sábado, 27 de julio de 2013

Reflexión de hoy



Lecturas


En aquellos días, Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos; y el pueblo contestó a una:
-«Haremos todo lo que dice el Señor.»
Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos y vacas como sacrificio de comunión. Tomó la mitad de la sangre, y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el alta.
Después, tomó el documento de la alianza y se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió:
-«Haremos todo lo que manda el Señor y lo obedeceremos.»
Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo:
-«Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos.»

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente:
-«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”
Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho.”
Los criados le preguntaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?’
Pero él les respondió: “No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: «Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.` »

Palabra del Señor.

San Simeón Estilita

Más allá de la ciudad famosa de Tebas, que antes de Menfis fue la reina de los dos Egiptos, al otro lado de las ruinas imponentes de Medinet-Abu, Luxor y Carnac, se extiende un vasto desierto, tierra de arena, de rocas, de rincones silenciosos y de algún que otro oasis de terebintos y palmeras. Aquello es lo que se llama en las vidas de los solitarios el yermo de la alta Tebaida, inmortalizado por algunos de los héroes más ilustres de la penitencia. Su descubridor fue el anacoreta Palemón, cuya historia hubiera quedado escrita en los archivos del cielo a no ser por una circunstancia que le puso en relación con los hombres.

Porque Palemón era un enamorado de la soledad y el silencio. Quería luchar y vencer lejos de las miradas humanas, y Dios parecía satisfacer aquellos deseos; porque era ya viejo, muy viejo, con una barba muy larga y unos ojos muy hundidos, y sólo aguardaba que sonase el gong de la muerte para que terminase aquel su largo pugilato con el espíritu del mal. Pero una noche, cuando empezaba sus rezos, alguien llamó a la puerta de su cabaña. No hizo caso. ¿Quién podía llegar hasta allí? El demonio, sólo el demonio, que, cansado ya de los fáciles triunfos que conseguía sin cesar en Roma, en Alejandría, en Antioquía y en Constantinopla, empezaba a poner un terrible asedio de tentaciones en torno a las frágiles viviendas de los desiertos egipcios. Palemón se lo encontraba con frecuencia en las cercanías de su choza, luchaba con él y le derrotaba a fuerza de fe, de oración y de penitencia.

Un nuevo golpe hizo temblar la puerta. Palemón, que tenía un genio vivo, ya no se pudo contener, y dijo, asomándose al ventanillo: «¿Por qué me molestas?» Fuera, una voz contestó: «Padre mío, yo quiero que me recibas para ser monje a tu lado.» Palemón siguió rezando. Sólo después de varias horas, que sin duda fueron para él unos segundos, se decidió a abrir la puerta para examinar al importuno visitante. Encontrándole arrodillado en la arena, con los ojos clavados en la luz parpadeante de Canope y el Orión: «Sospecho—le dijo—que eres realmente un hombre de carne y hueso; pero ¿cómo has llegado a este retiro, donde nunca el hombre ha puesto sus pies?»

En efecto, por entonces el desierto de la Tebaida era todavía un desierto, y los solitarios, verdaderos solitarios: «Ya ves cuan grande es mi retiro», añadió el anciano, dirigiéndose al desconocido; y con sus brazos flacos mostróle la planicie calcinada por el sol. Ni un árbol, ni una palmera seca, ni una mata espinosa. Limitada a lo lejos por picos abruptos de color ocre, la dorada planicie lucía con los reflejos hirientes del amanecer. A alguna distancia extendíase, ondulante, una cordillera de dunas, detrás de las cuales nacía el sol. Del lado opuesto, una roca cubierta de grietas cortaba el horizonte, poniendo ante los ojos la perpetua desolación de la piedra desnuda y muerta.

—No importa—dijo el recién venido, sin levantar los ojos—; yo quiero imitar tu vida.

—No es cosa tan fácil lo que te propones—replicó el viejo abad Palemón—. La Escritura nos habla de ayunos, de vigilias y de oraciones. Si tienes fuerza para pasar más de la mitad de la noche en vela, meditando la ley del Señor; para trabajar haciendo esteras, cuerdas, cestos y cilicios; para ayunar todos los días hasta ponerse el sol durante el verano, y durante el invierno varios días seguidos; para no comer otra cosa que pan y sal; para rezar sesenta veces durante el día y cincuenta durante la noche; para destruir la voluntad propia y matar las malas inclinaciones del instinto; si te crees dispuesto a practicar todas estas cosas, entra, imita mi vida; te daré un rincón de mi choza para vivir, y un ángulo de mi estera para dormir.

El hombre continuaba de rodillas pidiendo a Palemón que le admitiese como discípulo. Palemón, que no hacía nada sin consultarlo con Dios, entró en su celda, oró largo rato, y al salir de nuevo, preguntó al postulante:

—¿Cómo te llamas?

—Pacomio—respondió él.

—Hermano—añadió el abad—, para comenzar nuestra unión, demos gracias a Dios, que ve todas nuestras acciones.

Desde aquel día, el anciano rezó, trabajó y leyó con su discípulo. Al llegar la tarde, comieron un poco de pan. Después, el anciano dijo a Pacomio:

—Moja algunos juncos con hojas y fibras de palmera; pues es costumbre velar orando y trabajando toda la noche que precede al domingo.

Después de ponerse el sol, permanecieron en pie alabando a Dios, haciendo sus labores y venciendo el sueño. Cuando la necesidad de dormir empezaba a inquietarles, salieron de la habitación y empezaron a llevar cestos de arena de una parte a otra. Y cuando el anciano veía que el sueño se apoderaba de su discípulo, increpábale con palabras como éstas: «Vigila, Pacomio, vigila, para que Satán no te tiente, porque muchos se durmieron para su mal a causa de la tiranía del sueño.»

Al llegar el día de Pascua, el abad dijo a su discípulo: «Hijo mío, hoy es una gran solemnidad; ve y prepara alguna cosa para comer a mediodía, y guarda algo, a fin de comer también un poco a la tarde.» Pacomio hizo lo que se le había mandado, y al llegar la hora se sentaron a comer, después de orar. Cuando Palemón se dio cuenta de que sobre la sal había un poco de aceite, hirióse violentamente en el rostro y empezó a decir: «Han crucificado a mi Señor por mí, y ¿voy yo a tomar el aceite, que ensoberbece el cuerpo?» Dicho esto, levantóse y se retiró indignado. Entre tanto, Pacomio arrojó por la ventana la sal empapada en aceite, y trayendo otra rociada con ceniza, se la presentó al anciano, diciendo: «Come, señor y padre mío; come y perdóname.» «Si no fuese por la lámpara del santuario—dijo el viejo—y por las crines que hemos de trenzar, no habría entrado aquí ese maldito licor.» Después se levantó y comieron con santa alegría y con lágrimas en los ojos. Otro día, al volver del trabajo, Pacomio observó que su maestro atizaba el fuego debajo de una sartén. Sorprendido, decíase en su interior: «¿Qué es lo que cuece ahí el viejo?» Al poco tiempo. Palemón le dijo: «Pronto, Pacomio, tráeme un plato.» Cuando tuvo el plato delante, el abad vació la sartén y aparecieron unos cuantos higos duros. Después se levantaron, rezaron y comieron, dando gracias a Dios, porque lo amargo se hace dulce para el que tiene hambre.

Así pasó un año; pasaron dos, cuatro, seis. El prestigio de Palemón empezó a extenderse; sus admiradores venían a vivir en torno suyo, y el yermo estéril se cubría de chozas. Él, sin embargo, no quería llamarse padre ni maestro. A todos los trataba como hermanos, y cuando alguna vez era preciso dar un consejo, lo hacía con la más suave humildad, temeroso siempre de caer en el pecado de orgullo. Los milagros mismos que Dios ponía en sus manos angélicas pesaban de tal modo a su sencillez, que a menudo los hacía por medio de Pacomio. «Desconfiemos de cuanto halaga nuestra vanagloria», decía a sus discípulos.

Y sucedió que un día, en que estaban trabajando y meditando la Sagrada Escritura en torno a una hoguera, llegó un hermano que se llamaba Juan, y dijo, viendo los carbones: «Puesto que os preciáis de ser servidores de Dios, que el que tenga fe entre vosotros se ponga en pie en el fuego diciendo la oración evangélica.» Encendióse en ira Palemón, y dijo: «Maldito sea el demonio, que ha sembrado ese mal pensamiento en tu corazón.» Pero el monje, despreciando estas palabras, se metió en los carbones, dijo la oración, salió sin daño alguno, y se retiró con altivez, sin despedirse: «Esta es, en verdad—pensaba Pacomio—, una criatura escogida por el cielo para manifestar su poder infinito.» Pero el bienaventurado Palemón le sacó de su yerro, diciendo: «Los que se deleiten en caminos perversos, caerán en el precipicio por permisión de Dios. Si conocieses, hijo mío, el interior de este hombre, llorarías de pena.» Al día siguiente volvió Juan corriendo como un loco y dando gritos desaforados: «¡Desgraciado de mí!—decía—. El orgullo me ha perdido.» Y contaba una historia peregrina: una mujer había llamado a la puerta de su choza, clamando: «Abridme, señor y padre mío; encubridme, hasta el amanecer, de los acreedores que me persiguen.» Ciegamente él la recibió en su habitación, y delante de ella se puso a orar como de costumbre. Mas poco a poco, herido por las flechas envenenadas de los pensamientos malos, acercóse a su huésped, el cual, transformándose en una bestia feroz, empezó a golpearle y arrastrarle por el suelo. Entonces se dio cuenta de que había sido juguete del demonio. Grandes esfuerzos hizo Palemón para calmarle; pero a punto estuvo de morir bajo un madero que le lanzó el endemoniado.

Pero Dios le conservaba para dirigir los pasos de su elegido Pacomio. En cierta ocasión, una enfermedad le puso a las puertas de la muerte. Deseando conservar aquella vida preciosa, los que le rodeaban llamaron a un médico, el cual, apenas le vio, dijo: «Aquí la Medicina no tiene nada que hacer; es un sufrimiento de ascesis. Que coma algún alimento agradable y sanará.» Dócil a este consejo. Palemón aceptó algunas cosas de las que comen los enfermos; pero a los pocos días; viendo que no curaba, habló de este modo a sus hermanos: «No creáis que la salud viene de los alimentos perecederos. La salud y la fuerza están en nuestro Señor Jesucristo, pues si los mártires resistieron hasta la muerte cuando les quemaban o les torturaban o les cortaban la cabeza, era porque tenían la fe de Dios en el alma. ¿Y yo voy a asustarme por una simple enfermedad? Ya veis que os he obedecido, pero sin conseguir nada; y así, volveré a mis prácticas de costumbre.»

Entre tanto. Pacomio empezaba a tener también visiones y revelaciones. Él se las contaba sencillamente a su maestro; pero Palemón callaba: «¿Por qué no me hablas, padre?», preguntaba el discípulo. «Oremos», contestaba siempre el anciano. Tal vez allí se ocultaba también el espíritu del orgullo. ¡Sabía tanto de sus astucias y sus maldades ! «Dios me llama—le decía Pacomio—para organizar la vida cenobítica en el desierto, para recoger a los solitarios dispersos en grandes monasterios, para guiar a muchos en el camino del bien. La regla que han de observar la veis aquí escrita en esta tabla por ministerio de ángeles.» Palemón temblaba, temblaba por su hijo predilecto, y en su larga experiencia de las artes de Satán, olía una y otra vez las tablas milagrosas, pero sin poder hallar en ellas el menor rastro de azufre. Y rezaba, rezaba, en su anhelo de conocer la voluntad de Dios. Al fin, una mañana llamó a su discípulo, y le dijo:

—Vístete de fortaleza, que Dios te llama para realizar una grande obra. Es preciso empezarla cuanto antes. Yo soy viejo; mis pobres piernas no resisten el peso de mi cuerpo; mis pupilas empiezan a llenarse de nieblas; de mi cabeza han desaparecido los últimos cabellos blancos. No obstante, mientras viva estaré junto a ti para levantar el monasterio y recibir a los hombres que vendrán de todas partes del mundo.

Y aceptando por vez primera los presentes de oro y plata que le traían sus devotos de Tebas, de Alejandría, de Antioquía y de Hierápolis, empezó la fábrica del gran monasterio de Tabenna. Mas no logró verla acabada. El día mismo en que sus discípulos celebraban su centenario, quedóse dormido con una sonrisa seráfica en los labios. Los anacoretas, arrodillados alrededor de su celda, vieron un coro de ángeles que se elevaba a los aires llevando entre sus túnicas el alma del bienaventurado anacoreta.

viernes, 26 de julio de 2013

Reflexión de hoy



Lecturas


En aquellos días, el Señor pronunció las siguientes palabras:
«Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí. No te harás ídolos, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra.
No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un dios celoso: castigo el pecado de los padres en los hijos, nietos y biznietos, cuando me aborrecen. Pero actúo con piedad por mil generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos.
No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso. Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso. Fíjate en el sábado para santificado.
Durante seis días trabaja y haz tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios: no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el forastero que viva en tus ciudades.
Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar y lo que hay en ellos. Y el séptimo día descansó: por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó. Honra a tu padre y a tu madre: así prolongarás tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar.
No matarás.
No cometerás adulterio.
No robarás.
No darás testimonio falso contra tu prójimo.
No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él.»

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.»

Palabra del Señor.

San Joaquín y Santa Ana

SAN JOAQUÍN (Antiguo Testamento)

Es inútil buscar en la Sagrada Escritura una huella, siquiera fugaz, del abuelo materno de Jesús. Las genealogías que San Mateo (1, 1) y San Lucas (3, 23) incluyen en sus Evangelios dibujan a grandes rasgos el árbol genealógico de Jesús, tomando por puntos de referencia los cabezas de familia, desde San José, su padre legal, hasta Adán, pasando por David y Judá. La línea materna, en cambio, queda silenciada. Ante este problema, y en la necesidad de dilucidar la cuestión de la ascendencia de María, Padres de la Iglesia oriental tan venerables como San Epifanio y San Juan Damasceno no tuvieron reparo en echar mano de una añeja tradición en la que se contienen diversas noticias acerca de los abuelos maternos de Jesús. Por otra parte, el hecho de que tantas veces encontremos representaciones pictóricas y escultóricas alusivas a los primeros años de María, quien aparece reclinada en los brazos de su madre, Santa Ana, y a escenas de la vida pastoril de San Joaquín, a quien se presenta como padre de María, lo mismo en mosaicos bizantinos del Monte Athos que en tablas de la escuela valenciana o castellana, atestigua la raigambre y el favor de que ha gozado en la cristiandad la piadosa tradición que hace a San Joaquín y Santa Ana padres de María y abuelos de Jesús.

Dicha tradición fue recopilada en la Edad Media por Jacobo de Vorágine y Vicente de Beauvais, quienes se encargaron de difundirla por el Occidente, pero ya en el siglo VI había sido aceptada oficialmente por la Iglesia oriental, refrendada como estaba por escritos venerables, cuya antigüedad llega a remontar el siglo II. En todos los datos que dicha tradición recoge acerca de la vida de San Joaquín descansa un fondo de verosimilitud que no puede ser turbado por el carácter apócrifo de los documentos escritos en que están contenidos. Pero ellos no constituyen, naturalmente, un cimiento inconmovible, sobre el que se pueda edificar históricamente la vida del augusto abuelo de Jesús, junto al nombre comúnmente aceptado de Joaquín (que significa el hombre a quien Yahvé levanta), se encuentran otros más raros como Cleofás, Jonachir y Sadoch, que no son sino variantes sin importancia de los documentos escritos. Una curiosa tradición retransmitida por los cruzados hace nacer a San Joaquín en Séforis, pequeña ciudad de Galilea. Otros dicen que fue Nazaret su ciudad natal. San Juan Damasceno dice que su padre se llamaba Barpanther. Según el Protoevangelio de Santiago, apócrifo, que se remonta a las últimas décadas del siglo II en su núcleo primitivo, contrajo matrimonio con Santa Ana a la edad de veinte años. Pronto se trasladaron a Jerusalén, viviendo, al parecer, en una casa situada cerca de la famosa piscina Probática. Gozaban ambos esposos de una vida conyugal dichosa y de un desahogo económico que les permitía dar rienda suelta a su generosidad para con Dios y a su liberalidad para con los prójimos. Algunos documentos llegan incluso a decir que eran los más ricos del pueblo y dan incluso una minuciosa relación de la distribución que hacía San Joaquín de sus ganancias.

Sólo una sombra eclipsaba su felicidad, y ésta era la falta de descendencia después de largos años de matrimonio. Esta pena subió de punto al verse Joaquín vejado públicamente una vez por un judío llamado Rubén al ir a ofrecer sus dones al Templo. El motivo de tal vejación fue la nota de esterilidad, que todos por entonces consideraban como señal de un castigo de Dios. Tal impacto causó este incidente en el alma de San Joaquín, que inmediatamente se retiró de su casa y se fue al desierto, en compañía de sus pastores y rebaños, para ayunar y rogar a Dios que le concediera un vástago en su familia. Mientras tanto Ana, su mujer, había quedado en casa, toda desconsolada y llorosa porque a su condición de estéril se había añadido la desgracia de quedar viuda por la súbita desaparición de su marido. Después de cuarenta días de ayuno Joaquín recibió una visita de un ángel del Señor, trayéndole la buena nueva de que su oración había sido oída y de que su mujer había concebido ya una niña, cuya dignidad con el tiempo sobrepujaría a la de todas las mujeres y quien ya desde pequeñita habría de vivir en el templo del Señor. Poco antes le había sido notificado a Ana este mismo mensaje, diciéndosele, además, que su marido Joaquín estaba ya de vuelta. Efectivamente, Joaquín, no bien repuesto de la emoción, corrió presurosamente a su casa y vino a encontrar a su mujer junto a la puerta Dorada de la ciudad, donde ésta había salido a esperarle.

Llegó el fausto acontecimiento de la natividad de María, y Joaquín, para festejarlo, dio un banquete a todos los principales de la ciudad. Durante él presentó su hija a los sacerdotes, quienes la colmaron de bendiciones y de felices augurios. Joaquín no echó en olvido las palabras del ángel relativas a la permanencia de María en el Templo desde su más tierna edad, e hizo que, al llegar ésta a los tres años, fuera presentada solemnemente en la casa de Dios. Y para que la niña no sintiera tanto la separación de sus padres procuró Joaquín que fuera acompañada por algunas doncellas, quienes la seguían con candelas encendidas.

Estos son los detalles que la tradición cristiana nos ha transmitido acerca de la vida de San Joaquín. Todos ligados, naturalmente, al nacimiento y primeros pasos de María sobre la tierra. Si es verdad que buena parte de los referidos episodios deben su inspiración a analogías con figuras del Antiguo Testamento y al deseo de satisfacer nuestra curiosidad sobre la ascendencia humana de Jesús, no lo es menos que todos, en conjunto, ofrecen una estampa amable y altamente ejemplar del padre de la Virgen, que ha sido forjada por muchos años de tradición y que goza del refrendo autorizado de la Iglesia.

SANTA ANA (Antiguo Testamento)

Empecemos por afirmar que nada sabemos sobre la santa madre de la Virgen María, Nuestra Señora. Nada rigurosamente histórico. Los cuatro, evangelios canónicos, con su sobriedad característica, guardan absoluto silencio sobre los padres de María. Ni siquiera sus nombres nos han transmitido.

Si algo queremos saber acerca de ellos tendremos que acudir a los evangelios apócrifos, ingenuos relatos urdidos por la imaginación fervorosa de los primeros cristianos para completar con ellos los silencios de los evangelios canónicos. En estos escritos —no reconocidos por la Iglesia como revelados— resulta difícil entresacar la verdad del error, aunque bien pudiera ser que gracias a ellos haya llegado hasta nosotros algún dato auténtico silenciado por los cuatro evangelistas. Así, pues, con ingenua sencillez de niños, escuchemos lo que los apócrifos nos han transmitido acerca de la santa mujer que mereció ser la madre de Nuestra Señora y la abuela de Nuestro Señor.

Vivía en aquellos tiempos en tierras de Israel un hombre rico y temeroso de Dios llamado Joaquín, perteneciente a la tribu de Judá. A los veinte años había tomado por esposa a Ana, de su misma tribu, la cual, al cabo de veinte años de matrimonio, no le había dado descendencia alguna.

Joaquín era muy generoso en sus ofrendas al Templo. Un día, al adelantarse para ofrecer su sacrificio, un escriba llamado Rubén le cortó el paso diciéndole: "No eres digno de presentar tus ofrendas por cuanto no has suscitado vástago alguno en Israel".

Afligido y humillado, Joaquín se retiró al desierto a orar para que Dios le concediera un hijo. Mientras tanto Ana se vestía de saco y cilicio para pedir a Dios la misma gracia. No obstante, los sábados se ponía un vestido precioso por no estar bien, en el día del Señor, vestir de penitencia. Estando así en oración en su jardín suplicaba a Dios con estas palabras: "¡Oh Dios de nuestros padres! Óyeme y bendíceme a mí a la manera que bendijiste el seno de Sara, dándole como hijo a Isaac".

Al decir estas palabras dirigió su mirada al árbol que tenía delante y, viendo en él un pájaro que estaba incubando sus polluelos, exclamó amargamente y con repetidos suspiros:

"¡Ay de mí! ¿A quién me asemejo yo? No a las aves del cielo, puesto que ellas son fecundas en tu presencia, Señor."

La humilde súplica de Ana obtuvo una respuesta inmediata de lo Alto. Un ángel del Señor se le apareció anunciándole que iba a concebir y a dar a luz, y que de su prole se hablaría en todo el mundo. Nada más oír esto prometió Ana ofrecerlo a Dios al instante. Al mismo tiempo Joaquín recibió idéntico mensaje en el desierto, por lo cual, lleno de alegría, volvió al punto a reunirse con su esposa.

Y se le cumplió a Ana su tiempo y al mes, noveno alumbró. Cuando supo que había dado a luz una niña, exclamó: "Mi alma ha sido hoy enaltecida." Y puso a su hija por nombre Mariam.

Al cumplir su primer año Joaquín dio un gran banquete presentando su hija a los sacerdotes para que la bendijeran. Mientras tanto Ana, dando el pecho a la niña en su habitación, componía un himno al Señor Dios diciendo: "Entonaré un cántico al Señor mi Dios porque me ha visitado, ha apartado de mí el oprobio de mis enemigos, y me ha dado un fruto santo. ¿Quién dará a los hijos de Rubén la noticia de que Ana está amamantando? Oíd, oíd, las doce tribus de Israel: "Ana está amamantando". Y, dejando la niña en su cuna, salió y se puso a servir a los comensales.

Joaquín quiso llevar a la niña al Templo del Señor para cumplir su promesa cuando la pequeña cumplió dos años. Pero Ana respondió: "Esperemos todavía hasta que cumpla los tres años, no sea que vaya a tener añoranza de nosotros". Y Joaquín respondió: "Esperemos".

Por fin a los tres años fue llevada la pequeña María al Templo, donde el sacerdote la recibió con estas palabras: "El Señor ha engrandecido tu nombre por todas las generaciones, pues al fin de los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de Israel". Y la hizo sentar sobre la tercera grada del altar.

Y sus padres regresaron, llenos de admiración, alabando al Señor Dios porque la niña no se había vuelto atrás.

Con este heroico rasgo de desprendimiento los apócrifos cierran el capítulo dedicado a los padres de la Virgen María. Después de dejar a su hija en el Templo Ana se aleja silenciosamente y se esfuma para siempre. Su misión había terminado.

Sin duda, nosotros habríamos deseado saber algo más. Pero, aunque esbozada apenas, es una encantadora y admirable figura de mujer la que se adivina en esos breves trazos.

Una mujer paciente y humilde. Durante veinte años Ana sufre sin queja la tremenda humillación de la esterilidad. Cuando, por fin, su amargura se derrama en presencia del Señor, sus quejas son tan suaves y humildes que inclinan al Señor a escucharla. Su larga prueba no ha endurecido su corazón, no le ha agriado. Es todavía capaz de reconocer que todas las criaturas de Dios siguen siendo buenas y la obra del Señor, perfecta; es ella únicamente la que parece desentonar en este armonioso conjunto. Y —nótese ese detalle de una exquisita femineidad— en honor del Señor, en su día, se viste de gala aunque su corazón esté triste. Toda mujer sabrá apreciar lo que esto supone de delicado olvido de sí.

Una mujer generosa. Pide para tener, a su vez, el gozo de dar. En cuanto tiene la seguridad de haber sido escuchada, su primer pensamiento es devolver algo por la gracia recibida: hará donación a Dios de este mismo hijo cuyo nacimiento se le anuncia.

Una mujer agradecida. En su felicidad no se olvida de dar gracias al Señor. ¡Y con qué júbilo exultante y candoroso! "Oíd, oíd, las doce tribus de Israel: Ana está amamantando!" Ella misma ignora cuán fausta es la nueva que está anunciando a Israel y al mundo entero: "¡Ana está amamantando!"

Una mujer abnegada, dispuesta a desprenderse de su hija para siempre; a privarse de ella cuando sea preciso para darse a los demás. Así, dejando a la niña en su cuna, se dedica a atender a sus invitados.

Abnegada, pero no fría ni insensible. "Esperemos —le dice a su esposo—, esperemos a que la pequeña cumpla tres años... No sea que vaya a tener añoranza de nosotros..." Y en su voz temblorosa se adivina la añoranza que está ya atenazando su propio corazón. La vena soterrada de la ternura asoma en estas tímidas palabras de Ana. Y ésta es la pincelada definitiva, la que nos revela su alma entera y nos la hace sentir muy cercana a nuestro corazón.

La crítica moderna está de acuerdo en negar todo fundamento histórico al episodio de la presentación de María al Templo. La costumbre, afirmada por los apócrifos, según la cual los primogénitos, varones y hembras, pertenecían a Dios y debían ser educados en el Templo hasta su pubertad, no existió, en realidad, en Israel. Los primogénitos eran, en efecto, consagrados al Señor, pero rescatados en el acto mediante una ofrenda. Los padres los tomaban de nuevo consigo y eran educados en el seno del hogar. Claramente nos cuenta San Lucas cómo se hizo con el Niño Jesús.

Así, pues, Dios no pidió este sacrificio a la bendita madre de la Virgen María. Pudo Ana guardar a su hija junto a sí, verla crecer sobre sus rodillas, tener el gozo de educarla, disfrutar de su presencia hasta su muerte. Breve sería, sin embargo, su felicidad: de los Evangelios se desprende que María era ya huérfana en el momento de sus esponsales con José, hacia sus quince años.

Dios no pidió a Ana el sacrificio de la separación. Pero le impuso otro sin duda mayor: la dejó en una total ignorancia de su gloriosa misión. Si consideramos la estricta sobriedad de las revelaciones hechas a la propia Madre del Salvador, tendremos que dar por descontado que nunca supo Ana que su Hija era una criatura única, excepcional; nunca supo qué Nieto iba a tener de Ella. No bajó un ángel para revelarle el prodigio que se había realizado en su seno: la concepción sin mancha del único ser humano exento del pecado de Adán (aparte Jesucristo, Hombre-Dios).

La separación física de su hija, unas leguas más o menos de distancia entre las dos, habrían significado muy poco para Ana si, al dejarla en el Templo, la hubiera sabido inmaculada, llena de gracia, futura Madre de Dios. Fue el desconocimiento de estas grandezas lo que abrió lejanías insondables entre madre e hija. Estar tan cerca del misterio, rozar ya los días tan suspirados de la redención, ser ella misma una pieza tan importante en la precisión del engranaje divino —¡abuela de Dios!— y no tener de ello conocimiento, ¿no es acaso una privación mucho más dura que la impuesta a Moisés, al que se permitió, por lo menos, entrever la Tierra Prometida en la que no iba a poder entrar?

Ana se convierte así en una figura singularmente atractiva, amable y consoladora para cuantos, al trasponer el umbral de la vejez, se sienten de pronto invadidos por la penosa impresión de haber vivido una vida inútil, carente de sentido. Es entonces cuando puede ser alentador el recuerdo de Ana, de su vida obscura, sin trascendencia aparente, en contraste con la altísima misión que estaba cumpliendo sin saberlo. "¿Quién sabe a lo que uno está destinado? —dice el padre Faber—. Nuestra misión es quizá lo contrario de cuanto hemos pensado; porque las misiones son cosas divinas, ocultas por lo regular, y se cumplen sin que tengamos conciencia de ellas," Así fue en el caso de Ana.

Hay almas tan completamente entregadas a Dios, tan fieles y tan sencillas, que la Providencia sabe muy bien que puede disponer de ellas sin contar con su consentimiento previo. Almas en estado de disponibilidad total: Dios no tiene por qué molestarse en darles explicaciones. De las tales, Ana es una buena muestra.

Bueno es vivir ignorado de los demás, pero es mucho más seguro todavía ignorarse a sí mismo. Que la santa abuela de Jesús nos haga comprender la segura belleza de su obscuro camino.

jueves, 25 de julio de 2013

Reflexión de hoy



Lecturas


En aquellos días, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo.
Los condujeron a presencia del Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó: -«¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.»
Pedro y los apóstoles replicaron: -«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.»
Esta respuesta los exasperó, y decidieron acabar con ellos.
Más tarde, el rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan.

Hermanos:
El tesoro del ministerio lo llevamos en vasijas de barro para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros.
Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; en toda ocasión y por todas partes, llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.
Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así, la muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros.
Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros.
Todo es para vuestro bien. Cuantos más reciban la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios.

En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición.
Él le preguntó: -¿«Qué deseas?»
Ella contestó: -«Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.»
Pero Jesús replicó: -«No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? »
Contestaron: -«Lo somos.»
Él les dijo: -«Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mi concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre.»
Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos.
Pero Jesús reuniéndolos, les dijo: -«Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.»

Palabra del Señor.

San Santiago, Apóstol

Oíd mi voz, celtíberos generosos. Luego me crucificaréis, — si es vuestro gusto, pues es preciso que beba el cáliz que mi Señor y mi Dios me ha prometido. Os anuncio a ese Dios, que es único Dios verdadero, el que hizo la tierra, el mar y las montañas. No tiene templo entre los hombres, pero el empíreo es su morada. Desde él vio un día la miseria de su heredad terrena; vio al poderoso bebiendo el sudor del débil; vio al esclavo aplacando su sed con sus propias lágrimas; vio al vicio asentado con veste sacerdotal sobre el ara de la virtud. Y para devolver la alegría al que llora, para evangelizar a los pobres, para sacar a los presos de la cautividad, envió a su Hijo vestido de nuestra propia carne; le envió menesteroso y desnudo, en el dolor y en la tristeza, para enseñar a sufrir a los que sufren, y compadecerse de los que no tienen consolador. Nació en un establo y murió en una cruz. Compañero de su vida, yo puedo dar testimonio de sus obras. En el país lejano que riega el Jordán, conviví con El y fuí uno de sus amigos. Yo le vi poner su mano sobre el cuerpo de una niña, marchito por la muerte, y devolverle en un segundo la vida; yo le vi saciar el hambre de muchos miles de hombres con cinco panes. Una mirada suya transformaba las almas; una palabra suya arrancaba a los muertos de las hoscas murallas del sepulcro. Envuelto en su candida túnica de lino, con gesto de gracia y de dulzura, nos anunciaba el reino de su Padre; nos mandaba amarnos los unos a los otros; nos hablaba de un Dios bueno, protector de los que lloran, de los pacíficos, de los pequeños; castigador de los soberbios, de los injustos, de los engañadores....»

Así hablaba el Apóstol de las Españas. Hablaba con vehemencia y con pasión. Era la suya un alma de fuego, y a pesar de que los años y las fatigas iban doblando su cuerpo, todavía conservaba la vehemencia de la juventud. Como su hermano Juan, era audaz e impetuoso. Un día, bastó que Jesús les dijese una palabra para que se consagrasen a Él con toda la violencia de su alma. Ni Juan ni Santiago podían olvidar aquel momento: las riberas de Genezareth, doradas del sol viejo; las garzas dibujando en la paz del aire y de las aguas su vuelo de plata y de rosa; las casas de Cafarnaúm, empenachadas de humo azulado, y ellos en la barca con su padre Cebedeo, remendando la jábega rota, envueltos en el hálito del lago y en el perfume de los manzanos floridos. De repente, la llegada del Profeta, y su mirada y su llamada: «Venid en pos de Mí; Yo os haré pescadores de hombres», y siguieron a Cristo apasionadamente. Fueron dos elegidos entre los elegidos. Juntamente con San Pedro, formaron un triunvirato al lado de Jesús. Impetuosos y ardientes como el rayo, merecieron que el Maestro les bautizase con el nombre de Boenerges, Hijos del Trueno. Tenían las violencias de la tempestad. Ellos son los que, indignados de la conducta de los samaritanos, que no habían querido recibir a Jesús, le hacen con la mayor seriedad esta proposición: «¿Quieres que digamos que caiga fuego del Cielo y los abrase?» Pero esta misma intolerancia es una prueba de su amor y de su fe.

Cuando, después de la Resurrección, los Apóstoles se reparten el mundo, Santiago quiere la provincia más lejana, la más desconocida, la más misteriosa para un sencillo habitante de las riberas de Genezareth; las regiones nebulosas de Tarsis, adonde iban las naves de Salomón; el país situado en el confín de la tierra, flotando sobre las olas rugientes del mar tenebroso. Sus habitantes son altivos, ásperos, rebeldes al yugo extranjero. Toda la Iberia está sembrada de huesos de las legiones romanas, y sus campos fueron regados con sangre de cónsules y tribunos. El Hijo del Trueno necesita aventuras peligrosas: sombras de naufragios, océanos ignotos, selvas impenetrables; necesita arrostrar el tormento y la muerte. Nada sabemos de su itinerario hispánico. La tradición le representa evangelizando a través de las vías romanas, recorriendo los valles galaicos, subiendo a la meseta de los vácceos y los arévacos, atravesando los campos del Ebro y del Duero. El anuncio de la buena nueva brota, como el óleo santo, de sus labios; sus manos hacen saltar los prodigios, y su camino se constela de maravillas. Aquí y allá algunos ojos lloran al oírle hablar, algunos corazones se conmueven, y algunos ídolos ruedan hechos pedazos. Pero son muchos los que ríen escépticos, como si dijesen:

«Un nuevo dios que nos viene del Oriente.» En poco tiempo han visto llegar muchos dioses: los fenicios les trajeron a Molok y Astarté; los griegos, a Apolo y Artemis; los romanos, a Júpiter y al César. Últimamente han venido los predicadores de Isis, la egipcia de cabeza de vaca, y los predicadores de Mitra, el señor del disco solar. Ninguno de estos intrusos vale más que las antiguas divinidades: Mainake, la diosa que protege a los marinos; Ategina, la dulce enfermera que sabe de medicina tanto como Esculapio; Endovélico, «el muy bueno», que infunde valor a los guerreros cántaros, descubre el oro a los pescadores del Sil y da las buenas cosechas a los agricultores de Clunia, Deóbriga y Palancia.

Y he aquí que este judío viene hablando de un nuevo Dios oriental; un Dios que ha sido crucificado por sus enemigos, y predica la mansedumbre y la pobreza, y declara bienaventurados a los que aman la paz. Aquellos hombres, que se embriagaban en el ardor guerrero, que prefieren la libertad a la vida, que dejan en el campo los cuerpos de sus héroes para que las águilas y los buitres lleven sus almas a los palacios radiantes del sol, contemplan atónitos al extranjero, levantan los hombros y desfilan juntando y meneando los pulgares y los índices de ambas manos, como si dijeran con este remedo burlón del pico de la cigüeña:

«¡Este hombre está loco!»

Cuentan que, al llegar a César Augusta, sintióse el apóstol envuelto en una nube de mortal congoja. A la fatiga se juntaba el desaliento, y al desaliento la melancolía de la nostalgia. También el Hijo del Trueno sentía la hora de la carne, que hacía germinar el asco de la vida en el alma gigantesca del Apóstol de las Gentes. De repente, una luz delante de él, y un susurro y una ráfaga de aromas. No son las flores que crecen junto al Ebro, ni el cantar de las aguas en el cauce profundo; es una aparición celeste, una mirada que él conoce muy bien, que otras veces ha iluminao su corazón y ha encaminado su vida: es la Virgen María, que le sonríe y le habla y le consuela... Dicen que en aquel momento tuvo Santiago la visión de un glorioso porvenir. No había trabajado en vano: regada con sus sudores, la semilla evangélica germinaría en aquellas almas tercas, para producir frutos espléndidos de renunciamiento y de santidad. Su corazón fulmíneo pasaría a inflamar al gran pueblo ibérico, levantándole hasta la cumbre de los heroísmos cristianos.

En los primeros meses del año 44, el hijo del Cebedeo aparece de nuevo en Jerusalén, y los libros santos van a recoger por última vez su nombre. Protegido por Roma, el reyezuelo Herodes Agripa gobierna las regiones del Jordán. A la flexibilidad de su raza, este nieto de Herodes el Grande juntaba un arte maravilloso para intrigar e insinuarse en el espíritu de los amos del Imperio. Un momento estuvo a punto de traicionarle su estrella. Un capricho de Tiberio le lanzó desde la corte a la cárcel; otro de Calígula le subió de la cárcel al trono. Rey de Galilea, de Judea, de Samaria y de la parte oriental del Jordán, logra restablecer el Imperio de su abuelo Herodes el Grande. Más por política que por convicción, tiene el celo del mosaísmo. Embellece a Jerusalén, cuelga en el templo las cadenas de oro que le había regalado Calígula como recuerdo de su cautividad, adopta actitudes místicas, ofrece el diezmo del comino y la mostaza como el más puritano de los fariseos, se presenta en el santuario con el canastillo de las primicias, llora de emoción cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la Ley, y ofrece en un día millares de víctimas. Los judíos están orgullosos de aquel príncipe, cuya gloria empezaba a recordarles el esplendor del trono de David. Hay, sin embargo, una sombra que inquieta el sueño de los ortodoxos: es la obstinación de los discípulos del Crucificado, que se empeñan en introducir la división dentro de Israel. Estimulado por los celadores de la Ley, Agripa decide acabar con ellos. «En aquel tiempo—dicen los Actos—, Herodes hizo maltratar a algunos de la Iglesia, y mandó degollar a Santiago, hermano de Juan.» El ardor del Hijo del Trueno, su fogosidad, su entusiasmo, le señalaban entre todos al odio de los perseguidores. Un día, Cristo le había preguntado:

«¿Puedes beber el cáliz que voy a beber Yo?» Y su respuesta fue digna de un discípulo del Señor: «Puedo.» Y siguió la promesa del Salvador, que Santiago veía constantemente sobre su cabeza, como una corona de oro: «Pues bien, beberás mi cáliz.» Y le bebió sin temblar, el primero de los Apóstoles. En el siglo segundo, los ancianos de Alejandría contaban que el delator del apóstol, admirado de la firmeza con que confesaba su fe, se hizo discípulo de Jesucristo y compartió con su víctima los horrores del martirio. Habiéndose encontrado con el apóstol en el camino del suplicio, rogóle que le perdonase. Santiago se detuvo, le abrazó y le dijo: «Que la paz sea contigo.» Unos instantes después las dos cabezas rodaban por el suelo.

La persecución dispersa a los discípulos. Las rutas imperiales se iluminan, holladas por los pies de los evangelizadores de la paz; la brisa de la fe lleva a través de los pueblos las esencias del huerto de José de Arimatea. De Jope sale una barca, y en ella siete marineros y un sarcófago; salta sobre las olas blondas y azules, y el soplo de Dios la guía. Se alejan los olivares, las cúpulas y las torres; pronto desaparece también la giba huesuda del Carmelo. Entre el rumor del reino azul resuena el canto de los salmos, y el viento empuja la barquilla a través de las aguas centelleantes, de isla en isla y de promontorio en promontorio. Costas del Asia Menor, archipiélago helénico, penínsulas mediterráneas; hasta las columnas de Hércules, protegidas por los templos del Sol y de Venus marinera; hasta el mar oscuro por donde los navios de Gades y Tarteso caminaban a las islas del estaño; hasta las rías gallegas, que se visten de montes floridos y se constelan de conchas marinas con júbilo de expectación. Allí es el fin de la tierra y el fin de la navegación. Los siete marineros bajan el sarcófago, se adentran en la tierra, dan vista a las torres de Iria, y cerca de allí esconden su tesoro. El Nela y el Miño aprenden una nueva salmodia; arden los pinares célticos. Chispas de amor y luminarias de fe. Los primeros creyentes de España vienen a buscarlas entre las cenizas de Santiago, hijo del Cebedeo, uno de aquellos a quienes cupo una parte en la llama de las doce lenguas.

Viene luego la persecución. Decretos de emperadores, interrogatorios y martirios. Caen silenciosos sobre la tumba del apóstol y llueven olvidos. Es la época dura en que la semilla enraiza en la profundidad de la tierra; hielo de leyes romanas, vientos góticos y huracanes del desierto. Baja la inundación bárbara, herejía y hierro; sube una luna roja, en guadaña, símbolo de sangre y fuego. En la hora de la tribulación, España vuelve a acordarse de su apóstol. El Hijo del Trueno va a ser el compañero de su lucha milenaria contra el Islam. Nos lo dice por primera vez un obispo heroico, Odoario, que reedifica a Lugo y figura a la cabeza de los restauradores. Entre las iglesias que restaura, está la de Villa de Avezano, junto al Mino. Es en 757 cuando se empieza a organizar la Reconquista. Odoario avanza, funda y construye, él mismo nos lo dice, «en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y en honor de Santiago, a quien Tú, Señor, quisiste ensalzar, estableciéndole por patrono nuestro». «Una y otra vez—añade—vimos en este lugar grandes luces, y con este motivo. Dios puso en nuestro corazón el deseo de edificar al apóstol una iglesia.» Las luces de Avezano son el prólogo de las luces de Iria. Fue en 813. Donde llovieron olvidos, llueven ahora luceros. Un ermitaño ve la estrella colgada sobre el valle; los ángeles cantan entre los pinos; la cima de Pico Sacro se cubre de escudos guerreros y de lanzas fulgurantes; el obispo Teodomiro remueve afanoso la tierra; aparece el arca de cedro con las sagradas reliquias, y aquel lugar se llamará para siempre el Campo de la Estrella.

La estrella en éxtasis sobre el bosque se convierte en polvo de luz astral, y nace el camino de Santiago. Europa se estremece y emprende la marcha hacia la tumba descubierta. Alfonso el Casto se arrodilla el primero, y tras él una muchedumbre innumerable de reyes y de obispos, de menestrales y de guerreros, de siervos y de señores. El alma anhelante de la cristiandad recorre esa ruta durante siglos, con el bordón en la mano, la caperuza en la cabeza, el zurrón a la espalda y el manto adornado de conchas y azabaches. El camino francés—Roncesvalles, La Calzada, Burgos, León, Santiago—se ilumina de esperanzas, florece de leyenda, se anima de charlas, se alegra de canciones, se inunda de divinas misericordias que le transforman en torrente caudaloso de las luces invisibles del Cielo. La cadena de la peregrinación se agita numerosa de un lado a otro del mundo cristiano. Todas las lenguas y todos los trajes: labriegos de las orillas del Danubio y rubios habitantes del Báltico; pares de la corte de París y conquistadores normandos; ascetas del Oriente y artistas de Lombardía; santos aureolados de fuego místico y penitentes que buscan el olvido de sus crímenes. Pasa Raimundo de Tolosa, con sus caballeros y sus trovadores; Leonor de Aquitania, con los esplendores de su belleza; San Hugo y Pedro el Venerable, seguidos de sus cluniacenses; Luis de Francia, con todo el aparato cortesano; San Francisco, acompañado de su pobreza; San Simeón, el monje sirio,, de barba nevada y torrencial; San Gualberto y San Teobaldo; mensajeros de la remota Germania; Raimundo Lulio, que humedece el suelo con su llanto amoroso, y San Guillermo de Montevérgine, que arrastra las cadenas de su penitencia.

La basílica compostelana, la más bella de todas las basílicas que levantó el arte románico, recibe a todos los peregrinos en un abrazo cosmopolita. «Allí—dice el guía de la peregrinación, el Códice Calixtino, que describe con la más bella prosa del mundo las maravillas y emociones de la ruta—, allí, coros de peregrinos, agrupados por sus nacionalidades, entonan cánticos al son de las cítaras, ¡os tímpanos, las flautas, las violas y las chirimías. Unos lloran sus pecados, otros leen los santos libros, otros reparten limosnas a los paralíticos. El rumor se levanta hasta las nubes; la muchedumbre se mueve como las olas del mar. Las gentes entran, salen, presentan sus dones. El que llega triste, se retira alegre. Las puertas están siempre abiertas, y no se conoce lo que es una noche oscura. Por allí pasan los pobres y los felices, los caballeros y los peones, los ciegos y los mancos, los próceres y los menestrales, los prelados y los abades. Unos caminan con los pies descalzos; otros, cargados de hierro y plomo para las obras de la basílica; éstos, con una cruz en la mano; aquéllos, distribuyendo su dinero a los menesterosos. Hay quienes presentan los grillos y cadenas de que fueron librados por la virtud del Apóstol; y todos llevan la llama de la fe en sus pechos y una plegaria ferviente en los labios.»

Entre tanto, el Hijo del Trueno acompaña a los cruzados de la fe, preside la obra de la Reconquista, cabalga entre los guerreros tremolando el estandarte de la cruz, y al grito de «¡Santiago, y cierra, España!», las armas cristianas avanzan triunfantes hacia el Sur. Hasta que llegue el momento en que el pescador de Galilea, conocedor de mares y tormentas, guíe a las tres carabelas de la reina Isabel en la aventura más sublime de la historia de los hombres.

miércoles, 24 de julio de 2013

Reflexión de hoy



Lecturas


Toda la comunidad de Israel partió de Elim y llegó al desierto de Sin, entre Elim y Sinal, el día quince del segundo mes después de salir de Egipto.
La comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo: -«¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad. »
El Señor dijo a Moisés: - «Yo haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba a ver si guarda mi ley o no. El día sexto prepararán lo que hayan recogido, y será el doble de lo que recogen a diario.»
Moisés dijo a Aarón: -«Di a la comunidad de los israelitas: “Acercaos al Señor, que ha escuchado vuestras murmuraciones. “»
Mientras Aarón hablaba a la asamblea, ellos se volvieron hacia el desierto y vieron la gloria del Señor que aparecía en una nube.
El Señor dijo a Moisés: -«He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: “Hacia el crepúsculo comeréis carne, por la mañana os saciaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor, vuestro Dios.”»
Por la tarde, una bandada de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana, había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino, parecido a la escarcha.
Al verlo, los israelitas se dijeron: -«¿Qué es esto?»
Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: -«Es el pan que el Señor os da de comer.»

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas: -«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenla tierra, y, corno la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»

Palabra del Señor.

Santa Cristina

Nació en Toscana, en la margen derecha del lago Bolsena, en un villorrio frecuentemente sacudido por elementos naturales y al mismo tiempo transformado por diversas culturas en el transcurso del tiempo.

Cristina es la hija de Urbano, gobernador pagano de la región y presentado por los libros antiguos como enemigo acérrimo de los cristianos. La niña se ha aficionado desde pequeña a aquello que cuentan de ese Cristo tan perseguido y maltratado; la curiosidad primera se cambia en pensamiento cuando descubre que son muchos los cristianos juzgados por su padre y condenados porque son fieles dispuestos a dar la vida por su ideal. Crece más y más la simpatía y a escondidas busca datos de unas señoras cristianas; la instruyen y la forman; se bautiza en secreto y toma el nombre de Cristiana.

Entre juego y travesura formal ha hecho algo que saca de quicio a su padre y será el motivo que la lleve al martirio; no se le ha ocurrido otra cosa que apañar las estatuillas de ídolos que su padre siempre ha conservado con esmero, casi como un patrimonio familiar, las ha tomado por suyas, las ha destrozado y ha dado el rico material de que estaban hechas a los pobres para remedio de su necesidad.

El padre ha descubierto su condición y lleno de ira, al notar la rebeldía de la niña, la trata con peores modos que a los demás cristianos. "No se ha de decir en el mundo que una niña me dio la ley, ni que estos hechiceros de cristianos triunfan de nuestros dioses en medio de mi propia familia. Yo veré si sus hechizos pueden más que mis tormentos y si la paciencia de una hija ha de hacer burla de la cólera de un padre". El gobernador manda usar con ella azotes y garfios admirándose de que Cristina persista en su actitud. Manda el desnaturalizado padre preparar un brasero ardiente para quemarla poco a poco; mas el brasero se hizo una hoguera que abrasó a los verdugos y a los curiosos cercanos. Puesta en la cárcel para que cambie por la lobreguez de la mazmorra, la oscuridad y el hambre; pero allí es consolada con luminosas apariciones de ángeles que le curan sus heridas y le prometen protección. El padre, a los pocos días, manda atarle al cuello una pesada piedra y arrojarla al lago; sin embargo un ángel la transporta a la orilla. Esa noche muere de un sofoco Urbano en su cama.

Mandan las autoridades un nuevo gobernador que se siente estimulado a proseguir el asunto Cristina presumiendo que su padre, por padre, no supo solventarlo. Se llama Dion y ya piensa en nuevas crueldades: estanque de aceite hirviendo mezclado con pez del que la niña Cristina es liberada. Luego la manda llevar al templo de Apolo para obligarle a ofrecer sacrificio, pero, ante el asombro de todos, el ídolo se derrumba y se hace polvo ante el mismísimo gobernador que muere en el acto ¡claro que los verdugos y miles de testigos presenciales proclaman espantados proclaman a gritos que es el de Cristina el único Dios!

El tercero de los gobernadores poderosos se llama Juliano quien, preocupado por el caso pendiente, lo ha estudiado con detenimiento llegando a la conclusión de que se trata de artificios, encantamientos y magia que todos los cristianos profesan. Por ello maquina nuevos procedimientos para hacer desistir a la niña Cristina de sus pertinaces rebeldías y conseguir que el poder romano y los dioses propicios terminen con la situación que ha puesto al borde del caos a la región. Mandó preparar un horno encendido donde mete a la niña para que el fuego la consuma; siete días la tiene allí sin conseguir que le suceda daño alguno. Luego será una habitación oscura plagada de serpientes, víboras y escorpiones venenosos de la que sale indemne y sin ningún picotazo, cantando alabanzas a Dios; la desesperación del mandatario llegó entonces al extremo de decretar cortarle la lengua, pero ¡oh prodigio! ahora canta más fuerte y mejor.

Y acude, arremolinándose, toda la comarca ante la contemplación evidente del triunfo que se comenta por todas partes de la debilidad cristiana ante la fortaleza y brutalidad romana. Basta un tronco caído en donde atan a la delicada niña para que las saetas atraviesen su cuerpo y ella decida, suplicándole al buen Dios, rendirle su espíritu con el martirio.

Dicen que sus restos se trasladaron de Toscana a Palermo de Sicilia donde es reverenciada.

¿Verosímil? Parece más bien como si la vida y la muerte martirial de Cristina hubiera servido de modelo para expresar la confrontación entre el bien y el mal, o lo que es lo mismo, entre fe cristiana y paganismo, entre la frágil niña Cristina y la personalidad experimentada y abrumadora de tres hombres de gobierno sucesivos -el primero su propio padre- con el mismo común empeño de demostrar que ellos pueden más. Parece como si se tratara de exaltar en Cristina aquello que debe ser real en todo cristiano -la fe en su Cristo y la confianza sin límite en su ayuda constante-, mientras que los gobernadores representan la obstinación ciega que rechaza el poder cada vez más evidente, como in crescendo, de Dios. Los verdugos y el pueblo serían los testigos que en la narración van a testificar con sus reacciones -esas que se intuyen llenas de emoción compasiva- dónde está la verdad y lo grande que es el poder de Dios. Da la sensación de que la Passio que narra la muerte de Cristina intenta también cargar motivos veterotestamentarios en donde parecen inspirarse algunos hechos que se narran. El hecho histórico del martirio sería la ocasión que motiva la amplia catequesis. De todos modos, estas consideraciones más parecen próximas a la labor pasada de los bolandistas; pero, en el caso de que hubieran sido los hechos tal como expresa la Passio, nos quedaría el regusto de disfrutar el aroma extraño que desprende la fidelidad del débil a las exigencias amorosas divinas que no entienden de edades y que perduran más allá de la muerte.

Nacida en Tur, junto al lago de Bosena (Italia); su padre Urbano, que era prefecto, fue su mismo verdugo. Convertida al cristianismo, mandó fundir todos los ídolos de plata y oro que guardaban en casa sus padres. El castigo de esta heroicidad de la hija fue de lo más terrible que se lee en las actas de los mártires. Los verdugos desgarraron sus carnes con garfios; siguieron la cárcel, la cama de hierro al rojo, el horno encendido; de todos los tormentos la libró milagrosamente el Cielo. Julián, que sucedió como verdugo de Cristina, la mandó atar a un poste y asaetearla; los Santos Padres alaban la constancia de esta mártir, modelo de hijas y vírgenes cristianas. Tur (Italia), 300.

martes, 23 de julio de 2013

Reflexión de hoy



Lecturas


Hermanos:
Para la Ley yo estoy muerto, porque la Ley me ha dado muerte; pero así vivo para Dios.
Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.
Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador.
A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mi no podéis hacer nada.
Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.»

Palabra del Señor.

San Juan Casiano

Juan Casiano es el peregrino de la perfección monástica. También a su tierra, a las llanuras de Escitia, más allá del Danubio, llegan las noticias de los prodigios que realizan los anacoretas orientales; y una buena mañana, cuando los sueños juveniles le invitaban a gozar de la vida, deja las comodidades de una morada opulenta y da comienzo a su peregrinación. Llega a los Santos Lugares, visita a los monjes de Palestina y se hace monje junto a la gruta de Belén. Pero a su retiro llegan sin cesar los relatos de las proezas de los solitarios egipcios. El desierto en que triunfaron Pablo y Antonio, Pacomio y Palemón le atrae y le fascina, como a tantos otros contemporáneos suyos, como a Melania y Eteria, como a Paladio y Jerónimo. También él quiere visitar aquellas soledades y presenciar aquellas maravillas. Un día se despide de sus hermanos, derrama sus últimas lágrimas junto a la gruta del Nacimiento, y, acompañado de su amigo Germán, que es como la mitad de su alma, emprende su lenta e instructiva odisea. Hombre culto, familiarizado con los recuerdos de la antigüedad, piensa en Platón y en Herodoto, que recorrieron el mundo preguntando a los sabios y a los sacerdotes, observando las costumbres de los pueblos y recogiendo las lecciones de la Naturaleza. Pero él sólo busca la sabiduría divina, la que pueden enseñarle los hombres que han meditado largamente en la vanidad de las cosas y han sacado el jugo de los textos evangélicos y han penetrado en las misteriosas regiones donde Dios se encuentra con el alma.

Casiano y su amigo caminan por mar, de Cesárea a Thennesos, una de las bocas orientales del Nilo. Durante diez años recorren todas las soledades egipcias, pasando de convento en convento y de celda en celda, preguntando, observando, escuchando y aprendiendo. Van buscando a los abades más famosos, a los anacoretas más austeros; examinan su vida, les interrogan sobre sus enseñanzas y se ponen bajo su dirección. Se detienen primero en el desierto de Panefisis, junto a la desembocadura del río, visitando a los solitarios que viven en pequeños islotes, cercados de pantanos infectos. Allí encuentran al abad Queremón, un hombre centenario que les mira con ojos hundidos, en que se reflejan las claridades divinas, y les habla del amor de Dios, de la Providencia divina y de la hermosura de la castidad. Otro solitario que había sido grande en el mundo, el abad José, les trazó en un discurso, rebosante de finura y elegancia, los caracteres y la dulzura de la verdadera amistad. Pasaron luego a la parte occidental del Nilo, y en el desierto de Dioicos hicieron un duro ensayo de vida cenobítica. Hablaron, rezaron y trabajaron con los cinco mil monjes de Nitria; recogieron los recuerdos de San Pacomio y de San Macario, y remontándose hasta la Tebaida, se internaron en los yermos de Scete, «el paraíso de la vida monástica», a pesar de sus horizontes desolados, de la esterilidad de su suelo y de sus aguas, que sabían a cieno y a betún.

En todas partes encontraban penitentes famosos, ancianos venerables, monjes de rostros demacrados y miradas fosforescentes, que abrían ante sus ojos atónitos las claridades del mundo. A veces era difícil arrancarles de su ensimismamiento; pero los dos viajeros no se acobardaban por la repulsa. Suplicaban, lloraban, permanecían inmóviles a la puerta de la choza, y a fuerza de constancia conseguían el pan del espíritu. Así el abad Moisés, «una de las más espléndidas flores de la santidad, que al encanto de las buenas obras unía el suave perfume de la contemplación». «Conocíamos su inflexibilidad—dice Casiano—; sabíamos que jamás abría las puertas del espíritu sino a los que llegaban llenos de fe y de compunción. Por eso nos presentamos delante de él suplicando con lágrimas y sollozos.» No lejos de este grave contemplativo vieron brillar al bienaventurado Pafnucio, «cuya ciencia iluminaba todo el desierto». Era un anciano de noventa años, que llevaba el domingo por la tarde a su celda el agua para toda la semana. Más lejos habitaban el abad Daniel, hombre dulce, humilde y lleno de gracia, que se había pasado la vida contemplando y enderezando los más leves movimientos de su alma; el abad Serapión, centenario indomable y maestro consumado en el arte de combatir contra las siete víboras de los pecados capitales y de resistir a la estrategia del enemigo; y el abad Sereno, héroe amable de la vida espiritual, en cuyo cuerpo se reflejaba toda la paz de su nombre. Este monje, que había llegado a dominar todos los instintos perversos de la carne y del espíritu, cuya alma recordaba la superficie tersa, inalterable, de un lago, recibió a los peregrinos con una celeste sonrisa y les convidó a un regio banquete. Para no envanecerse, tenía la costumbre de echar siempre una gota de aceite en sus berzas, pero aquel día las regó con más abundancia. Después puso delante de sus huéspedes una escudilla de sal tostada y tres aceitunas por cabeza, y, finalmente, les sirvió un plato de guisantes fritos, «una de las más raras golosinas De los solitarios. Tomamos cinco cada uno, y tras ellos, dos ciruelas y un higo. Excederse de este número, hubiera sido un pecado en el desierto». Casiano considera aquel festín como uno de los más regalados a que asistió durante los diez años de su odisea monástica.

Poco antes del año 400 las lauras del Nilo empiezan a agitarse con efervescencia de avispero. El duelo origenista; que dirigen como principales campeones Rufino y San Jerónimo, repercute en el círculo de los anacoretas. Los discípulos de Pacomio y de Schnudi se apasionan por las discusiones teológicas, y, mejor preparados para azotar su cuerpo que para analizar los dogmas sutiles, caen en lamentables errores. Las luces de la contemplación se juntaban en ellos con las tinieblas de la herejía. Rudos fellahs, en gran parte, a fuerza de ejercitar su imaginación y de leer la Biblia sin entenderla, llegaron a figurarse un Dios material con forma humana, una especie de Osiris, como le veían representado en los pilones de los templos faraónicos. Habían dado con el grosero absurdo del antropomorfismo. El patriarca Teófilo quiso instruirlos, pero la sociedad de los monjes se rebeló contra él y le excomulgó. ¿Acaso no se decía en el Génesis que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza? Había anacoretas que pasaron ochenta cuaresmas sin comer, para quienes la doctrina de un Dios incorpóreo, espiritual, absolutamente simple, era una novedad desconocida en el desierto desde los días de Antonio. «¡Ay de nosotros!—clamaban deshechos en llanto—. Nos quitan a nuestro Dios. ¿Adonde nos volveremos en adelante? ¿A quién adoraremos?»

Hombre violento, el patriarca acudió a la fuerza para meter en razón a los recalcitrantes. Excomulgó, encarceló, desterró. Los perseguidos se dispersaron por todo el Oriente. Huyendo de los alborotos y de las discusiones, Casiano abandonó también aquella tierra, que le había parecido un renejo del paraíso terrenal. Poco después aparece en Constantinopla, escuchando ávidamente al Crisóstomo y penetrando en su intimidad. Peregrino infatigable, sale de la ciudad imperial para visitar las iglesias de Occidente, y llega a Roma ávido de beber en la fuente de la tradición apostólica. Allí se da cuenta de que lio ha convivido con los anacoretas del Eufrates, y se lanza nuevamente a recorrer de un extremo a otro el Imperio. Vive algún tiempo en Mesopotamia, conversa con los discípulos de San Efrem, y alrededor del año 410, ya quincuagenario, se establece definitivamente en Marsella.

Desde este momento, el viajero se transforma en organizador y en escritor. Figurará como uno de los primeros organizadores de la vida cenobítica en Occidente. En su nueva patria, cerca del mar Mediterráneo, levanta dos grandes monasterios, uno para hombres y otro para mujeres. Forma discípulos y se esfuerza por aclimatar en la Provenza las costumbres monásticas del Oriente. Los mismos obispos vienen a pedir su consejo y dirección. El cuenta las maravillas que vio en sus peregrinaciones. Las figuras, suaves o terribles, de los grandes maestros del yermo continúan presentes a sus ojos; ve sus barbas torrenciales, sus manos de cera transparente, sus melotes gastados, sus celdas miserables. Sus mismas palabras repercuten en sus oídos con más fuerza que los mismos discursos de San Juan Crisóstomo. Cuando le escuchan, los monjes galos creen ver a los solitarios ilustres, encorvados bajo el peso de los años y la penitencia, y asistir a sus reuniones piadosas. Tal es la vileza con que en la memoria del viejo se han conservado aquellas andanzas juveniles.

Casi septuagenario, Casiano se decide a poner en orden los recuerdos de sus viajes, y escribe sus dos grandes obras:

Las instituciones de los monasterios y Las conferencian de los Padres. Son los dos libros que orientarán la espiritualidad de la Edad Media. Por ellos Casiano tendrá entre los antiguos el prestigio que Rodríguez o Scupoli entre los modernos. En Oriente, Focio los llamará divinos; en Occidente, San Benito y San Isidoro los mirarán como las piedras miliarias de la perfección. Todos los maestros de la ascesis irán a instruirse en la escuela del abad de Marsella. «Entre todos los escritos que he leído—decía Vicente de Beauvais en el siglo XIV—, no conozco otros más útiles para los que procuran el progreso espiritual.» Las instituciones describen la vida exterior de los monasterios orientales, y exponen la estrategia de los atletas de Cristo en el combate espiritual: Las conferencias son más bien un guía de la vida interior tal como la entendían los monjes más ilustres de las orillas del Nilo. Casiano se esfuerza por reproducir su pensamiento con toda fidelidad y por fijar lealmente una tradición que estaba a punto de bastardearse. No hay en sus libros la frescura primitiva de los Padres de los Apotegmas; tiene exceso de teorías y sutilezas, pero aún su valor doctrinal está en relación con la influencia que ha ejercido y sigue ejerciendo en las almas. Los mismos psicólogos han admirado en él una agudeza de observación admirable; un estudio profundo del corazón humano, una lógica y una fuerza de análisis que a veces recuerdan a Teofrasto y La Bruyère. Su mismo estilo, claro y popular, hizo de estas obras, durante muchos siglos, el manual clásico de la vida religiosa.