domingo, 1 de marzo de 2026

01 de Marzo 2026 – 2º DOMINGO DE CUARESMA - La TRANSFIGURACIÓN en el monte TABOR

Aquí la bella estrofa de Prudencio: «Todos los que buscáis a Cristo, levantad los ojos a la altura, donde podréis contemplar el signo de la gloria perenne.» Levantad los ojos, nos dice el poeta; levantad los corazones, nos clama la liturgia. Fuimos con Cristo al monte de la tentación, al desierto, donde nos aguardaba la lucha; al desierto «que habla», a la soledad sonora, la soledad de la cual dijo un santo: « ¡O beata solitudo o sola beatitudo! ¡Oh bienaventurada soledad! ¡Oh sola bienaventuranza! » Y he aquí que el monte de la penitencia queda vestido de luz, el desierto se puebla de maravillas, la soledad se llena de misteriosos murmullos y las cimas nevadas se iluminan, se adelgazan, se yerguen hasta romper los Cielos y dejar oír la voz del Padre.

El Cristo que hace ocho días triunfaba de Satán, se nos presenta hoy victorioso y resplandeciente sobre la montaña más alta de Palestina. Tres discípulos le han acompañado hasta la cumbre: Pedro y los Hijos del Trueno; pero Jesús ora solo y aparte, y, mientras ora, su rostro empieza a brillar como el sol, y sus vestiduras se hacen blancas como la nieve; tan blancas, dice San Marcos, que ningún artista podría hacer cosa semejante. Súbitamente, de entre la luz, de entre aquella luz fulgurante que descubría por un momento el que es la luz del mundo, se oyen rumores de palabras bíblicas. Jesús no está solo. Dos personajes famosos, cándidos como Él, envueltos y caldeados en su luz, se acercan a Él y le hablan: Moisés, el más grande de los libertadores, y Elías, el primero de los profetas; el hombre coronado de rayos, que durante cuarenta días había conversado con Jehová en la montaña de Sinaí, y el sublime perseguido que, después de un ayuno de cuarenta días, sintió pasar la gloria del Señor en un silbo suave. Una voz resuena entre la nube luminosa: «Este es el Hijo que amo. ¡Escuchadle!», y las dos grandes potencias de la religión mosaica, la Ley y la Profecía, se inclinan humildemente delante de Jesús de Nazaret.

He aquí el relato. ¿Por qué nos le propone la liturgia en este segundo domingo de Cuaresma? Indudablemente, debe haber un misterio en la yuxtaposición de estos dos montes: monte de lucha y monte de victoria, monte de tristeza y de sombras y monte de luz y alegría, monte donde vagan diabólicos fantasmas y monte alegrado por la presencia de los amigos de Dios. Primera y segunda etapa de la peregrinación cuaresmal. Si la entrada nos pareció monótona y sombría, pronto empezamos a sentir la emoción de las aventuras sobrenaturales, a alegrarnos con la luz de un mundo nuevo, a ver con más claridad y oír con más agudeza.

Para eso precisamente fue instituida la Cuaresma: para hacernos más sensibles a la palabra de Dios, para sacudir el polvo que se ha pegado a nuestros vestidos a través del camino del año, para renovarnos y vestirnos de luz, para transfigurarnos, para recoger algo de aquella luz que se escapaba del cuerpo de Cristo, que es sol, fuego y amor. Coloquémonos en aquellos tiempos en que la Cuaresma tenía todo su sentido litúrgico y profundamente cristiano; entremos en una de aquellas basílicas primitivas, como la de San Clemente de Roma, en que cada piedra parece ser un eco de venerandas tradiciones. Desde el pórtico encontramos un grupo de hombres de caras llorosas. Vestidos groseros y cabezas cubiertas de ceniza: son los penitentes. Junto a ellos están los catecúmenos, los que han pedido entrar en la sociedad de Cristo, y más adentro, bajo la nave, se agrupan los fieles, todos los cristianos, que pueden participar en los sagrados misterios. Diariamente la Iglesia reúne a sus hijos: a los penitentes les alienta en sus esfuerzos para volver a Dios, recoge sus lágrimas y sus oraciones y los dispone para absolverlos en las ceremonias emocionantes de la Semana Santa. A los catecúmenos les va descubriendo lentamente las verdades de la fe, los ilumina con lecturas sabiamente escogidas entre los más bellos pasajes de los libros santos, y los somete a un continuo régimen de exorcismos para alejar de ellos las influencias inconscientes del enemigo. Finalmente, a los fieles les invita a una mayor pureza de vida, acrecienta su instrucción religiosa y les prepara a recibir una revelación cada vez más abundante del gran misterio pascual.

Tal era el sentido de la Cuaresma para los primeros cristianos y el que nosotros debemos darle todavía. Todos podemos juntarnos al grupo lloroso de las que hacían penitencia «en el cilicio y la ceniza»; todos seguimos siendo un poco catecúmenos, aunque hayamos recibido la iluminación del bautismo; todos necesitamos un mayor conocimiento de la verdad de Dios, una purificación más íntima y un acercamiento mayor al reino de la luz. Esto es lo que da su sentido «al misterio cuadragesimal» de que habla la liturgia. Para el que está fuera de la Iglesia, para el que considera el monte de la tentación desde las montañas de Samaría, esto tiene que parecer seguramente una locura. Para ellos la Cuaresma será una tristeza sin provecho, una tortura inútil, un tiempo de nubes y de sombras. «El hombre animal—decía San Pablo—no puede comprender las cosas que vienen del Espíritu.» Pero es posible que muelles cristianos se formen también una idea errónea de la Cuaresma, reduciéndola a una ofrenda más o menos generosa de privaciones y austeridades, que, lejos de levantar el alma a un mundo nuevo de pensamientos y de anhelos, sirvan sólo para encogerla e inmovilizarla.

Estos corazones melancólicos debieran tener presente la bella invitación del himno ambrosiano: «Bebamos alegres la sobria embriaguez del espíritu»; y en ellos piensa la liturgia al colocar uno junto a otro estos dos montes, lejanos en la vida de Cristo, pero próximos en el itinerario cuaresmal. Sabia para defender el corazón del soplo árido del espíritu, hábil para preservarle de los arrebatos del sentimentalismo y la sensibilidad, es también maternal para ofrecer a sus hijos el vino con moderación y el acíbar de la penitencia con la suavidad del amor. Es más: el lado negativo de la Cuaresma le importa poco si no buscamos también esa perspectiva mística y riente; en que podemos encontrar a Cristo con fulgores de nieve y de sol. No nos dice solamente: «Convertíos y no volváis a pecar», sino que añade: «Arrojad vuestros pensamientos en el seno de vuestro Dios, alimento de nuestra inteligencia. Entrad en la casa del Señor para habitar en ella y gozar de sus bondades.» Es posible que después de haber vivido así cuarenta días en la montaña, nos cueste trabajo descender; y el fruto de la Cuaresma será el haber renovado en nosotros el gusto de las realidades invisibles.

Lecturas del 01/03/2026

En aquellos días, el Señor dijo a Abran: «Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré.
Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición.
Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra».
Abran marchó, como le había dicho el Señor.
Querido hermano:
Toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios.
Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio.
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.
Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis».
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Palabra del Señor.

01 de Marzo 2026 – Santa Inés Tsao Kueiying

En la ciudad de Xilinxian, en la provincia china de Guangxi, santa Inés Cao Kuiying, mártir, la cual, casada con un marido violento, tras la muerte de éste se entregó con mandato del obispo a la enseñanza de la doctrina cristiana, por cuyo motivo, después de ser recluida en una cárcel y sufrir crudelísimos tormentos, confiando siempre en el Señor pasó a los festines eternos.

Nació en la aldea de Wujiazhai en la provincia de Guizhou, China, en el seno de una antigua familia cristiana, se quedó huérfana en la adolescencia y fue acogida en el orfanato católico. Luego se fue a trabajar a la ciudad de Xingyi, donde conoció a una mujer católica que le permitió vivir en su casa. Allí conoció al obispo Bai, que la entusiasmó con la profundización de la fe en la parroquia local, en lo que hizo rápidos progresos.

Muy joven se casó con Yuan, que la maltrató sin conciencia, varias veces al hecho de casa, se opuso a que practicase su religión y le negó lo más necesario para vivir, lo que obligo a la desgraciada joven a trabajar horas y horas en otras casas para poder sobrevivir. Sin embargo todo lo sobrellevó con admirable paciencia. Cuando su marido se puso enfermo ella lo atendió con gran dedicación hasta su muerte.

Una vez viuda, los parientes de su marido no la quisieron recibir, así que una viuda católica, mujer también versada en el conocimiento de las Escrituras y de las enseñanzas de la Iglesia, la acogió en su casa, y junto a ella Inés realizó grandes y rápidos progresos espirituales.

Un día, cuando san Agustín Chapdelaine estaba en la casa de visita, descubrió lo bien que conocía Inés la fe y la invitó a hacerse cargo de un trabajo misionero en Guangxi: enseñar el catecismo a unas 30-40 familias del lugar. En el invierno de 1852 se trasladó a la ciudad de Baijiazhai en Xilan, lugar del que hizo su "cuartel general". Enseñaba catecismo de un lugar a otro, así como también a cocinar y llevar una casa, y durante su tiempo libre, realizaba trabajos de niñera.

Cuando ella estaba ayudando en Yaoshan, en 1856, fue acusada de ser cristiana y fue detenida junto con otros muchos; los demás fueron puestos enseguida en libertad pero ella no, fue mantenida en prisión. El magistrado del lugar utilizó primero la táctica de seducirla con palabras bonitas para conseguir que negara la fe, y a pesar de las torturas que la aplicaron, no apostató. Sufrió la “tortura de la jaula”, que la obligó a estar tres días seguidos de pie, sin poder sentarse. Cuando agotada por esta tortura sufrió otras, no resistió más y murió en Sy-Lin-Hien. Oraba: "¡Dios, ten misericordia de mí, Jesús, sálvame!" Luego, el 1 de marzo, gritó con fuerte voz: "¡Dios mío, ayúdame!", y expiró.

El papa León XIII la proclamó beata el 27 de mayo de 1900, y el papa Juan Pablo II la canonizó el 1 de octubre de 2000. Tiene una parroquia de la comunidad china dedicada a su nombre en Canadá.