la debida orientación en tan delicada materia. Como se deduce de esta carta, la única que se ha conservado, parece que ya anteriormente le había enviado algunas otras sobre el mismo asunto. Rápidamente comprendió San Agustín todo el alcance de esta ideología y su estrecho parentesco con la pelagiana. Así, pues, aunque ya de avanzada edad, compuso a fines de 428 y principios del 429 dos de sus obras básicas: Sobre el don de la perseverancia y De la predestinación de los santos. En ellas expone abiertamente la opinión católica, contraría por completo a la de los marselleses o semipelagianos.

Naturalmente, esto no satisfizo a los monjes de San Víctor de Marsella. Tanto Casiano como sus discípulos continuaron aferrados a sus opiniones; mas, por el respeto que les merecía la autoridad de San Agustín, no quisieron, mientras él vivió, oponérsele abiertamente. Pero no tuvieron que esperar mucho tiempo. Muerto San Agustín el año siguiente, 430, volvieron a la carga, haciendo propaganda de sus ideas. Al exponer la doctrina de San Agustín exageraban algunos de sus puntos, insistiendo principalmente en que su doctrina no era compatible con la libertad humana. Esta, repetían, sólo puede salvarse si se admite que el hombre puede, con solas sus propias fuerzas, determinarse hacia el bien, es decir, si puede poner, sin ayuda sobrenatural, el initium fidei.

En momentos tan críticos entra plenamente en actividad San Próspero de Aquitania, a cuyo lado aparece constantemente otro laico semejante a él, llamado Hilario. Imbuido plenamente en la ideología de San Agustín, que era la ortodoxa católica, y sintiéndose sinceramente representante de la misma, Próspero compuso una serie de obras que constituyen el núcleo principal de sus producciones literarias. En realidad, después de las de San Agustín, son, indudablemente, las mejores que se escribieron sobre la gracia a lo largo de toda esta controversia. Con ellas se ha podido afirmar con razón que, aunque laico, San Próspero de Aquitania completó lo que sobre ella había escrito San Agustín.

Su principal intención iba dirigida contra Juan Casiano, quien gozaba de un prestigio extraordinario y en sus célebres Colaciones enseñaba expresamente que Dios esperaba el primer movimiento de la voluntad del hombre para darle entonces la gracia sobrenatural, con la cual pudiera seguir realizando obras meritorias. Toda esta doctrina la refutó maravillosamente San Próspero en su opúsculo Contra el autor de las "Colaciones". Aparte otros tres opúsculos, en los que refutaba las objeciones de los obispos galos y exponía otros puntos fundamentales, sus trabajos principales fueron, ante todo, una epístola titulada Sobre la gracia y el libre albedrío, donde, basándose en toda la concepción de San Agustín, trataba de armonizar debidamente la gracia sobrenatural y la absoluta dependencia de Dios con el libre albedrío del hombre. Asimismo compuso un célebre poema, titulado De los ingratos, donde en mil dos hexámetros trata de probar que no hay cosa que denote mayor ingratitud que el creer que poseen por sí mismos y con su libre albedrío lo que sólo nos viene de la misericordia y de la omnipotencia del Salvador.

Mas como su calidad de laicos restaba autoridad a las refutaciones de Próspero de Aquitania y su amigo Hilario, se dirigieron ambos a Roma, con el objeto de invocar la intervención del Romano Pontífice. Tal fue la ocasión de la primera intervención pontificia en las controversias de los monjes galos o marselleses. Como los tiros de éstos iban dirigidos contra San Agustín, que gozaba de una autoridad general e indiscutible, no costó mucho a Próspero mover al Papa a tomar su defensa. Gobernaba entonces la Iglesia el papa San Celestino I (422-432), bien avezado a las cuestiones teológicas. Así, pues, en un escrito dirigido a los obispos de las Galias expuso la verdadera doctrina católica, ensalzando en particular a San Agustín y exhortando a todos a la verdadera sumisión al magisterio de la Iglesia.

Con esto se llegó al punto culminante en toda esta controversia. Como el Papa no definía ninguna cuestión y sólo recomendaba el respeto a la autoridad de San Agustín, continuaron las discusiones durante los decenios siguientes, aun después de la muerte de Casiano, ocurrida en 435. Del lado de éste se pusieron, entre otros, Gennadio de Marsella, Fausto de Riez y San Vicente de Lerins.

Contra todos ellos continuaron batallando con nuevos escritos Hilario y sobre todo Próspero de Aquitania. Todavía hacia el 450 publicó la obra titulada La vocación de todos los gentiles, donde suavizaba un tanto algunos puntos de la doctrina de San Agustín, pero manteniendo la más estricta ortodoxia.

Este espíritu estrictamente eclesiástico y ortodoxo de Próspero de Aquitania, su tenacidad en la defensa de la doctrina de San Agustín, es decir, la sobrenaturalidad más absoluta de la gracia, y juntamente su vida íntima, señalada por la práctica de todas las virtudes cristianas, todo ello movió al nuevo papa San León Magno (440-461) a llamarle a Roma y tomarle como secretario particular suyo. Así nos lo comunica expresamente el historiador Gennadio, nada simpatizante con sus ideas. El mismo insinúa la idea de que, con su extraordinaria erudición, fue desde entonces el mejor auxiliar de este gran Papa en la redacción de sus cartas y de sus principales obras. Indudablemente, pues, constituye esto una de las principales glorias de San Próspero de Aquitania. Sus eximias virtudes y su defensa constante de la ortodoxia católica recibían de esta manera la debida recompensa.

Así, pues, como secretario particular del papa San León, San Próspero colaboraría con él en la redacción de la célebre Epístola dogmática, dirigida por San León Magno a la Iglesia de Oriente, donde tan magistralmente se expone el misterio de la Encarnación, declarando contra Nestorio la unión personal, y contra Eutiques y los monofisitas las dos naturalezas en Cristo. En todo caso han observado los más sagaces críticos que, si se atiende al estilo de la epístola, se ve en ella más bien la mano de San León, De un modo semejante debió ayudar al santo Papa en la respuesta y solución a las cuestiones que le llegaban de todas las partes del mundo.

En esta forma se desarrolló la última etapa de su vida, en la cual compuso todavía una especie de Historia, designada con el título de Crónica de San Próspero. Sobre la fecha de su muerte no tenemos noticia ninguna, sino que debió ocurrir después del año. 455, puesto que la Crónica llega hasta esta fecha. La fama de su virtud y de sus méritos como gran defensor de la fe ortodoxa fue constantemente en aumento después de su muerte.

martes, 24 de junio de 2014

Reflexión de hoy

Lecturas


Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos:
Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre.
Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo:
«Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.»
Mientras yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas», en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenla mi Dios.
Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel - tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza -:
«Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»

En aquellos días, dijo Pablo:
-«Dios nombró rey a David, de quien hizo esta alabanza: “Encontré a David, hijo de Jesé, hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos.” Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Antes de que llegara, Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión; y, cuando estaba para acabar su vida, decía: “Yo no soy quien pensáis; viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias.” Hermanos, descendientes de Abrahán y todos los que teméis a Dios: A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación.»

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban.
A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo:
-«¡ No! Se va a llamar Juan. »
Le replicaron:
-«Ninguno de tus parientes se llama así.»
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase.
Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre.»
Todos se quedaron extrañados.
Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.
Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea.
Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo:
-«¿Qué va a ser este niño?»
Porque la mano del Señor estaba con él.
El niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.

Palabra del Señor.

San Juan Bautista

Según se ha dicho bellamente, en aquel tiempo el aire de Jerusalén estaba encendido y como eléctrico de pura magia expectativa. El aire de Jerusalén, el de toda Judea y aun el del mundo entero. Herodes envejecía aislado en su palacio de Jericó, que su mano sangrienta había dejado vacío; inquietos presentimientos agitaban las almas, y en todas partes se aguardaba el cumplimiento de las profecías. Da repente, en el templo resuena una voz angélica, que es como una aurora de salud.

Entre los levitas de aquel tiempo figuraba un sacerdote llamado Zacarías. No vivía en Jerusalén, sino en Yuttah, una villa sacerdotal que se alzaba, cerca de Hebrón, en la falda de una colina, en medio de las montañas de Judea. Cuando a la familia de Abías, que era la suya, le llegaba la vez de atender al servicio del templo, él se dirigía a la Ciudad Santa, cumplía dignamente sus funciones y se apresuraba a recogerse en su retiro, al lado de Isabel, su mujer: «los dos esposos eran justos delante de Dios y caminaban sin tacha en las leyes y mandamientos del Señor». Ahora bien: un día llegó Zacarías a Jerusalén para cumplir con sus deberes sacerdotales. Cúpole en suerte quemar el incienso delante de Yahveh, rito importante, que se realizaba con mucha solemnidad. En medio del santo, entre el candelabro de los siete brazos y la mesa de los panes, brillaba el altar de oro en que debían ofrecerse los perfumes. Sólo un tenue velo separaba este lugar del Santo de los santos, vacío desde que desapareció el Arca de la Alianza. Zacarías entró con paso tembloroso, pensando en las predilecciones de Yahveh por su pueblo. Todo lo halló preparado: ardían las lámparas, resplandecía el pavimento de mármoles preciosos, y, en medio del altar, el fuego nuevo lanzaba su llama roja y alegre. El viejo sacerdote permaneció inmóvil con el incienso en las manos, hasta que allá afuera sonó una trompeta. Entonces vació la caja de oro y se dispuso a salir; pero una aparición misteriosa le detuvo...

Entre tanto, el pueblo se impacientaba. Esta ceremonia se realizaba dos veces cada día, pero los judíos asistían siempre desde los pórticos con una secreta inquietud, porque el sacerdote que entraba en el santuario era su representante, y el incienso representaba sus oraciones. Con emoción siempre nueva aguardaban el momento en que el sacerdote salía y los levitas entonaban los himnos sagrados, y la música del templo se juntaba a sus voces, formando una sinfonía que resonaba en las plazas de la ciudad. Pero ahora la nerviosidad era mayor que nunca; nunca habían tenido que esperar tanto; ningún sacerdote había tardado tanto tiempo en presentar su ofrenda. Al fin, Zacarías se presenta en la puerta: viene pálido, mudo, lleno de turbación y de miedo. Todo indica que una escena terrible se ha desarrollado allá dentro. Nada quiso decir entonces; pero más tarde, cuando recobró el uso de la lengua, contó esta historia maravillosa:

Acababa de entrar en el Santo, cuando a la derecha del altar, envuelto entre nubes de incienso, sintió batir de alas: un ángel acababa de aparecer delante de él. Lleno de espanto, empezó a temblar, pero oyó una voz que le decía: «No temas, Zacarías; tu oración ha sido escuchada; tu mujer, Isabel, concebirá un hijo, a quien pondrás el nombre de Juan. Será grande delante del Señor, y el Espíritu Santo lo llenará desde el seno de su madre.» Era una noticia demasiado venturosa para el viejo sacerdote: un hijo había sido durante muchos años el sueño de Zacarías y de su mujer; mas he aquí que se acercaban al sepulcro sin que hubiese la menor probabilidad de que se realizaran sus esperanzas. Zacarías no podía dar fe a las palabras del ángel; aquello era imposible: la nieve cubría su cabeza, y el rostro de Isabel estaba ya arrugado y apergaminado. «¿Cómo puedo creer lo que me dices?», exclamó, al fin. Para convencerle, el ángel se descubrió: «Yo soy Gabriel—le dijo—, uno de los espíritus que asisten delante de Dios. Y he aquí que, en castigo de tu incredulidad, permanecerás mudo y no podrán hablar hasta el día en que todas estas cosas se realicen.»

Estas cosas se realizaron a los nueve meses: Isabel dio a luz, el niño fue circuncidado con el nombre de Juan, Zacarías rompió a hablar de nuevo, y bendijo al Señor Dios de Israel; sus vecinos y parientes hicieron grandes regocijos, porque Dios había desplegado con ellos sus misericordias, y en todas las montañas de Judea, admiradas de tantos prodigios, las gentes se decían unas a otras: «¿Quién pensáis que será este niño? Porque la mano del Señor descansa sobre él.»

Pasaron los días, se desvanecieron los rumores, y en las montañas de Judea ya no se volvió a hablar del sacerdote de Yuttah. El niño milagroso desapareció del pueblo, sin que nadie supiese dónde había ido a parar, hasta que, treinta años más tarde, empezó a resonar la voz en el desierto. El desierto es la tierra desolada que se extiende en la ribera occidental del Mar Muerto: valles áridos, montañas peladas, ondulaciones de color de ceniza, arbustos raquíticos, vuelos de aves de presa y aullidos de lobos y chacales. Entre aquellos tristes barrancos pasó la infancia y la juventud el hijo de Isabel y Zacarías, errante como los antiguos profetas, hoy en una cueva, mañana en una ermita levantada junto a un enebro, solo, sin casa, sin tienda, envuelto en una piel de camello, ceñido por un cinturón de cuero, bebiendo el agua que caía del cielo y arrastraban los torrentes, alimentándose de saltamontes y de miel del campo. Consagrado a Yahveh desde su nacimiento, era un nazareno, un puro; nunca se había cortado el cabello, ni había probado vino ni sidra, ni había tocado mujer, ni había conocido otro amor que el amor de Dios. En aquella tierra maldita se vistió de austeridad y fortaleza; entre aquellas rocas graníticas, que parecían como el símbolo de su temperamento de hierro, se le reveló con toda claridad su glorioso destino. Conocía muy bien las palabras que el ángel había dicho a su padre delante del velo sagrado: «Caminará delante de Dios, con el espíritu y la virtud de Elías, para llevar el corazón de los padres hacia sus hijos, para infundir a los incrédulos la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo perfecto.» Estas palabras, su nacimiento, su existencia toda, se iluminan ahora con la lectura de los Libros Santos. El profeta Malaquías le habla del mensajero que enviará el Señor para abrir los caminos del Mesías. El vidente de Anatoth lleva hasta sus oídos los ecos de la voz que clama en el desierto: «Preparad los caminos del Señor; enderezad sus sendas: todo valle será levantado, y toda montaña allanada, y toda carne verá la salud de Dios.» El mensajero eres tú, le dice la voz interior; el reino de Dios se acerca, hay que domar el orgullo de los soberbios, hay que devolver la confianza a los que desesperan; hay que predicar la penitencia, la purificación, el cumplimiento de la ley.

Y un día, el solitario aparece en el valle de Jericó, junto a las aguas del Jordán, cerca del camino que cruzan las caravanas de Perea cuando van a Jerusalén. Alto, grave, medio desnudo, quemado el cuerpo por el sol del desierto, abrasada el alma por el deseo del reino; sus pupilas relampaguean, su larga cabellera flota por la espalda, espesa barba le cubre el rostro, y de su boca brotan palabras de maldición y espanto. Trae a la vez esperanzas y anatemas, consuelos y terrores. Su ademán avasalla, su presencia impone, su austeridad espanta, y una fuerza magnética se desprende de su mirada. Ante el acento de aquella voz, Israel se conmueve, renace una aurora de salud, se aviva la fe en el Libertador, pues ha de vengar al pueblo de Dios de todos sus enemigos, y las muchedumbres llegan ávidas de recoger las enseñanzas del último de los profetas. Juan las recibe frente al vado del río, y empieza a cumplir su misión de precursor. Fulmina, exhorta, consuela y bautiza. Anuncia el cumplimiento de las profecías, predice la próxima venida de Cristo, reprende a los pecadores y los sumerge en las aguas, simbolizando en la ablución externa el principio de la ablución interior. El solitario se ha convertido en un director de hombres; el silencioso habitante de la selva, en un posible caudillo de pueblos. áspero e iracundo, rígido e impaciente, ni sonríe ni acaricia; habla un lenguaje recio, en el que centellean vivas imágenes, arrancadas al mundo del hogar o a la naturaleza del desierto. Todo en Palestina está lleno de su aparición. Allí arriba, los pescadores del lago entretienen las esperas forzosas de su oficio repitiendo sus palabras; los israelitas piadosos empiezan a ver en él una gozosa esperanza, y los doctores del templo discuten acerca de sus anuncios misteriosos.

Juan dejaba decir y seguía su misión de preparar los corazones para recibir el Evangelio. Aturdidos por aquella palabra de fuego, que caía sobre ellos como un rayo, sus oyentes le decían: «¿Qué hemos de hacer para salvarnos?» Y él tenía para cada uno un consejo. A los escribas y a los fariseos les decía: «Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la cólera que está a punto de caer sobre vosotros? Haced frutos dignos de penitencia, y no digáis dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque yo os digo que Dios puede sacar de estas piedras hijos de Abraham.»

No es el entusiasmo patriótico el que inspira aquella voz terrible; el aspecto puramente nacional palidece ante el aspecto moral y religioso. No basta lavarse en el Jordán; es preciso limpiar el alma, mudar de conducta, arrepentirse del pasado. «Pues, ¿qué haremos, hombre de Dios?», preguntan las gentes, llorosas. Y el hombre de Dios pone delante de sus ojos el precepto de la caridad. «Que el que tiene dos túnicas—dice—dé una a quien anda desnudo, y que el que tiene pan lo reparta con el que tiene hambre.» Con los fariseos llegan los publicanos, los epulones, las cortesanas, los soldados. A unos les dice: «No exijáis más de lo que ha sido tasado.» A otros: «No os dejéis llevar de las concupiscencias de la carne.» A otros: «No hagáis extorsiones, no calumniéis; contentaos con vuestras pagas.» Aconseja la limosna, la justicia, el cumplimiento exacto de la ley; es la conciencia del mosaísmo en el momento de ser reemplazado por la religión del espíritu y la verdad.

Entre la multitud aparece un día un joven venido de las montañas de Galilea. Juan le mira y queda turbado: es Él; es el Libertador presentido y anunciado, el Esposo cuyo pensamiento iluminaba su alma en el retiro del desierto; el beldador que lanza al viento el trigo y la paja, para congregar la mies escogida de su Iglesia; el esperado misterioso en quien pensaba cuando decía a la concurrencia: «Yo os bautizo en el agua, pero en medio de vosotros está otro más poderoso que yo; Él os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego.» Sí, Él es. Juan ha presentido su venida. Es su pariente según la carne, pero no le conoce; no le conoce, pero en el fondo de su ser ha oído una voz que le dice: «Aquel sobre cuya cabeza vieres descender el Espíritu Santo, es el Deseado de las naciones.» Y al ver ahora cómo se acerca con los penitentes a la orilla, ha quedado turbado, anonadado, sobrecogido de admiración: «Yo soy—le dice con voz temblorosa—quien debe ser bautizado por Ti.» El Galileo insiste: doblega su cuello, porque hay que cumplir toda justicia; el agua resbala sobre su cuerpo virginal, la mano del Bautista toca su frente, el Cielo se abre, desciende la paloma simbólica, y en las alturas resuena la revelación del Padre: «Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias.» Y así, al arrodillarse delante del profeta del fuego, Jesús le daba el más alto de los testimonios: ha sido un leal mensajero, ha cumplido con su deber, ha realizado su misión sublime. Será para siempre el Precursor, el Bautista, el amigo del Esposo. «Entre los nacidos de mujer, no nació otro más grande que Juan el Bautista.» Lazo de unión entre el judaísmo y el cristianismo, tiene el espíritu de Elías y la palabra irresistible de Pablo; como el uno, anuncia las venganzas divinas; como el otro, predica al Salvador. Con igual valor que uno y otro, será mártir de su deber y pregonero del reino; morirá sin haber visto el triunfo definitivo del reino que anuncia.

Hoy el pueblo se reúne en torno suyo, le admira y le aclama; pero sabe que todo esto es pasajero; sabe que las muchedumbres que escuchan su doctrina se agruparán mañana en torno de Jesús. No obstante, cumple con alegría su destino, se esfuerza por apartar las miradas de sí mismo para llevarlas hacia el sol que nace; y sin dolor, sin amargura, sin envidia, confiesa su destino: «A mí me toca disminuir; a Él le toca crecer.» Sus discípulos se entristecen: han puesto en él toda su confianza y no se deciden a abandonarle. Pero él tiene bastante grandeza de alma para no ocultarles la verdad. Unas semanas después de su primer encuentro con el Salvador, le ve de nuevo caminando a la orilla del Jordán. Su cuerpo se estremece con un amor apasionado, su mirada se llena de compasión y de ternura, y de sus labios caen estas maravillosas palabras, que van a alejar de él a sus admiradores más entusiastas: «Ahí tenéis al Cordero de Dios, al que quita los pecados del mundo.» Otro día llega a su presencia una embajada del sanedrín. Las plazas de Jerusalén están llenas de su nombre; se dice que es el profeta anunciado por Moisés; se murmura que Elías, el vidente de los anatemas terribles, ha vuelto a aparecer en la tierra. Los príncipes de Israel están inquietos, y quieren saber la verdad de sus mismos labios: «¿Eres Elías?» «No.» »¿Eres el Profeta?» «No.» «¿Eres el Cristo?» «No.» Tres negaciones rotundas, en que descubrimos la grandeza de un carácter. No es nada. Y, sin embargo, el que es infalible le llamará un profeta, el mayor de los profetas, un nuevo Elías por su espíritu y su virtud. A sus ojos no es nada; es sólo la voz que clama; una voz, un soplo, una vibración que se pierde en el aire; un picapedrero del camino del Mesías, indigno hasta de desatar su zapato. Pero otro día para explicar mejor el sentido de su misión, encuentra en los profetas la imagen adorable del Esposo. Lo que ha sido Yahveh para el pueblo escogido, lo va a ser el Verbo para las almas de los creyentes. Él no es más que el amigo, pero la gloria de Aquel en quien ha puesto su amor, le hace plenamente feliz; «el amigo ve a su amigo y se goza al oír la voz del Esposo, y por esto mi alegría es perfecta».

Y así San Juan, el asceta terrible, el austero predicador de la penitencia, nos descubre el más tierno, el más dulce de los atributos de Cristo. Empezó por conmover a los hombres con asperezas y terrores, y termina introduciéndose en los más altos secretos del amor, proponiendo los dones celestes, las castas delicias, las glorias supremas de la mística unión.

lunes, 23 de junio de 2014

Reflexión de hoy

Lecturas


En aquellos días, Salmanasar, rey de Asiría, invadió el país y asedió a Samaria durante tres años.
El año noveno de Oseas, el rey de Asiría conquistó Samaria, deportó a los israelitas a Asiría y los instaló en Jalaj, junto al Jabor, río de Gozán, y en las poblaciones de Media.
Eso sucedió porque, sirviendo a otros dioses, los israelitas habían pecado contra el Señor, su Dios, que los habla sacado de Egipto, del poder del Faraón, rey de Egipto; procedieron según las costumbres de las naciones que el Señor había expulsado ante ellos y que introdujeron los reyes nombrados por ellos mismos.
El Señor había advertido a Israel y Judá por medio de los profetas y videntes:
-«Volveos de vuestro mal camino, guardad mis mandatos y preceptos, siguiendo la ley que di a vuestros padres, que les comuniqué por medio de mis siervos, los profetas.»
Pero no hicieron caso, sino que se pusieron tercos, como sus padres, que no confiaron en el Señor, su Dios.
Rechazaron sus mandatos y el pacto que había hecho el Señor con sus padres, y las advertencias que les hizo.
El Señor se irritó tanto contra Israel que los arrojó de su presencia.
Sólo quedó la tribu de Judá.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros.
¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?
¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota del ojo”, teniendo una viga en el tuyo?
Hipócrita; sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano.»

Palabra del Señor.